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Prensa / Diarios
Un debate pendiente
4 de abril de 2010
Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

La adhesión de varios intelectuales del campo progresista al reclamo por los derechos humanos en la isla es una señal de que las posiciones críticas empiezan a ganar lugar en el pensamiento de la izquierda argentina
Laura Di Marco
Para LA NACION

Como si se tratara de una religión o de una madre ("Madre patria y madre revolución", cantaba el trovador Silvio Rodríguez), criticar la situación de los derechos humanos en Cuba -y sobre todo, hacerlo en público- fue y sigue siendo un lugar incómodo para la izquierda argentina. Incomodidad que el grueso del progresismo democrático resolvió, durante varias décadas, esquivando un pronunciamiento y refugiándose en un silencio que hacía ruido y que parecía sugerir que la situación en la isla no podía ser, de ninguna manera, una prioridad frente a las calamidades provocadas por el capitalismo.

La misma izquierda que no habría dudado en sentar una posición airadamente crítica frente a determinadas violaciones -la represión, la ausencia de libertades civiles y públicas, la prohibición de abandonar el país o el fusilamiento a disidentes- si se hubieran perpetrado en un país no amigo, frente a Cuba enmudecía inexplicablemente.

Sin embargo, y aunque silenciosas, muchas grietas se fueron abriendo durante los últimos años en aquella larga luna de miel, y mucho más aceleradamente en los últimos días, cuando un grupo de intelectuales progresistas y reconocidos defensores de los derechos humanos -insospechados de alineaciones a la derecha- quebraron el tabú "progre" y salieron a condenar abiertamente la falta de reconocimiento de derechos humanos básicos en la isla.

Terminar con la indiferencia

La declaración "El ejercicio de los derechos no es delito", casi sin precedentes en el universo de la izquierda argentina, fue impulsada por la ONG Cadal, a propósito del séptimo aniversario de la llamada primavera negra cubana: el fusilamiento, en 2003, de tres secuestradores de una lancha que pretendían llegar a Estados Unidos, y el encarcelamiento posterior de un grupo de 75 disidentes, entre ellos el poeta y periodista Raúl Rivero. Fue entonces cuando el portugués José Saramago dijo la recordada frase "hasta aquí llegué", en referencia a su apoyo a Cuba.

"Es que ese ´hasta aquí llegué´, de algún modo, está representando hoy a muchos intelectuales que reconocen que la igualdad y la libertad deben ir necesariamente de la mano", dice la doctora en Ciencias Políticas María Matilde Ollier, una de las firmantes de la declaración de Cadal, que exhorta a los gobiernos democráticos latinoamericanos a terminar con la indiferencia y a condenar a Cuba por mantener encarceladas a personas que buscan ejercer sus derechos.

La reciente muerte de Orlando Zapata Tamayo, reconocido como un "preso de consciencia" por Amnistía Internacional, que se agregó a la lista de heridas en la relación entre Cuba y la izquierda local, parece haber ayudado a disparar hacia afuera el debate que ya se mantenía hacia adentro.

El ex fiscal de las Juntas Julio César Strassera, Graciela Fernández Meijide, Beatriz Sarlo, Vicente Palermo, Emilio de Ipola, Marcos Novaro, Guillermo O´ Donnell, Fernando Iglesias, Santiago Kovadloff y Claudia Hilb son algunos de los firmantes de la condena. Muchos de ellos se han sentido siempre y se siguen reconociendo hoy dentro del campo de la izquierda intelectual. Su firma estampada en un documento que le exige a Cuba respetar los derechos humanos es una señal de que la fidelidad y el silencio empiezan a dejar lugar a posiciones críticas en el pensamiento de izquierda de la Argentina.

Otra señal es la aparición del libro ¡Silencio, Cuba! La izquierda democrática frente al régimen de la Revolución cubana (Edhasa), escrito por la socióloga y ex presidenta del Club de Cultura Socialista Claudia Hilb. También, las exhortaciones de Vicente Palermo en el sentido de que el progresismo vernáculo se debe un debate serio, audaz y abierto sobre el significado del proyecto revolucionario tal y como se encarnó en el régimen castrista. O, incluso, los reproches entre renombrados intelectuales por haberse quedado callados frente al caso de la médica Hilda Molina, cuando el gobierno cubano la retenía con el increíble argumento de que su cerebro "pertenecía a la revolución".

