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4 de noviembre de 2003

Bolivia: crisis y después...

La renuncia del presidente Gonzalo Sánchez de Losada el 17 de octubre pasado puso fin a un mes de protestas que dejaron un saldo de 80 muertos. La salida anticipada del poder de gobernantes democráticamente electos se ha tornado un fenómeno frecuente y preocupante en la región. En este sentido, el caso boliviano se suma a lo ocurrido en Paraguay en 1999, Ecuador y Perú en 2000, Argentina en 2001, donde mandatarios elegidos por el sufragio popular debieron abandonar anticipadamente el gobierno en medio de protestas populares.
Por Ignacio Labaqui

La renuncia del presidente Gonzalo Sánchez de Losada el 17 de octubre pasado puso fin a un mes de protestas que dejaron un saldo de 80 muertos. La salida anticipada del poder de gobernantes democráticamente electos se ha tornado un fenómeno frecuente y preocupante en la región. En este sentido, el caso boliviano se suma a lo ocurrido en Paraguay en 1999, Ecuador y Perú en 2000, Argentina en 2001, donde mandatarios elegidos por el sufragio popular debieron abandonar anticipadamente el gobierno en medio de protestas populares. Al igual que en la Argentina desde 2001, la experiencia boliviana refleja el declinante rol de las instituciones mediadoras de la representación política y la importancia cada vez mayor que cobra el control de la calle. Algunos análisis sugeridos por políticos de la región y algunos medios han cargado las tintas sobre el chivo expiatorio de moda, es decir, el neoliberalismo. La realidad es que detrás de la crisis política ocurrida en Bolivia hay cuestiones más complejas, más vinculadas a las particularidades de la realidad boliviana, que al nunca bien definido neoliberalismo.

En primer lugar cabe destacar el agotamiento de la fórmula de gobernabilidad vigente desde 1985. prácticamente ningún candidato presidencial ha superado en los últimos 20 años el 30% de los votos. En respuesta a esta realidad, desde 1985, el sistema político boliviano  ha venido funcionando sobre la base de  acuerdos de gobernabilidad entre los principales partidos políticos. Los gobiernos de coalición fueron de esta manera un componente esencial de la política boliviana de los últimos 18 años. Sólo merced a ellos pudieron los sucesivos presidentes alcanzar el poder y gobernar. El debilitamiento de Acción Democrática Nacional (ADN) y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que junto al Movimiento Nacional Revolucionario (MNR), habían sido hasta el 2002 las tres principales fuerzas del sistema de partidos boliviano, combinado con el ascenso de líderes anti-sistema como Felipe Quispe y Evo Morales, a la par de dirigentes de corte populista, como el ex alcalde de Cochabamba, Manfred Reyes-Villa, erosionaron seriamente la fórmula de gobernabilidad vigente. Las últimas elecciones presidenciales, en las cuales tanto ADN como el MIR (aunque en menor medida) perdieron relevancia en detrimento del Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales y Nueva Fuerza Republicana (NFR) de Reyes-Villa, pusieron un claro límite a la política acuerdista. Un inesperado acuerdo entre Paz Zamora y Sánchez de Losada, permitió a este último alcanzar los votos en el Congreso para llegar la presidencia.

Un segundo aspecto imposible de soslayar es la política de erradicación de cultivos de coca. En este sentido, la caída en desgracia de Goni invita a una reflexión sobre la política de Estados Unidos respecto de Bolivia. Bolivia ha sido sin lugar a dudas el país más exitoso en materia de erradicación de hectáreas sembradas de coca, al punto de que a comienzos de 2000 había prácticamente reducido los cultivos de coca al mínimo necesario para abastecer al consumo que tradicionalmente se le da en su mercado doméstico. No obstante el éxito en la reducción del área sembrada de coca, el precio que se ha pagado es bastante alto. El creciente liderazgo de Evo Morales se halla directamente vinculado a la erradicación de hectáreas de coca.  Es evidente que las políticas de erradicación y promoción de cultivos alternativos son insuficientes.

Un tercer elemento a destacar es el rol que jugaron factores culturales en la gestación y desenlace de la crisis. Por un lado es útil recordar que Bolivia es un país con una elevada diversidad étnica con una elevada proporción de indígenas aymarás y quechuas, muchos de los cuales ni siquiera hablan español, y en el que el color de la piel determina la posición social de los individuos. No es casual pues que quienes lideraron la protesta hayan sido dos dirigentes de origen indígena. El detonante de las protestas, la salida del gas boliviano a través de Chile -país por el que Bolivia perdió su salida la mar- nos indica también el peso de los factores culturales.

