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Observatorio de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos
 
Golpes desde el Estado
22 de diciembre de 2010
Hay una variante del tema autoritario clásico para lo cual existen ejemplos palpables entre nosotros. Son los “golpes” en cámara lenta donde desde el ejecutivo se empiezan a fagocitar y absorber a los demás poderes e instituciones democráticas, y a conculcar uno a uno los derechos de la ciudadanía.
Ivo Hernández
 

Mirando hacia atrás desde la perspectiva que nos proporciona este fin de año y de década, podemos decir que América Latina ha cambiado sustancialmente. La que fue región de dictaduras y Gobiernos de facto, así como reducto de movimientos “insurgentes” de izquierda, es hoy un lugar en donde se está dando una decidida transición de países que abandonan el remoquete de “tercermundistas”. El mapa del Tercer Mundo se está encogiendo, y algunos en la región son quienes trabajan por ello con denuedo. Tienen problemas, ¿quién lo duda?, pero los resultados relativos superan con creces cualquier comparación con el pasado.

Hay resultados mensurables en índices que no se manipulan fácilmente, pues obedecen a metodologías mundiales. Calidad de vida, acceso a sistemas de salud, educación, seguridad, se está experimentando cómo servir mejor a la ciudadanía desde las instituciones públicas, y el camino, salvo para Venezuela y Haití, únicos países que decrecerán económicamente, ha probado ser seguro incluso ante crisis financieras como la del 2008-2009.

Conceptos superados

Uno de los conceptos políticamente superados por la región son los “golpes de Estado”, así como las llamadas “revoluciones”, a pesar de algunos sainetes recientes para provecho de algún grupo político. Apegándonos al concepto, ningún militar contemporáneo en sus cabales está dispuesto a arrojarse a la aventura de intentar el poder por asalto sabiendo que contará, ipso facto, con el repudio activo del mundo entero. Además, apenas atente contra el Estado de derecho, comenzará la cuenta regresiva del reloj que medirá las horas para que esté ante la corte penal nacional o internacional.

En cuanto a “revoluciones”, visto el triste resultado de todas ellas, donde aparte de enormes fortunas para los “rebeldes” muy pocas mejoras sociales se han producido, se ha comprobado que el camino institucional democrático es el mejor para todos. Farsas revolucionarias vueltas monarquías hereditarias al estilo cubano, mueven a piedad y condolencias para con sus pueblos y no a imitación. Ambos temas están socialmente superados.

En cambio hay una variante del tema autoritario clásico para lo cual sí existen ejemplos palpables entre nosotros. Son los “golpes” en cámara lenta donde desde el ejecutivo se empiezan a fagocitar y absorber a los demás poderes e instituciones democráticas, y a conculcar uno a uno los derechos de la ciudadanía. Son movimientos pausados que suceden como la rotación de la tierra: constantes, aunque no nos demos cuenta. Esos no son ya “golpes de Estado” tradicionales, sino “golpes desde el Estado”. Quienes los ejecutan están dentro del sistema y no se arriesgan en una movida bélica o de insurrección. En cambio, van usando los beneficios y libertades del sistema democrático para aprovecharlo y arruinarlo, dejando al Estado de derecho como un cascarón vacío e inoperante.

Parálisis estatal. Las últimas cartas y pronunciamientos democráticos que los mandatarios de la región han producido, desde Lima a la reciente de Mar del Plata, no aluden ni dan cuenta de este proceso que visiblemente se está dando en Venezuela, Bolivia y Nicaragua. El proceso de desmembramiento y parálisis institucional del Estado, urdido desde el ejecutivo, actúa como un programa de computación que se aplica de acuerdo con las características del sustrato existente en cada país.

El gran perdedor es siempre la ciudadanía, pues grupúsculos con ambiciones iguales a las de antes, pero con otros métodos, han aprendido a solaparse con los derechos de la democracia para destruirla. Todo hasta apropiarse del poder. El fin último es el mismo: pasar la sociedad a saco, enriquecerse y perpetuarse en el mando. Esas cartas democráticas, especie de garantías de los Gobiernos para protegerse entre ellos, no deben olvidar cuál es el cometido de la política moderna: empoderar al ciudadano y sus derechos. Lo demás es resucitar al viejo caudillo del pasado.