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Prensa / Diarios
Entrevista a Mauricio Rojas en 'El Pais' de Montevideo
28 de junio de 2004
Fuente: El País (Montevideo, Uruguay)

SUECIA/Dejó atrás el estatismo monopolista de los servicios y optó por una sociedad del bienestar abierta y pluralista

El verdadero drama de Uruguay es que no existen islas en un mundo globalizado

La retórica igualitaria del Estado benefactor ha sido la retórica de las clases medias para sacar grandes tajadas de los fondos públicos

El gran handicap de América Latina ha sido su capitalismo raquítico y proteccionista. Tenemos que ampliar la economía de mercado, que es la base del progreso espectacular de los últimos años, y apuntalar la libertad económica, que es su fundamento, lo cual habilita a la gente a participar creativamente, sostuvo el economista chileno Mauricio Rojas, residente en Suecia e integrante del Parlamento sueco como representante del Partido Liberal. En diálogo con ECONOMIA & MERCADO, el entrevistado hizo un profundo análisis del derrumbe del Estado benefactor sueco y su transformación en una sociedad del bienestar, los resultados de las reformas liberales en América Latina y las profecías apocalípticas del fin del empleo en el mundo. A continuación se publica un resumen de la entrevista.

-¿Qué fallas mostraba el Estado benefactor sueco para que un exiliado chileno marxista terminara abrazando el liberalismo económico?

-Cuando llegué a Suecia en 1974 me encontré con un Estado que daba mucho a los ciudadanos, pero no creaba libertad de elección. Recuerdo que me desagradó especialmente el autoritarismo del Estado benefactor, en donde una persona "pertenecía" a un hospital, a una escuela, etc. Sólo una proporción muy pequeña y extremadamente rica de la población tenía ingresos netos suficientes, es decir después de pagar una pesada carga tributaria, como para poder pagar servicios privados de ese tipo. Se puede decir que en cada paso importante en la vida del ciudadano sueco había un elemento de intervención política que, mediante un sistema asistencial y una tributación personalizada, influenciaba de una manera decisiva su opción en materia de la formación de la familia, adquisición de una vivienda, cursar estudios universitarios, etc. En muchos aspectos, comparo a ese sistema con el despotismo ilustrado de las monarquías del siglo XVIII.

-Sin embargo, el Estado sueco siempre se destacó porque le aseguraba a todo ciudadano un nivel de vida muy bueno independientemente de sus ingresos laborales. ¿No es ese un elemento positivo?

-La verdadera esencia del Estado benefactor maximalista como el que rigió hasta hace una década no está dada por las garantías de ingresos que ofrece sino por su aspiración de controlar completamente los sistemas de seguridad social y, en particular, las instituciones proveedoras de los servicios de bienestar más decisivos para la vida de los ciudadanos. El Estado benefactor fue excluyente y por ello incompatible con una sociedad del bienestar realmente pluralista. Esa concepción dio origen a un monopolio estatal de los servicios sociales. Así se constituyó un amplio sector de servicios del bienestar totalmente politizado y herméticamente cerrado a toda influencia exterior, particularmente en cuanto se refería a las preferencias concretas de los usuarios y a la competencia de proveedores alternativos de servicios.

-¿Cómo funcionó el sector privado bajo ese régimen?

-En 1932 el partido de la Socialdemocracia, que introdujo el Estado benefactor, comenzó gobernando en base a una colaboración muy estrecha con el sector privado (industria, comercio y finanzas). La hegemonía socialdemócrata hizo entonces todo lo posible por beneficiar a las grandes empresas suecas y los grandes empresarios estaban felices con la situación que duró hasta mediados de los años sesenta porque el Estado sueco asumió el monopolio de todos los costos sociales existentes en torno a la empresa -desde los despidos a los seguros de accidentes de trabajo- y, además, era su principal cliente. En esa época, los salarios bajos subieron algo y los altos bajaron bastante, con lo cual la estructura salarial se aplanó de tal modo que las grandes empresas tuvieron ganancias extraordinarias porque pagaban sueldos a los técnicos y ejecutivos que estaban muy por debajo de su productividad. Era una socialdemocracia procapitalista que duró hasta la llegada de Olof Palmer en los años sesenta que impulsó el Estado benefactor maximalista.

-¿Cómo le fue a la economía sueca bajo un Estado con esas características?

