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Prensa / Revistas
Lula: la izquierda al diván, Ceferino Reato (2006)
6 de febrero de 2007
Fuente: Revista Qué Pasa (Chile)

Por Alvaro Vargas Llosa

Tapa: LULA, La izquierda al divánEste libro del periodista argentino Ceferino Reato es tal vez el intento más valioso por "contar" la presidencia del brasileño Lula da Silva al público latinoamericano. Aunque está primordialmente dirigido al auditorio argentino y sus pretensiones son esencialmente periodísticas antes que ensayísticas o analíticas, en la práctica se trata de un volumen útil para cualquier latinoamericano interesado en entender mejor dos enigmas complejos: el "embrollo" del Brasil y el viraje ideológico de Lula.

Lo primero importa porque en ese "nudo" reside la causa central del subdesarrollo del Brasil, un país que tendría que estar situado hoy entre las grandes potencias y debería ser el motor del gran despegue sudamericano.

Lo segundo interesa porque nadie encarna de un modo más cabal que Lula lo que hay de bueno y lo que hay de malo en la nueva izquierda, ese curioso ejemplar del zoológico político de la región al que todos se acercan con una mezcla de excitación y miedo.

Hay dos formas de abordar y mostrar el embrollo brasileño y el viraje ideológico de Lula. Una es analítica, la otra narrativa. Dentro de la vertiente narrativa, la crónica periodística de un segmento de la vida brasileña puede tener un valor más amplio que el puramente anecdótico, si es tratada con buen instinto. Por eso es útil esta biografía no autorizada de Lula: al descubrir las vísceras del gobierno que se inició como la gran esperanza del Tercer Mundo y hoy, a pesar de la reciente reelección, ha dejado en todas partes un mal sabor de boca por sus escándalos de corrupción y sus insuficientes logros, nos permite entender mejor la tara primordial, el pecado original de Brasil: su Estado imposible.

El tono del volumen es panfletario y el autor no esconde su intención, por momentos despiadada, de presentar a Lula como alguien que traicionó el mandato no ya de su campaña sino inclusive de su conmovedora historia personal. A diferencia de lo que hacen habitualmente los observadores liberales, el autor no acepta que la moderación ideológica sea un eximente de la podredumbre ética; a diferencia de lo que suelen hacer los detractores socialistas del mandatario brasileño, no le achaca haber hecho mucho menos populismo del que se esperaba de él, aun cuando los más de ocho millones de familias que reciben un subsidio de "Bolsa Familia" sugieran lo contrario. Lo que hace es exponer en toda su crudeza una verdad: que el idealismo del Partido de los Trabajadores -el partido de izquierda más poderoso de América Latina- quedó reducido a los vicios sempiternos del poder y que los objetivos sociales de la izquierda brasileña están tan lejos de verse realizados como cuando, en 2002, Lula logró, por fin, la victoria electoral que llevaba años buscando.

El elemento más significativo es la trama de poder que en 2005 derivó en la interminable sucesión de escándalos conocida popularmente como el "mensalao" o mesada. Como se sabe, el diputado opositor convertido en aliado oficialista, Roberto Jefferson, reveló en aquel año que el PT estaba sobornando a decenas de congresistas de centro derecha para lograr la mayoría parlamentaria que las urnas no habían hecho posible. Aquella resultó ser una de las muchas caras de la vasta red de corrupción que afectaba a toda la estructura del Estado. Las otras eran la financiación ilegal de campañas, la colusión de intereses entre el Estado y ciertas empresas y el encubrimiento sistemático de estas prácticas.

Nada que no hubiera ocurrido antes: sólo que esta vez se hacía en nombre de los pobres.

La impresión que deja  "Lula: la izquierda al diván" es que, en cierta forma, todo esto era inevitable, dada la estructura del poder en Brasil y la forma en que Lula se acomodó en ella.

Desinteresado de las tareas administrativas, en lugar de llevar a cabo una profunda reforma de ese Estado imposible, el presidente delegó en un "núcleo duro" todo lo sustantivo: el jefe de gabinete, José Dirceu; el ministro de Economía, Antonio Palocci, y el secretario de Comunicaciones -y mejor amigo de Lula-, Luiz Gushiken, pasaron a controlar las redes del establishment. El primero se ocupaba de las relaciones con el Congreso y demás estamentos de poder; el segundo garantizaba la calma macroeconómica y por tanto la confianza de las elites, mientras que el tercero "vendía" la imagen del gobierno. Lula hacía discursos, viajaba, organizaba fiestas y promovía "Hambre Cero", el fallido plan social que luego fue subsumido dentro de "Bolsa Familia", un esfuerzo por unificar varios programas antiguos dentro de un organismo central.

Todo este esquema iba acompañado de la eliminación fría y descarnada de la disidencia interna en el PT, particularmente la de la izquierda marxista que pugnaba por devolverle el carácter ideológico a Lula (aun cuando Lula sostiene que nunca fue realmente ideológico porque como líder sindicalista se la pasó negociando acuerdos con los patrones).

Hasta que estallaron los escándalos. Lula sobrevivió gracias a una oposición culposa, unas elites cómodas, unas exportaciones abundantes y un programa de subsidios que logró solidificar la base social del gobierno en un país donde 60 millones de personas siguen siendo muy pobres.

Pero lo que queda es una ilusión rota.

Alvaro Vargas Llosa es escritor y periodista peruano. Es corresponsal en Washington de La Tercera.

Fuente: Revista "QUE PASA" (Chile), febrero 1, 2007.

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