¿Señales de que el pensamiento de izquierda está madurando y puede ahora mirar con ojo crítico incluso sus sueños de juventud?

Un poco en broma, un poco en serio, Emilio de Ipola, esposo de Claudia Hilb, dice que "nos estamos preparando" para enfrentar la catarata de críticas que, imagina, disparará el grueso de la izquierda todavía alineada en la defensa de los logros igualitarios de la revolución, en nombre los cuales permite casi todo.

"Hace un año estaba en un Congreso de Sociología y, después de criticar el hecho de que en Cuba no se respetara el ejercicio de la ciudadanía, entendido en un sentido amplio, me respondieron diciendo que en los dos primeros años la revolución había logrado mucho más que otros países en toda su historia. Entonces, yo respondí: está muy bien, ¿pero qué hicieron en los otros 48?". Profesor de la UBA e investigador del Conicet, De Ipola cuenta que hoy frena al interlocutor que llama "gusanos" a los disidentes -le recuerda al término "ratas" que usaban los nazis para rotular a los opositores- y que muchos lo han acusado por eso de estar "pagado por el Banco Mundial".

Militante marxista en su juventud y dedicado, desde hace décadas, a la historia del pensamiento, Carlos Altamirano también suma una reflexión que hace lugar a la crítica: "Hay, al menos, un sector de la izquierda intelectual que no quiere seguir practicando el doble estándar por el cual hay víctimas buenas de la represión estatal y víctimas malas, disidentes contra el autoritarismo que son héroes en un país, y otros que no merecen siquiera ser registrados, a menos que sea como delincuentes".

Atacar al que critica fue un mecanismo usado por los intelectuales de izquierda para evitar, primero, recabar información seria sobre cómo era realmente la situación en la isla -disposición a conocer los hechos, digamos-, para luego, eventualmente, pronunciarse.

La influencia hipnótica de Fidel

Es obvio que Cuba y la figura de Fidel Castro ejercieron un hechizo difícil de desarmar para la izquierda. Pero ¿por qué?

Palermo asegura, por ejemplo, que condenar la situación de los derechos humanos en la isla equivale, para muchos, a impugnar la totalidad de la experiencia revolucionaria, que por muchos años fue una referencia de ética política, y también un refugio seguro. Pero que hoy se ha vuelto, según el politólogo, un "refugio peligrosamente totalizante".

La tesis que sostiene Hilb en su libro es que, para los intelectuales de izquierda, fue muy difícil disociar el proceso de igualación de condiciones -llevado adelante, efectivamente, durante la primera década de la Revolución- de la conformación de un régimen de dominación total. Eso, sumado al fuerte carisma de Fidel Castro.

La influencia hipnótica del líder revolucionario siguió, incluso en su ocaso, como cuando viajó a la Argentina para la asunción de Néstor Kirchner y, sobre las escalinatas de la Facultad de Derecho, mantuvo en vilo a una nutrida audiencia, en su mayoría universitaria, que lo aplaudió durante más de dos horas.

Precisamente, el corrimiento de escena de Fidel, reemplazado por su hermano Raúl, es otro de los datos de la actualidad que podrían haber habilitado el ejercicio de la crítica.

Tal vez sea, como sugiere Marcos Novaro, que a muchos argentinos -y no sólo a la izquierda- les gusta la idea de explicar los propios fracasos como efecto secundario de una perversa voluntad imperial, que provoca todo tipo de desgracias en quienes se atreven a rebelarse. Tal vez, por todo esto, hablar de Cuba en Argentina es como hablar sobre nosotros mismos.

Lo cierto es que mientras algunas voces de crítica empiezan a hacerse oír, para buena parte de la izquierda sigue siendo muy difícil alzar la voz contra los atropellos del régimen y no sentir al mismo tiempo que "se le está haciendo el juego a la derecha".

Para ellos Cuba es hoy una verdad incómoda y la discusión política sobre el tema, un debate pendiente.

Fuente: Diario La Nación (Buenos Aires, Argentina)