-A mediados de los años setenta se hizo evidente que Suecia había entrado en una etapa de crecimiento lento y problemático, perdiendo sistemáticamente terreno frente a otros países industrializados. Su economía, que era la cuarta más rica del mundo en términos de ingreso real per capita, ha ido descendiendo en el ranking mundial hasta llegar hoy a la posición vigésimo quinta. Pertenece a la mitad más pobre de los países de la Unión Europea y ocupa el lugar decimoséptimo en bienestar económico entre los países de la Ocde.
Si se observa el sector industrial sueco, todas las grandes empresas suecas (Ericsson, Volvo, SKF, etc.) fueron creadas antes de 1950, habiéndose fundado la mayoría de ellas en el siglo XIX. En cambio, las dos terceras partes de las primeras cincuenta empresas de Estados Unidos nacieron después de la Segunda Guerra Mundial. Eso demuestra que Suecia tiene problemas estructurales serios y que su economía está estancada. Si bien hoy la Socialdemocracia ha vuelto a sus orígenes y busca colaboración y no conflictos con los empresarios, a la sociedad sueca le está costando enormemente retomar su posición de país puntero en el mundo.

Debilidades del modelo

-¿En dónde se registraron las mayores debilidades del "modelo sueco"?

-Se fue notando una creciente vulnerabilidad del sector público en la medida en que aumentaba su compromiso de asegurarle a toda la población un nivel de ingresos y servicios. Como resultado la carga tributaria total se duplicó entre 1960 y 1989, pasando del 28% al 56.2% del ingreso nacional. A su vez, el gasto público pasó del 31% al 60% del ingreso nacional, habiéndose triplicado el empleo público en ese período. Cuando la carga tributaria llega a esos niveles y los sistemas asistenciales conceden asignaciones relativamente altas, se opera un desincentivo al trabajo. Ese bienestar de la sociedad sueca que no generaba más recursos y la fuerte presión tributaria sobre una población económicamente activa (PEA) pequeña crearon tensiones enormes ya que se tenían que distribuir más beneficios entre más personas con los mismos recursos, con lo cual empezaron a deteriorarse muchos servicios.

-¿Cuál fue el detonante para que la sociedad sueca buscara un cambio en el rol del Estado?

-Los problemas larvados durante todos esos años explotaron entre 1990 y 1994, cuando se perdieron más de medio millón de puestos de trabajo, equivalente a más del 10% de la PEA. El largo período del pleno empleo iniciado durante la Segunda Guerra Mundial desapareció al trepar la tasa de desempleo de 2.6% en 1989 a 12.6% en 1994. La crisis que comenzó en el sector privado, se expandió rápidamente al sector público al caer la tributación. Este se vio obligado, en medio de un alza galopante del desempleo, a recortar el empleo público actuando así de una manera procíclica que agravó más una situación crítica.

-¿Cuál fue la propuesta económica de la oposición para desalojar a la Socialdemocracia del gobierno?

-En la segunda mitad de los años setenta, el Partido Conservador ya había gobernado por un corto período, pero se limitó a administrar el "modelo sueco". A fines de la década de los ochenta existía una predisposición de la población sueca -a la que debo reconocerle un gran pragmatismo- a experimentar nuevos modos de organizar el área del bienestar social y aceptar diversas formas de privatización y desregulación en función del descontento que existía con el monopolio estatal. Eso condujo a la victoria de los partidos no socialistas en 1991 bajo la consigna de "revolución de la libertad de elección". Esta búsqueda de una nueva relación de poder entre el Estado y la sociedad coincidió, además, con profundas fracturas del tejido social sueco, especialmente con la aparición de bolsones de exclusión social y étnica, así como importantes cambios políticos e ideológicos de carácter internacional. 

Sociedad del bienestar

-A partir de 1991 un gobierno no socialista, que duró tres años, desmanteló buena parte de la estructura del viejo Estado benefactor. ¿En qué se ha transformado la sociedad sueca?

