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Cuba: 60 años perdidos
31 de diciembre de 2018
Lo que exhibe hoy el régimen, capturado por una cúpula fosilizada, es una sociedad carcomida hasta sus más profundos cimientos, empobrecida, desarticulada, desconfiada, detenida en su innata energía creativa e innovadora, atrapada por reglas absurdas, crónicamente vigilada, económicamente descapitalizada y dependiente de pagadores externos.

Con tanto tiempo transcurrido, tanto poder concentrado, tantas victorias proclamadas, tantas consignas impuestas y tanta gente expulsada o reprimida, ¿qué debería celebrar a sus 60 años esa entelequia aún conocida como Revolución Cubana? Según su “lógica” interna, al menos un país moderno, equitativo, saludable, inclusivo, progresista, abierto, entusiasta y productivo. No añado con libertades individuales y políticas, porque ni siquiera forman parte de su retórica.

Pero el balance ha sido muy distinto.

Lo que exhibe hoy el régimen, capturado por una cúpula fosilizada, es algo distinto: una sociedad carcomida hasta sus más profundos cimientos, empobrecida, desarticulada, desconfiada, detenida en su innata energía creativa e innovadora, atrapada por reglas absurdas, crónicamente vigilada, económicamente descapitalizada y dependiente de pagadores externos: la fenecida Unión Soviética primero, la decadente Venezuela ahora.

Solo así el grupo dirigente ha podido sortear los descalabros generados por su incompetente y brutal dogmatismo, y mantener el aparato represivo que, sin embargo, parece cada vez más débil. Es el fracaso puro y duro, que las fachadas de “logros” asentados en la regimentación ciudadana, la manipulación estadística y los ímpetus pasados no pueden ocultar. Su pregón se ha convertido en un estribillo patético.

El “hombre nuevo” antes proclamado y hoy ausente del discurso, se sumergió en una bipolaridad generacional que el escritor Leonardo Padura captura lúcidamente en su novela Herejes. Para quienes impulsaron el proceso, el país cada vez se hizo “más real y más duro, y ellos se tornaron más desencantados y cínicos”. Y los siguió otro grupo, “supurado por la realidad del medio ambiente: ajeno a la política, adicto al disfrute ostentoso de la vida, portador de una moral utilitaria”. Un saldo de vacío, alienación e individualismo extremos, generador de desarticulación social y parálisis política.

Fuera de esta síntesis literaria de Padura, muchos otros cubanos alimentan ímpetus y esperanzas de un mejor futuro colectivo. No son ni “hombres nuevos” ni “hombres viejos”; simplemente, personas que desean vivir con dignidad, bienestar y libertad. ¿Lograrán imponerse a corto plazo sobre el inmovilismo e impulsar cambios reales, o sucumbirán ante el desencanto y la represión? No me atrevo a pronosticar. Confío que suceda lo primero.

Eduardo Ulibarri Bilbao (Remedios, Cuba, 1952) es consultor internacional en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación, catedrático universitario y columnista del diario La Nación, de Costa Rica, del cual fue director entre 1982 y 2003. Entre agosto de 2010 y junio de 2014 sirvió como embajador y representante permanente de Costa Rica ante las Naciones Unidas. Ha recibido la Medalla por Servicios Distinguidos en Periodismo de la Universidad de Missouri, en 1989; el premio María Moors Cabot, de la Universidad de Columbia (Nueva York), en 1996, y el Premio Nacional de Periodismo de Costa Rica, en 1999. Estudió en las universidades de Costa Rica (licenciatura en Comunicación, 1974), Missouri (maestría en Periodismo, 1976) y Harvard (Niemann Fellow, 1988).