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Prensa / Diarios
''El populismo no crea conciencia ciudadana''
17 de noviembre de 2005
Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

Reflexiones del asesor de Václav Havel

El checo Jan Ruml dice que la diferencia entre Hugo Chávez y Fidel Castro no radica en que uno haya surgido de elecciones democráticas y el otro de una revolución: “Uno es un dictador con dinero y el otro es un dictador a secas”, sostiene.

Dice también que Néstor Kirchner es “el resultado de un compromiso entre los sectores pro Menem y los sectores pro Duhalde”, y que “no está bien que se alternen facciones del mismo movimiento en el gobierno argentino”, razón por la cual “es primordial que llegue una oposición de afuera”.

Desconfía del populismo: “No crea conciencia ciudadana”, señala. Y remite al yugo comunista bajo el cual creció y del cual se deshizo Checoslovaquia, su país, por medio de un proceso pacífico que cobró vuelo propio con el nombre de Revolución de Terciopelo.

De ella participó en forma activa Ruml, firmante, con Václav Havel, Jiri Dienstbier, Pavel Kohout y Michal Kocáb, entre otros intelectuales, de la Carta 77, documento a través del cual los disidentes checos y eslovacos expresaron en 1977 su rechazo al régimen.

En 1989, tras la apertura propiciada por la caída del Muro de Berlín, Ruml y otros apuraron la transición. El 10 de diciembre de ese año renunció el último presidente comunista, Gustav Husak, y asumió el cargo Havel. Eran las vísperas de la secesión entre checos y eslovacos, representados en las elecciones de 1990 por el Foro Cívico y el Foro Público Contra la Violencia, respectivamente.

Tras el final del régimen, Ruml tuvo a su cargo una empresa difícil: transformar el aparato de seguridad de su país. Durante seis años fue ministro del Interior. Luego, como parlamentario, llegó a ser vicepresidente del Senado de la República Checa. Su padre, Jiri Ruml, fue el último preso político del régimen comunista, después de haber sido miembro del partido.

"El proceso de transformación de Europa del Este se dio en forma casi simultánea con el final de las dictaduras militares en América latina -dice Ruml en una entrevista con LA NACION-. Ambos cambios han sido relativamente rápidos. En nuestro país quizás haya sido más rápido aún, porque estábamos bajo un sistema autoritario comunista que tenía bajo su control todas las propiedades. Había que devolverlas de inmediato al pueblo, así como había que establecer un Estado de Derecho y reformar la Constitución."

En su segunda visita a Buenos Aires, Ruml disertó en el seminario "Experiencia socialista y transiciones: 16 años de la caída del Muro de Berlín", organizado por el Centro para la Apertura y el Desarrollo para América Latina (Cadal), dirigido por Gabriel Salvia. "En nuestros países se derrumbaron los regímenes totalitarios comunistas y las dictaduras militares -dice Ruml-. Fue derribado el símbolo. En América latina concentraron más la atención en el aspecto económico, no tanto en el político. Pero tengo la impresión de que tanto en Europa del Este como en América latina no hemos podido derribar otras murallas que son, en realidad, imaginarias."

-¿Imaginarias?

-Sí, están dentro de nuestra cabeza. Todavía no somos capaces de vivir democráticamente. Hay muchos prejuicios en nuestras sociedades. Esto es una prueba de que derribar una muralla física como el Muro de Berlín es fácil, pero superar el trauma es mucho más largo y complicado. Es verdad que vivimos en sociedades democráticas y pluralistas, pero debemos aprender a vivir en democracia. Eso lleva mucho tiempo.

-En América latina, la democracia tiene un fuerte componente electoral, como si sólo de votos se tratara.

-Los políticos viven de las elecciones, de cara a las elecciones. Por eso, siempre están apartando los problemas internos de su agenda. Piensan que ya vienen las próximas elecciones. Esto no responde a lo que piensa la gente, por supuesto. De ahí que sea tan importante que exista una prensa libre e independiente y que haya un desarrollo fuerte de la sociedad civil. Hay que comprometer a las personas en temas de interés público.

-El desinterés de la gente por la política, sin embargo, es directamente proporcional al interés de los políticos por espantarla de sus asuntos.

-La gente va a votar y después se desconecta de la política. Es cierto. Muchas veces, los nuevos gobiernos pueden ser legales, pero no son legítimos. Nuestros problemas, en la República Checa, son similares. Nos falta cultura política, tradición democrática...

-¿Cómo se hace para forjarla si, como sucedió en las últimas dos elecciones en la Argentina, no hay una oposición clara fuera del partido de gobierno?

-Es un problema que también tenemos en nuestro país. Es necesario que surja una generación más culta, más informada. Es necesario que los jóvenes se junten o se asocien en asociaciones civiles, que las personas que se ocupan de su orientación espiritual impartan clases en las universidades y hablen de temas que involucran a la sociedad.