¿Que perspectivas pueden avizorarse? El nuevo presidente Carlos Mesa logró una tregua provisoria tanto con Evo Morales como con Felipe Quispe. Convocó a un plebiscito para resolver la cuestión del gas, creó un ministerio de Asuntos Indígenas e incluyó en la agenda política la reforma constitucional. A la vez, quebrando la tradición inaugurada por el Acuerdo Patriótico en 1985, optó por nombrar un gabinete con figuras no partidarias. De momento cuenta con el respaldo de todo el espectro político e incluso goza de un elevado nivel de popularidad en la opinión pública. Su comportamiento durante la crisis, alejándose a tiempo de Sánchez de Losada, hizo posible que la misma tuviera una salida ordenada, y dentro del marco de la democracia. Más allá de la relativa tranquilidad que hoy se vive en Bolivia, lo cierto es que las cuestiones de fondo siguen estando pendientes, y que si Mesa desea completar el mandato de su antecesor, deberá sortear varios obstáculos que hoy se ciernen sobre la debilitada democracia boliviana.

Por un lado, un elemento que no ha sido demasiado considerado en los medios, es la fractura geográfica que se observa en Bolivia. Las protestas que sellaron la suerte de Sánchez de Losada se produjeron principalmente en la zona del altiplano, y su extensión hacia la próspera Santa Cruz de la Sierra amenazó con terminar en un enfrentamiento entre grupos de civiles dispuestos a impedir que los manifestantes entraran en la ciudad. A la vez hay que destacar el enojo de los tarijeños, principales beneficiarios de la exportación de gas: una inversión de US$ 6000 millones, más del 50% del PBI de Bolivia.

Otro elemento de incertidumbre gira en torno al futuro rol de los dos principales dirigentes opositores: Felipe Quispe y Evo Morales. En el caso del líder del Movimiento Indigenista Pachacutik, nos encontramos claramente ante un dirigente anti sistema, en tanto que el líder de los cocaleros y el MAS parecen más responder a lo que Linz ha llamado oposición semi-leal, es decir, dispuestos a participar según las reglas del juego, pero sin descartar la posibilidad de actuar en conjunción con actores anti sistema para alcanzar sus objetivos políticos. La lógica tregua no durará para siempre y por otro lado, es previsible que la presión de los Estados Unidos sobre Mesa para que reduzca el área sembrada de coca se reanude tarde o temprano, algo que lo enfrentará inevitablemente con Morales.
 
La gobernabilidad es también una incógnita. Como señalamos antes, durante 18 años la misma estuvo garantizada por la práctica acuerdista que, con sus virtudes y defectos, dio lugar a una extraña combinación de presidencialismo y parlamentarismo. El nombramiento de un gabinete apartidario es sin duda una bocanada de aire fresco en una clase política desprestigiada. Sin embargo, resta aun saber como hará Mesa para pasar leyes por el Congreso una vez que se termine la luna de miel que hoy disfruta. En síntesis, el saldo de la crisis es positivo en la medida que la solución se produjo dentro del marco de la democracia. Desde otro punto de vista, los problemas que dieron origen y que detonaron la crisis siguen vigentes y ello constituye una señal de alerta no sólo para Bolivia sino para toda la región.

Una nota adicional está dada por el impacto regional de lo ocurrido recientemente en Bolivia. Tanto Perú como Ecuador tienen un alto componente de población indígena. De hecho, los indígenas nucleados en la CONAIE jugaron un rol fundamental en la caída de Jamil Mahuad en enero de 2000 en Ecuador.  Ambos son países con presidentes débiles con bajos niveles de popularidad, partidos políticos débilmente institucionalizados, parlamentos con una elevada fragmentación política y amplios sectores de la población en la pobreza o la indigencia. En el caso de Perú también cabe agregar que se trata también de un país productor de coca. Todo esto da como resultado un panorama complejo y potencialmente explosivo en la región andina confirmando así que la falta de gobernabilidad, la debilidad de las instituciones, la pobreza y la exclusión constituyen hoy las principal amenazas que enfrentan las democracias sudamericanas.