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Presentación del Señor Embajador de Nueva Zelandia, S.E. D. Darryl John Dunn
25 de marzo de 2010

Foro Latinoamericano Montevideo, CADAL: "Uruguay 2010-2015: La Carrera hacia el Desarrollo"
Montevideo, 25 de marzo de 2010

Estimado Señor Gabriel Salvia, Presidente del Centro para la Apertura y el Desarrollo de America Latina (CADAL); señores directores y miembros de los consejos consultivo y académico de CADAL; distinguidos invitados

Es un verdadero placer para mí tener la oportunidad de presentarme ante en este distinguido foro, para hablar sobre un tema que está siempre en mi corazón, es decir mi lejana tierra, Nueva Zelandia.  Agradezco mucho a CADAL por haberme ofrecido esta ocasión tan prestigiosa.

El informe publicado por CADAL, así como este foro, trata de tres temas de  primordial importancia en el mundo actual: democracia, mercado y transparencia.  Se relacionan con un fenómeno que muchos buscan, ya sean gobiernos o ciudadanos: países prósperos, en constante progreso  y bien gobernados, donde reinan la ley, la seguridad y la certidumbre política, que responden a las aspiraciones - tanto del individuo como de la sociedad- de los dos socios más interesados: la comunidad política y la comunidad civil.

Me alegra que Nueva Zelandia haya sido elegida por CADAL como un modelo en el que estos tres temas se reflejan de la manera más positiva actualmente. Los resultados, lo sé, cambian un poco cada año, pero normalmente Nueva Zelandia se encuentra entre los primeros países seleccionados por los tres estudios a los que hace referencia el informe de CADAL. 

No voy a comentar más los resultados ni el informe de CADAL.  Lo que voy a hacer es ofrecer algunas observaciones sobre la realidad neocelandesa desde una perspectiva muy importante que no se refleja mucho en este ejercicio - y no es una queja - me refiero a la historia. Voy a hablar sobre dos temas principales: tradición, y necesidad.

Nueva Zelandia incorpora dos tradiciones históricas y culturales muy distintas: la tradición británica y la tradición maorí. Los maoríes son los descendientes de los habitantes polinesios originales de Nueva Zelandia.  Si bien ambas tradiciones conservan una identidad fuerte en la sociedad actual, se han influenciado mutuamente para formar una identidad neocelandesa distinta, diferente de la de Gran Bretaña y de todos los otros países de tradición británica.

Sin embargo, la tradición británica es la que más determinó las instituciones de Nueva Zelandia.  Es una tradición que vio mucho desarrollo durante el siglo XVIII - el siglo de las luces - y a principios del siglo XIX, en el sentido de gobierno representativo, respeto de los derechos humanos, y una vocación de dejar atrás las cortinas de ignorancia y superstición para aplicar métodos de investigación lógicos y científicos.  Estos métodos se aplicaron además a los avances logrados en la cartografía y la industrialización.  Nueva Zelandia se benefició con todos estos avances.  Después de su tercer descubrimiento por el navegador inglés James Cook en 1769, Nueva Zelandia fue establecida como colonia británica por medio de un acuerdo concluido entre el Reino Británico y las tribus maoríes en 1840.  Los británicos tenían el objetivo de establecer una colonia modelo en Nueva Zelandia, según los principios más avanzados de la época.  El acuerdo, si bien reconoció la soberanía británica sobre las islas de Nueva Zelandia y preparó la huella para los inmigrantes que no tardaron en llegar, confirmó también los derechos de los maoríes, incluyendo sus propiedades es decir sus tierras, sus selvas y el producto de su pesca.  Los británicos previeron una inmigración organizada y respetuosa de la población autóctona.

Como lo saben ya ustedes, sin duda, no pasó así.  Hubo malentendidos de los dos lados, especialmente sobre la posesión de tierras y se desataron guerras.  Los colonos confiscaron muchas de las tierras de los maoríes, que quedaron despojados de sus bienes y marginados. Hubo mucha injusticia.

Sin embargo, Nueva Zelandia continuó con las tradiciones británicas, desarrollándolas de acuerdo con el rumbo que ya habían seguido, para lograr un mayor reconocimiento y respeto de los derechos humanos y más autonomía y responsabilidad gubernamental.  Este desarrollo fue alentado y apoyado por las autoridades británicas, que ya hacía mucho tiempo habían aceptado la lección de la revolución estadounidense.  En 1867 todos los varones maoríes de edad adulta obtuvieron el derecho de voto.  En 1893, las mujeres obtuvieron el derecho de voto en Nueva Zelandia a nivel nacional. Nueva Zelandia fue el primer país del mundo a dar tan importantes pasos.  En la década del 30, Nueva Zelandia fundó el sistema de protección social más completo del mundo.  Finalmente - y hago aquí un breve resumen- en los años 70, Nueva Zelandia empezó un programa de corrección de las injusticias históricas infringidas al pueblo maorí, programa que sigue en vigencia hasta el día de hoy.

No voy a comentar las conclusiones de tal análisis en este momento, sino que voy a pasar al otro tema de mi charla, que es la necesidad.