-Bajo la peor crisis económica conocida en Suecia, el gobierno de Carl Bild (1991-94) aprobó las reformas fundamentales que transformaron a un Estado benefactor maximalista en una sociedad del bienestar, que se basa en la participación creativa del sector privado, ciudadanos con poder de decisión y el Estado mismo. Lo llamo un Estado posibilitador porque habilita a que la gente elija en todos los aspectos de la vida.
Cuando la Socialdemocracia retornó al poder en 1994, habiendo madurado políticamente luego de tres años en la oposición, no revirtió las reformas emprendidas por los liberales sino que, además, desarrolló nuevos elementos de cambio. Desde entonces el gobierno socialdemócrata sueco impulsó una larga serie de privatizaciones en el correo, ferrocarriles, viviendas, energía, etc., aplicó un estricto programa de saneamiento de las cuentas fiscales a través de la reducción del gasto público que bajó progresivamente del 70% en 1993 al 54% en 2001, lo que ha permitido bajar la deuda pública del 80% al 53% del ingreso nacional y la carga tributaria que era del 56.2% en 1989 a 51% en 2002.  

-¿Cuál va a ser el rol del Estado en la sociedad del bienestar?

-El Estado tiene que rediseñar sus funciones. La conciencia de que el Estado benefactor llegó a los límites de su expansión sigue generando la búsqueda de soluciones alternativas que requieren involucrar al sector empresarial como a la sociedad civil de una manera totalmente nueva. Hoy Suecia tiene el récord mundial de carga impositiva sobre los ingresos de los trabajadores con un nivel del 60% y funciona un sistema tributario que no es nada progresivo sino que es casi plano. Por ejemplo, un legislador, como es mi caso, está gravado con un impuesto del 70%. Por lo tanto, el problema central consiste en transformar el financiamiento de la sociedad del bienestar, de modo de romper la camisa de fuerza que es la tributación, que no puede subir más, y permitir que se generen recursos genuinos. 

América Latina

-¿Cómo evalúa los resultados de las reformas económicas de corte liberal que se implantaron en América Latina en la década de los noventa?

-En la mayoría de los países los resultados son desalentadores, aunque hay excepciones -como en Chile, donde han sido un éxito rotundo- lo que demuestra la factibilidad de ese tipo de reformas. Hay que averiguar las causas de ese fracaso. No han fallado los planes reformistas sino la estructura social debido a la debilidad institucional latinoamericana y su falta de respeto a la cultura más elemental del capitalismo, o sea el respeto a la propiedad, la inversión, los contratos, etc. El acuerdo básico de la sociedad capitalista consiste en que es correcto enriquecerse si se es creativo y no porque se es un pillo. América Latina tiene un entorno precapitalista tanto en política como en economía que hace que las reformas no tengan los resultados que teóricamente deberían alcanzar. La gran reforma que debe hacer la región es restituir la confianza básica de valores muy prosaicos como que el progreso se basa en el trabajo, el esfuerzo, el ahorro y la perseverancia.

-¿Puede dejarse a la economía de América Latina librada a las fuerzas del mercado, que es un sistema muy eficiente, pero que aparentemente poco o nada hace por evitar la desigualdad socioeconómica?

-Ese juicio no es correcto porque el mercado es un nivelador muy fuerte. Al desarrollarse la economía, la demanda comienza a estimular la incorporación de la gente al trabajo y la ocupación se vuelve cada vez más productiva, con lo cual se produce una nivelación hacia arriba de los ingresos. El gran handicap de América Latina es que la participación en la libertad económica ha sido muy limitada por la enorme concentración de la riqueza en las élites desde la Colonia y por un pueblo marginado de la cultura y de la economía. Ha sido un capitalismo raquítico y proteccionista. Tenemos que entender que hay que ampliar la economía de mercado, lo cual a su vez habilita a la gente a participar creativamente. Si eso se logra, el problema ya no son las desigualdades dado que surge un interés generalizado por progresar.

El fin del empleo

-La posibilidad de que la mayoría de la población termine excluida del mercado laboral se asemeja a una profecía apocalíptica en los países desarrollados e incluso en las economías emergentes. Sin embargo, esa misma teoría no parece tan descabellada si se miran las altísimas tasas de desempleo, de subempleo, trabajo precario e informalismo que prevalecen en Uruguay y en la vecina Argentina. ¿Cuál es la fórmula para que estas economías crezcan en forma sostenida y se generen puestos de trabajo con salarios dignos?

