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Artículos
Las fiestas de Evo
17 de octubre de 2008
Las “fiestas” ideadas por el actual presidente de Bolivia han sido, todas ellas, marcadas a fuego por los inocultables signos del autoritarismo, del racismo y del rostro más amargo del peor populismo. Casi siempre hubo muertos al cabo de las “fiestas” de Evo. Él sabe que está condenando a la sociedad a vivir en el odio, acabando con la democracia y destruyendo a Bolivia.
Por Claudio Paolillo

Si algo no puede reprochársele a Evo Morales es falta de coherencia. El presidente de Bolivia hace lo mismo siempre. Tanto cuando está en la oposición como cuando está en el gobierno. Como no cree en la democracia representativa, sino en un sistema indefinido que él llama “socialismo del siglo XXI” pero del cual sólo pueden atisbarse elementos del populismo y del fascismo, Morales se basa en “la fuerza de la calle” y se ríe de la soberanía popular.

No debería sorprender que Morales haya encabezado personalmente el lunes 13 de octubre en Caracollo (a 200 km de La Paz) el inicio de una marcha de sus “fuerzas de choque” con el explícito objetivo de presionar al Congreso para obligar a los parlamentarios a habilitar por ley la convocatoria a un referéndum que le permita hacer aprobar una Constitución antidemocrática, antirrepublicana y antiliberal, que, entre otras cosas, atenta contra la libertad de expresión y el ejercicio pleno del periodismo.

Y no debería sorprender porque ya lo hizo antes. Morales llegó al gobierno de Bolivia luego de voltear en el año 2003 mediante turbas callejeras y violentas al presidente Gonzalo Sánchez de Losada, que lo había derrotado en las urnas. Decenas de personas murieron luego de ese “golpe de Estado popular”. Luego, cuando el vicepresidente Carlos Mesa sustituyó al presidente legítimo que había sido tumbado, Morales le hizo la vida imposible y repitió la fórmula: Mesa fue forzado a renunciar cuando el entonces diputado cocalero anunció que promovería el “bloqueo” de Bolivia, siempre con sus “fuerzas de choque” disfrazadas de “revuelta popular”. Mesa dimitió en 2005 con una declaración en tono grave: “no estoy dispuesto a seguir en esta comedia vergonzosa”.

Hace pocas semanas, ya como presidente, Morales —el alumno más aplicado que tiene el semi dictador venezolano Hugo Chávez en la región— colocó a Bolivia al borde del abismo cuando intentó, por la única vía que conoce (esto es, la turba enardecida), derrocar a los prefectos que fueron tan legítimamente electos como él pero que, claro, no se avienen a su plan totalitario para perpetuarse en el poder y acabar con las libertades ciudadanas más elementales. Hubo otro baño de sangre, con atrocidades perpetradas por ambos bandos, pero esta vez Morales no pudo. No obstante, lejos quedó de abandonar su plan.

Ahora, Morales lanzó a sus “fasci di combattimento” para “cercar” al Congreso y mantenerse “en vigilia” en La Paz “hasta que se apruebe la ley” que habilite el referéndum. Morales no admite la posibilidad de que el Congreso pueda no votar esa ley. Como no cree en la separación de poderes, el Congreso tiene que obrar como “el líder” quiere. Y si no lo hace, se las verá con sus hordas.

Hace una semana y media, cuando el “cerco” al Congreso se preparaba desde el gobierno, Fabián Yaksic, viceministro de Descentralización boliviano, auguró que esta nueva “revuelta” instigada por Morales acabaría en “una fiesta popular”. Hasta ahora, las “fiestas” ideadas por el actual presidente de Bolivia han sido, todas ellas, marcadas a fuego por los inocultables signos del autoritarismo, del racismo y del rostro más amargo del peor populismo. Casi siempre hubo muertos al cabo de las “fiestas” de Evo.

Morales podrá continuar diciendo que integra el llamado “arco progresista” de América Latina, podrá seguir recibiendo la “solidaridad incondicional” de sus amigos de la región (tanto de los verdaderos como de los hipócritas) y quizá consiga hacer aprobar la Constitución que desea para ponérsela como un traje a su medida. Pero, pase lo que pase, él sabe que está condenando a la sociedad a vivir en el odio, acabando con la democracia y destruyendo a Bolivia. Está jugando con fuego y es peligroso. Puede quemarse o armar un gigantesco incendio. Y no sólo en Bolivia.

Claudio Paolillo es Director del semanario uruguayo “Búsqueda” y miembro de la Junta de Directores de la Sociedad Interamericana de Prensa.