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Artículos
Los chinos quieren arrimarse a la región
18 de diciembre de 2008
Ante el brusco cambio de China en su política exterior hacia América Latina (justo cuando más débil aparece Estados Unidos) y, también, la nada despreciable circunstancia de que ese país está gobernado por una cerrada dictadura, más les vale a las democracias latinoamericanas y caribeñas estudiar cuidadosamente qué hacer ante sus generosas ofertas de cooperación.
Por Claudio Paolillo

Desde que se convirtió en una potencia entre los llamados "países emergentes", China se había acostumbrado a mirar por encima del hombro a América Latina. Al menos hasta el año 2005, la prensa china —toda ella gubernamental— hablaba de "la amenaza de 'latinoamericanización'" cuando aludía "al peligro de hiperinflación, desorden o violencia". Y aún más: cuando se producían bataholas en los campos de fútbol, aludía al "mal latinoamericano" en sus páginas deportivas.

Durante el año 2003, en un documento titulado "La globalización y América Latina", Jiang Shixue (el máximo especialista en América Latina de China) había llegado a la conclusión de que mientras en esta región del Hemisferio Occidental el "sentimiento antiglobalización" era "evidente", en China era apenas "pequeño".

"Una de las cosas de América Latina de las que se quejan los empresarios chinos son las huelgas. Muchos de ellos dicen que los obreros latinoamericanos van a la huelga todo el tiempo", le dijo Jiang al periodista Andrés Oppenheimer para su libro "Cuentos Chinos". Y, encima, el comunista Jiang (porque, naturalmente, China es una dictadura comunista) le agregó que "la teoría de la dependencia, que fue muy popular en los años '60, quedó totalmente superada".

Sin embargo, ese aire de superioridad ha cambiado como consecuencia de la fenomenal crisis económica que estalló este año en todo el mundo y que ha debilitado a los Estados Unidos. Ahora los gobernantes chinos se quieren arrimar a América Latina. Si antes la veían como un mal ejemplo, ahora ven en la región a "una fuerza relevante en el actual escenario internacional".

No por casualidad, en noviembre pasado el gobierno chino emitió su primer documento de política sobre América Latina y el Caribe. Esto es: se trata de la primera vez que el Partido Comunista Chino hace y aprueba un estudio a fondo respecto a la región, que está siendo distribuido con fruición por la Cancillería de Pekin en todos los países involucrados.

Ahora, con la crisis y "los grandes cambios y ajustes" que se procesan en el mundo, los gobernantes chinos ven una oportunidad para sustituir a Estados Unidos en lo que antes veían como su "área de influencia". Y proponen el oro y el moro: "estrechar" las relaciones con los dirigentes de la región, "desarrollar múltiples formas de contactos" con los partidos políticos "amigos" latinoamericanos, crear comisiones chino-latinoamericanas sobre todos los asuntos imaginables, apoyar a los países del hemisferio con aspiraciones a pesar más en las Naciones Unidas (Brasil, por ejemplo), "hermanar" ciudades, suscribir tratados de libre comercio con todos los que quieran hacerlo, desplegar empresas chinas en territorio latinoamericano y caribeño (y abrir las puertas para las que desde acá quieran instalarse allá), instalar bancos chinos en nuestras ciudades, "ampliar el comercio agrícola", invertir en obras de infraestructura, promover "activamente la visita de grupos chinos a los países de la región", condonar o reducir las deudas de aquellos que hayan pedido dinero prestado a China, asistir económica y financieramente "libres de toda condición política" a los países latinoamericanos que precisen recursos, desarrollar la cooperación tecnológica y científica en todas las áreas posibles, enviar y recibir "misiones médicas", colaborar "en la reducción de la pobreza", intensificar "activamente" el "intercambio militar" y ayudar a "la construcción de las Fuerzas Armadas" en cada país.

En el Río de la Plata hay un refrán según el cual "a caballo regalado no se le mira el pelo" y, por tanto, muchos podrían alegrarse ante tanta generosidad del país con más habitantes del mundo; pero hay otro que dice que "cuando la limosna es grande, hasta el pobre desconfía".

Y la verdad es que, teniendo en cuenta el momento en que se produce este brusco cambio de China en su política exterior hacia América Latina (justo cuando más débil aparece Estados Unidos) y, también, la nada despreciable circunstancia de que ese país está gobernado por una cerrada dictadura comunista que coarta completamente las libertades más elementales de los ciudadanos y donde la corrupción campea, más les vale a las democracias latinoamericanas y caribeñas estudiar cuidadosamente qué hacer ante semejantes ofertas.

Claro está que a la dictadura cubana, a las protodictaduras de Venezuela y Nicaragua, a los populismos autoritarios de Ecuador, Bolivia o Argentina, esto de las "libertades más elementales" les importa poco y nada. De hecho, los actuales gobiernos de esos países se tirarían de cabeza para colocarse bajo la sombrilla de un nuevo "imperio chino" con tal de salir del odiado "imperio yankee", aunque uno sea la corporización de la dictadura y el otro la encarnación de la democracia. Pero el resto de los países latinoamericanos que, por ahora, tienen la suerte de vivir bajo gobiernos que, en diversos grados, respetan los derechos humanos, harían bien en no abrazarse a tontas y a locas a esta oferta que, a primera vista, puede lucir como la solución para todos los males. Aunque, según los últimos datos, la crisis también le está pegando fuerte a China y, por tanto, a sus gobernantes les va a ser difícil cumplir con tanta "desinteresada generosidad".

En cualquier caso, el objetivo económico de "crecer a tasas chinas" no importa nada si, a cambio de eso, es preciso sacrificar la libertad. Más vale pobre y libre que rico y esclavo.

Claudio Paolillo es Director del semanario uruguayo "Búsqueda" y miembro de la Junta de Directores de la Sociedad Interamericana de Prensa.