-Las ideas apocalípticas de la exclusión inexorable de la mayoría de la población del mercado laboral surgieron en circunstancias de alta cesantía en los países europeos occidentales. Ellas son fácilmente aplicables a América Latina que, desde el punto de vista económico, ha hecho un papelón ante el mundo en los últimos veinticinco años debido a las oportunidades increíbles que desaprovechó  para despegar del subdesarrollo. De continuar por esta senda, se perderán más empleos, que cada vez van a ser de peor calidad, ya que las sociedades y los individuos pueden perder en forma desastrosa en un sistema abierto de competencia.
Sin embargo, el empleo está creciendo aceleradamente en el mundo. También podría crecer en la región si los latinoamericanos dejamos de buscar un chivo expiatorio -la tecnología, los Estados Unidos, el Banco Mundial, etc.- y aceptamos que no hemos sabido crear las condiciones de una participación dinámica en un mundo globalizado. La "enfermedad" latinoamericana es que carece de un capitalismo moderno y de una democracia moderna, salvo honrosas excepciones.

-¿A qué obedece la escasa participación de América Latina en el comercio global?

-Es producto de su propia marginalización del mundo del trabajo. Mientras que los asiáticos han duplicado la productividad, esta ha decaído en América Latina. La explicación está en que la región ha tenido un capitalismo de estancias, como el que instauró el gobierno de Rosas en Argentina. El esquema predominante durante mucho tiempo fue cerrar los mercados, aislarse del mundo salvo para importar lo imprescindible, no preocuparse si la economía era poco productiva y crear una isla de corporaciones, de prebendas, de ineficiencias, etc. con el centro en el Estado. Esa es la mentalidad "premoderna" de capitalismo que sigue enraizada profundamente en América Latina y que mantiene los hábitos culturales y las estructuras económicas apropiadas a este invernadero. Así fue como funcionó la industrialización en este continente. Ahora el invernadero se está quedando sin calor y las fábricas se están muriendo.

-¿Cómo se cura esa "enfermedad" latinoamericana?
 
-Modificar esta situación no es fácil. En Chile, el cambio se hizo en forma traumática con un golpe de Estado que derrumbó una sociedad que era bastante decente y también bastante pobre, pero que increíblemente se estaba destruyendo a sí misma. Vino el remezón de una dictadura muy larga que tuvo el mérito de crear un consenso en torno a la modernidad de capitalismo y del sistema político, separando uno del otro. El capitalismo moderno le dice al empresario que si quiere hacerse rico, tiene que innovar, producir y competir, pero que no use la política para los fines particulares de su empresa. Si se permite mezclar la política con el capitalismo, el empresario soborna al político para que le otorgue prebendas, que es la dinámica típica de América Latina. Para construir una cultura moderna América Latina tiene que aprender de los chinos que no se están haciendo ricos porque allí se instalen las grandes compañías multinacionales. Están progresando porque ahorran el 40% del ingreso nacional, mientras que el ahorro de Argentina, por ejemplo, ha bajado hasta el 13%.

El paradigma uruguayo no funciona más

-El Estado ha tenido un protagonismo decisivo en la economía uruguaya a partir de la segunda década del siglo XX, o sea veinte años antes del inicio del "modelo sueco". ¿Qué puede aprender Uruguay de las recientes reformas emprendidas en Suecia?

-Si bien en Suecia el Estado benefactor se implementó en 1932, ya existían elementos "bismarkianos" que impulsaban un Estado fuerte desde fines del siglo XIX. De acuerdo con las características de la economía de mercado, el Estado tiene que transformarse para no convertirse en un obstáculo al desarrollo social. Se requiere un dinamismo creativo en la sociedad, en donde el Estado tiene que abrir los sectores que eran de su exclusivo dominio a la empresa privada y al ciudadano, dando mucha libertad de elección a efectos de que se pueda crear la diversidad de la competencia.

-¿Qué le exige la economía de mercado a la sociedad uruguaya, que se ha mostrado tan reacia a los cambios en este sentido?

-Durante siglos la sociedad uruguaya estuvo muy protegida por un tipo de producción básica: la ganadería extensiva. Esa riqueza que se reproducía año tras año le daba una cierta tranquilidad para crear un mundo de bienestar. En cambio, la economía de mercado, que es la base del progreso espectacular de los últimos años, es un sistema exigente y la libertad económica, que es su fundamento, exige a todos un estado permanente de alerta. La creatividad de esta libertad económica provoca repetidas conmociones, existiendo el riesgo de que algunos pueblos se vean sobrepasados por otros. Los resultados de los plebiscitos indican que los uruguayos prefieren ser todos un poco pobres y no tener esa presión del cambio. Sin embargo, esa es una mera ilusión. El estilo de vida que tiene el paradigma uruguayo no ha funcionado desde hace mucho tiempo. En un mundo globalizado no hay islas: ni Albanias socialistas ni Estados benefactores suecos. Ese es el verdadero drama de Uruguay.