-No parecen ser los jóvenes los más interesados en la política.

-En mis visitas a Uruguay, la Argentina, Chile, Costa Rica y la República Dominicana me he encontrado con varios representantes juveniles de partidos políticos. Por ejemplo, en la Argentina, estuve con jóvenes pertenecientes al Partido Justicialista. Veo que hay una gran esperanza para el pueblo argentino. En esas reuniones llegué a la conclusión de que son sensibles a la situación en Cuba, de que tienen mucho interés en trabajar en esa dirección y en formar conciencia en la sociedad sobre los derechos humanos.

-La paradoja es que tanto el actual gobierno argentino como el anterior, presidido por Duhalde, ambos justicialistas, han optado por no condenar al régimen de Castro en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

-Esta región está llena de contradicciones y paradojas. Existe un gran argumento: los Estados Unidos. Veo que aquí Castro se ha convertido en una herramienta de la política interna de los países en su lucha contra los Estados Unidos.

-¿Qué diferencia ve entre Castro y Chávez?

-Sobre ese tema he hablado con varios políticos y entiendo, por lo que me han dicho, que Chávez es lo mismo que Castro. Castro es un dictador, pero no deja de ser un héroe para las personas. En cambio, Chávez va a ser sólo un dictador que tiene dinero. Es muy importante que la gente de América latina no se deje extorsionar por Chávez. No ofrece ninguna esperanza. Es mera manipulación política lo que está haciendo. Después de mi visita a América del Sur estoy convencido de que Chávez no tiene ninguna posibilidad en esta región. Después de dictaduras como la chilena, la argentina y la uruguaya, descarto que vuelvan a tener otro dictador.

-En sus comienzos, Fidel Castro tampoco prometía ser un dictador.

-Pienso que Castro se hubiera convertido, sí o sí, en un dictador, por un simple hecho: la ideología comunista es una utopía. Como no es una ideología natural del ser humano y a la gente no se la puede convencer de que siga algo así, debe ser obligada por la fuerza. Es decir, represión, persecución policial, un Estado policial, porque siempre hay gente que no quiere ese modelo. Yo viví 40 años bajo un régimen totalitario. Sé lo que es.

-¿Cómo se rebate un discurso de ese tipo cuando la democracia liberal tampoco cumple con las expectativas de la gente?

-Todo lo que Castro dice acerca de su sistema es mentira. Ese fue el mismo discurso que tenía nuestro dictador comunista en Checoslovaquia. Que todos iban a tener salud gratis. Que todos iban a tener educación gratis. Que todos iban a vivir bien. Además de todo, aseguraba que tenía mucho apoyo popular. Se daba, básicamente, por miedo a la represión. Si no apoyabas el régimen, podías perder tu trabajo o podías terminar en la cárcel. Tus hijos no podían estudiar. Había miedo.

-¿Cómo ve a Kirchner?

-El Partido Justicialista, más que un partido político, es un movimiento que tiene varias luchas internas. Kirchner es el resultado de un compromiso entre los sectores pro Menem y los sectores pro Duhalde. No está bien que se alternen facciones del mismo movimiento en el gobierno argentino. No estoy de acuerdo con eso. Es primordial que llegue una oposición de afuera que también esté presente en la política.

-¿Y si no llega?

-Estamos ante una situación similar en Europa. La gente presta atención a los populistas. Por ejemplo, en Polonia ganó la derecha, pero el presidente electo, Lech Kaczynski, es populista. Nuestro presidente checo, Václav Klaus, es populista. El populismo no crea conciencia ciudadana. Es importante, por ello, crear opinión pública.

-¿De quién depende?

-De una oposición con un programa claro de gobierno y con una visión clara de lo que quiere lograr, y con autoridad frente a algún movimiento. La crean también los periodistas, las universidades, la sociedad civil. Le doy un ejemplo: en 1998, en la República Checa, la izquierda y la derecha firmaron un pacto de estabilidad política. Decidieron que iban a controlar la televisión pública. Los trabajadores de la televisión pública iniciaron una huelga. Se produjo un escándalo tan grande que la gente salió a las calles a pelear por la libertad. Después de eso, nadie más se atrevió a controlar la televisión pública.

-Moraleja: para hacer una tortilla hay que romper huevos...

-Nosotros conocemos muy bien ese dicho [se ríe]. No sé si estamos en un momento así, de romper huevos. No podemos volver atrás. Romper huevos significaría hacer revoluciones. Tenemos que aprender a vivir en democracia de una vez por todas, en lugar de hacer revoluciones. Es muy complicado, lo sé. Tanto allá como acá, la gente vive encerrada en sus propios intereses. La gente, sin embargo, debe reflexionar en forma profunda sobre los temas importantes y debe tener modelos para seguir. En ese momento, pienso, caerán los últimos restos de los muros mentales que preservamos.

Por Jorge Elías
De la Redacción de LA NACION