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Argentina sufre la política exterior K

Por Pablo Díaz de Brito
11 de marzo de 2010

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El pasado 1º de marzo, finalmente, Cristina se reunía con Hillary Clinton. En Buenos Aires, lo destacaban con orgullo la Cancillería argentina y los medios adictos. Es que fue todo un logro de la diplomacia argentina: que la secretaria de Estado, que vino a Montevideo para la asunción de Mujica, cruzara el Río de la Plata para verse con la titular del Ejecutivo argentino.

Hasta pocos días antes, la secretaria de Estado se iba a saltear a la Argentina, pasando directo de Uruguay a Chile. El mundo disfuncional del matrimonio presidencial consigue estas cosas. La misma disfuncionalidad que se ve en el episodio de las reservas del BCRA, en el que hubiera bastado un poco de pericia técnica y algo de muñeca política, se repite en la política exterior. Como se sabe, la visita de Hillary estuvo en duda por los dichos de Cristina contra Obama apenas días antes y, a fines del año pasado, por el gratuito ninguneo presidencial al subsecretario de Estado Arturo Valenzuela, al que no recibió, a lo que se sumaron las respuestas brutales del jefe de Gabinete Aníbal Fernández a unos comentarios del funcionario visitante. Lo normal, en el mundo K, se vuelve así una hazaña, algo extraordinario, que merece celebrarse y destacarse.

El episodio evidencia el increíble nivel de aislamiento internacional que ha alcanzado Argentina bajo la gestión K, y especialmente durante los años de Taiana en la Cancillería. Es realmente difícil de encontrar algo parecido en la historia nacional. Habría que remontarse a la dictadura, como mínimo, o a la posguerra, cuando los gobiernos filo-Eje dejaron al país en el bando perdedor y con un cartel de paria y de refugio de nazis. Durante la gestión de Bielsa, al menos, había algo de figuración, de lucimiento dialéctico. La gente común sabía quién era el canciller argentino y las RREE tenían cierto espacio público permanente.

La actual política exterior argentina, o sea, la falta de ella, su extrema debilidad de formulación, es otra expresión de esa visión del mundo claustrofóbica y autoritaria del matrimonio K. Porque hacer política exterior implica, como tal vez ninguna otra actividad, consenso, cortesía, palabras medidas, acciones concertadas, interlocución entre sujetos que, por definición, son diversos entre sí. Y esto los K no lo registran, no lo conocen y, más, lo desprecian. Para ellos, eso es "traición", calificativo que logra el apoyo fervoroso del setentismo envejecido que corteja al matrimonio con sus pobres escritos colectivos. Lo ven, al matrimonio, como el único y último resguardo contra la "derecha". En la visión rencorosa y maniquea de este peculiar mundillo de muy pequeños intelectuales, todo lo que sea buena gestión, buena diplomacia, racionalidad política y económica, es "la derecha". Si uno vive encerrado en un mundo ficticio como el de Olivos y se referencia con esta gente descaminada, el resultado no puede ser nunca bueno.

De ahí que a Cristina le hubiese parecido de los más normal criticar a Obama con tanta soltura a sólo días de la visita de Hillary. La presidenta no logra ver la diferencia entre replicarle a la oposición interna y menoscabar al presidente de los Estados Unidos.

Así las cosas, mientras Argentina pierde tiempo y ubicación internacional de esta manera, nuestros vecinos, ellos sí conectados con el mundo real, hacen todo lo contrario. Es el caso de Uruguay, que no para de subir en la consideración internacional, por no hablar de Brasil y Chile, casos suficientemente conocidos y comentados (*).

Para tener una idea de cómo han crecido en la estima internacional estos países, bastaría tomar los diarios de 20 o 15 años atrás. O recordar que cuando se negoció la creación del Mercosur, Argentina trataba de igual a igual a Brasil. Si el Tratado de Asunción se debiera negociar hoy, Argentina recibiría de parte brasileña un trato mucho más parecido al de Uruguay y Paraguay. Mientras estos países exitosos viven atentos al mundo y a las tendencias internacionales predominantes (o sea, apertura comercial, búsqueda de inversiones, buen feeling con los mercados, etc), la Argentina K hace todo lo contrario. Descalifica esos criterios que rigen el mundo como "neoliberalismo", "noventismo", etc.

Es que han interpretado muy mal el giro posterior a los años del Consenso de Washington que se dio en la región. Que llevó, sí, a dejar el dogmatismo de mercado y el alineamiento automático con Washington, pero de ninguna manera a renegar de la economía de mercado y sus exigencias, a tener políticas económicas y comerciales modernas y serias, al pragmatismo y el buen sentido en las RREE.

Los Kirchner y ese oscuro entorno que los acompaña ideológicamente quieren creer que se puede volver a los años 40. Y quieren hacer ver a ese conjunto de criterios que dominan en el mundo como si fuera anacrónico, cuando sigue plenamente vigente fronteras afuera. Para comprobarlo no es necesario viajar a Shanghai o a Londres. Basta con pisar Montevideo. Por este temperamento fóbico, nostálgico y dogmático, el país retrocede sistemáticamente en el ranking. La Argentina actual hace pensar en esos cuadros de fútbol que tienen malos presidentes y que viven mirando la tabla de los promedios. Tal vez hayan sido grandes en el pasado, pero hoy sólo viven de recuerdos y en una angustia cotidiana. Saben que podrían ser grandes todavía, pero por obra de sus pésimos conductores ya no lo son. Y el descenso está a la vuelta de la esquina.

Pablo Díaz de Brito es periodista y miembro de la Red Puente Democrático Latinoamericano.

(*) Ver informe de Cadal:
http://www.cadal.org/informes/pdf/Democracia_Mercado_y_Transparencia_2009.pdf

 


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