Los estudiantes pudientes tendrían que pagarse los estudios universitarios

-Al ser la educación el activo productivo más importante en la sociedad del conocimiento, ¿cómo se podría lograr una mayor calidad de la enseñanza de modo que nivele los resultados hacia arriba?

-Para alcanzar esa meta tiene que existir competencia en la educación, donde ofrecer un producto sin calidad represente una amenaza de pérdida de clientes para cada productor de servicios de enseñanza. En ese sentido, el sistema de vouchers o cheques de educación, implantado en Suecia en 1992 y que hoy rige para toda la educación primaria y secundaria de ese país, es un ejemplo emblemático ya que ha generado un cambio realmente revolucionario a nivel de la demanda y oferta educativa.

-¿Se logra así una redistribución de recursos básicos para la educación?

-Sí. Ese sistema le da a padres e hijos el derecho de elegir la escuela con mucha libertad. Para que puedan ejercerlo en la práctica se les otorga un bono para que paguen la educación que consideren de mejor calidad dentro del sector público o entre escuelas privadas. Esta libertad de elección ha dado origen a una ola impresionante de creación de escuelas independientes, que son gestionadas por el sector privado con o sin fines de lucro y que gozan de una libertad pedagógica bastante amplia. Estas instituciones no pueden realizar prácticas discriminatorias en la elección de sus alumnos ni pueden cobrar suplementos al cheque escolar que reciben de las municipalidades, lo cual crea una enorme presión competitiva y una posibilidad social igualitaria muy buena.

-¿No ha operado este sistema en detrimento de la escuela pública?

-No. Esta desmonopolización del sistema educativo ha influenciado positivamente a la escuela pública. Por eso las autoridades de cada escuela, pública o privada, tratan de aplicar nuevos métodos de enseñanza basados en las orientaciones internacionales más avanzadas al igual que cualquier empresario decente trata de atraer clientes. Este cambio es fundamental porque cuando el Estado benefactor pierde el poder sobre los ciudadanos que se convierten en consumidores, se crea un respeto mutuo que es fundamental en la sociedad.

-¿Cree que esa experiencia educativa sea trasladable a la realidad de América Latina?

-Este esquema de vouchers es posible en una sociedad con un alto nivel de ingreso per capita como es Suecia. Es factible que los gobiernos en las sociedades pobres se vean obligados a otorgar un cheque escolar de menor valor. Si no se permitiese cobrar un suplemento, se crearía un problema porque indirectamente la falta de recursos tendería a nivelar hacia abajo a la oferta educativa.

-¿Es aplicable el sistema de vouchers a la educación terciaria?

-No es posible darle educación universitaria gratis a las clases media y alta mientras se tienen escuelas primarias pobres. Eso es un escándalo. Por ejemplo, en Suecia los estudios universitarios no sólo son gratuitos, sino que también se le otorga a los estudiantes un préstamo estatal para que puedan financiar sus gastos durante la carrera. Esa política no representa un concepto igualitario sino una forma de incorporar a las clases medias al Estado benefactor, lo que fue muy importante para la Socialdemocracia de los años cincuenta cuando veía que la clase obrera se reducía rápidamente y las clases medias aumentaban. Hay que obligar a las clases pudientes a pagar los estudios universitarios a efectos de que el Estado disponga de más recursos para financiar las escuelas públicas. Eso es lo que un Estado inteligente y solidario tiene que hacer. Cuando los jóvenes puedan instruirse en escuelas primarias y secundarias decentes, luego van a poder participar creativamente en la economía de mercado. La retórica igualitaria y solidaria del Estado benefactor ha sido la retórica de las clases medias para sacar grandes tajadas de los fondos públicos.  

FICHA TECNICA: El economista Mauricio Rojas, chileno, 54 años, reside en Suecia desde 1974. Es miembro del Parlamento sueco por el Partido Liberal, profesor titular de Historia Económica de la Universidad de Lund, vicepresidente de Timbro, un think-tank del empresariado de aquel país, y director del Centro de la Reforma del Estado del Bienestar. Recientemente visitó Uruguay para presentar su nuevo libro titulado "Mitos del Milenio: El fin del trabajo y los nuevos profetas del Apocalipsis".

Entrevista publicada en el suplemento Economia & Mercado de El Pais de Montevideo (junio 24 de 2004)