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Prensa / Internet
Lula, un caso de centrismo social
3 de noviembre de 2010
Fuente: Infobae.com (Buenos Aires, Argentina)

Por P. Díaz de Brito

Durante la larga campaña presidencial en Brasil, la candidatura de Dilma Rousseff sumó la fuerte oposición de los principales medios brasileños. Sin embargo, el "lulismo", como se lo llama en Brasil, no parece merecer tanta furia descalificadora. Al menos, visto desde la distancia y en la perspectiva de lo que pasa en el resto de Sudamérica.

Ante todo, y en total contraste con los procesos radicalizados que se dan en la región, Lula y Dilma, en su congénito pragmatismo, archivaron bajo siete llaves los proyectos esbozados por el ala radical del PT: no se habló más, por ejemplo, del "control social" de los medios de comunicación que impulsó ese sector y que Lula, en su furibundo enfrentamiento con los medios, usó durante unas pocas semanas como un cuco ante el establishment mediático. Dilma tranquilizó la escena rápidamente, llenando de halagos a la viuda del fundador del grupo Globo. El tema de los medios quedó para el microclima típico de estos grupos ideologizados y minoritarios y salió de la agenda de campaña de Dilma, quien en su discurso de triunfo, el domingo 31 de octubre a la noche, volvió a ratificar aquello de "es preferible la libertad de prensa al silencio".

Un caso de proyección muchísimo mayor y que realmente puso contra las cuerdas a Dilma, forzándola al ballottage, fue el aborto, que los pastores evangelistas sacaron a relucir en sus poderosos circuitos comunicacionales, golpeando duro a la candidata. De nuevo, había un documento interno del PT dando vueltas y, lo más comprometedor, había declaraciones de años anteriores de Dilma en favor de esa polémica medida. Pero otra vez salió a relucir el pragmatismo a prueba de todo de Lula y su pupila: ella se mostró acudiendo a misa después de muchos años y citó a Dios repetidamente, además de asegurar una y otra vez que nunca iría contra la postura mayoritaria de la sociedad brasileña, que no acepta la legalización plena del aborto. Dilma incluso aseguró que jamás aprobaría leyes que vayan "contra la familia" y las creencias religiosas de los brasileños.

Más allá de la confrontación pasajera con los medios independientes, o de los llamados de tribuna de Lula a enfrentar a los elitistas que querrían un país más desigual, el "lulismo" se muestra como un gran poder político de consenso. El liderazgo carismático de Lula es propio de una sociedad donde, salvo excepciones con la fase caliente de una campaña, los conflictos no se fogonean ni mucho menos se potencian desde el Poder Ejecutivo a través de la tribuna pública y mediática, todo lo contrario. Los gobernantes son elegidos para solucionar y atenuar los conflictos, no para atizarlos permanentemente. El carácter de Lula es modélico al respecto: un negociador nato que siempre se presenta con una sonrisa.

La técnica de la polarización constante desde el gobierno, central en la construcción kirchnerista en la Argentina, es lo opuesto a lo hecho por Lula en Brasil. A este estilo o idiosincrasia política de consenso debe sumarse otro punto central: el claro apoyo a la economía de mercado y el cuidado de los mercados financieros y monetarios durante la gestión de Lula desde 2003, y que Dilma ya dijo que continuará. Aquel año, cuando Lula llegó a la presidencia, su continuismo económico con las políticas de FHC causó el repudio de quienes esperaban un gobierno radicalizado. Son los mismos que hoy se subieron de nuevo al carro de Lula y celebran el triunfo de Dilma, tratando de homologarlo al radicalismo regional.

Por otro lado, el de Dilma será un período de liderazgo frío, luego del cálido populismo sentimental y carismático de Lula. El suyo será liderazgo sin carisma. Ya se vio en el estudiado discurso de triunfo: no había ninguna multitud de militantes vivando, ella no gritaba ni improvisaba. Leía un texto. Le hablaba como presidenta electa a todos los brasileños y no sólo a la base del partido.

Por todo esto, el lulismo puede ser visto como una suerte de equilibrado populismo social moderado, casi centrista, mucho antes que otra expresión de la izquierda populista radicalizada regional. Del lulismo pueden esperarse en estos cuatro años de Dilma una mayor intervención del Estado en algún sector específico de la economía, como la energía (sector que Dilma conoce muy bien, ya que fue ministra del área) y la ampliación de los planes sociales, en la medida que las cuentas públicas lo permitan. Pero a la vez Dilma, como administradora profesional rigurosa, tampoco dudará en ajustar las tuercas de la productividad al sector público (ya lo ha prometido), o en tener a la inflación bajo estricto control, como ya hizo Lula durante sus ocho años. Llamar a este moderado programa social y político "de izquierda" luce claramente exagerado.

Pablo Díaz de Brito es periodista y analista del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (Cadal)

Infobae.com (Buenos Aires, Argentina)