En el siglo XIX, Nueva Zelandia estaba -y lo sigue estando desde muchas perspectivas- en el fin del mundo. Su vecino más cercano es Australia, a 2000 kilómetros de distancia.  Los primeros navegantes maoríes ya habían navegado en forma sobrehumana en canoas modestas para llegar a destino.  El aislamiento fortaleció también entre los colonos la fuerza mental y la disciplina que necesitaban para sobrevivir. Estando lejos de todo, el comercio exterior fue primordial  y Nueva Zelandia, país agropecuario ideal (aún a pesar de tantos bosques), tuvo que organizar los primeros envíos de carne refrigerada, en 1882. Este es un ejemplo evidente de la iniciativa y el espíritu emprendedor de sus habitantes.  Por no contar con propietarios de capitales importantes, el gobierno tomó prestadas las sumas necesarias en los mercados ingleses de financiamiento y se convirtió en el dador de crédito y el inversor más importante en el desarrollo y la construcción nacional.

Acabo de presentar  los tres rasgos principales del acuerdo cívico económico neocelandés de los cien años 1880 - 1980: un sector privado totalmente dominado por las industrias agropecuarias, un desarrollo nacional y abastecimiento de servicios casi completamente en manos del gobierno, con una dependencia en el comercio exterior, especialmente con Gran Bretaña, para importar todo lo necesario para este desarrollo.   Esta división simple y sencilla del trabajo duró hasta los años 80 y fue más que adecuada a las exigencias del país, pues Nueva Zelandia alcanzó el primer lugar en el producto bruto interno por habitante por un tiempo en los años 60.

Pero todo cambió a mediados de los 70, cuando Gran Bretaña entró en el Mercado Común Europeo. De repente, Nueva Zelandia se percató de que su principal mercado se encontraba amenazado por las restricciones europeas y se vio obligada de buscar otros mercados, y a diversificar sus  exportaciones.  Era un trabajo muy complicado y difícil, en el que el país fortaleció mucho su representación diplomática y comercial.  Igualmente, descubrió que sus productos,  generalmente no refinados, no gustaban a todos y que los mercados para estos productos estaban expuestos a gran cambios coyunturales.  Trató de proteger a sus principales industrias  con subsidios, pero rápidamente se dio cuenta que esta política no era sostenible. Encontró muchas dificultades en responder rápido a la demanda del mercado.

De esta percepción nació un cambio radical en la alianza nacional neocelandesa. La antigua división de tareas era demasiado rígida y monolítica para responder  a los cambios cada vez  más importantes y rápidos en el comercio internacional, expuesto al fenómeno de la globalización.  Nueva Zelandia necesitó un cambio radical en su equilibrio interno, para estimular la iniciativa y los emprendimientos, permitir más diversificación y agilidad en sus relaciones comerciales exteriores,  y obligar a los productores a escuchar y reaccionar a las señales provenientes directamente de estos mercados.  Esto es lo que llevó a la reforma fundamental de las instituciones gubernamentales neocelandesas, pero se sintió además en casi todos los sectores importantes del país, incluso en el parlamento y en la formación del poder ejecutivo, en la estructura jurídica del comercio interior y exterior, en el mercado laboral, en el sistema de impuestos, en la educación y la salud, y en todas reformas que se realizaron durante las dos décadas pasadas.

¿Qué conclusiones se pueden sacar de este análisis?

Nueva Zelandia nació como país nuevo sobre la base de principios de gobernabilidad ya desarrollados. Aun cuando no respetó adecuadamente estos principios, por ejemplo en su trato hacia el pueblo maorí, mantuvo el rumbo y logró importantes progresos. Con el respeto de los derechos humanos y de la libre elección de representantes políticos, sus tradiciones enseñan a los neocelandeses la importancia de valores como la autonomía y la independencia, la resistencia y la disciplina, el amor al trabajo y al espíritu emprendedor,  el servicio público, la familia y la comunidad.   Hay una expresión consagrada en Nueva Zelandia: Everyone deserves a fair go, que quiere decir que todos merecen la oportunidad para mejorar sus circunstancias por sus propios esfuerzos, y que todos merecen el apoyo y comprensión de los demás cuando la fortuna los abandona.  Sin embargo, Nueva Zelandia es un país radical, en el sentido que una vez reconocida la necesidad de realizar un cambio importante, aunque fuera revolucionario, lo encaró y lo llevó adelante de manera sustantiva (lo que no quiere decir que el cambio siempre sea exitoso).  Lo que facilita el cambio radical en Nueva Zelandia es su estado de país pequeño (4 millones de habitantes) que favorece la agilidad y también la responsabilidad directa del gobierno elegido.  Esta misma responsabilidad, con un sistema jurídico que se aplica estrictamente a todos por igual, son los componentes más importantes de la transparencia que rige en Nueva Zelandia.

¿Cómo relacionar estos temas con el futuro de Uruguay? 

Hablo con toda la modestia que impone una experiencia muy limitada de Uruguay y de su historia. En mi opinión humilde, la situación que enfrenta Uruguay es, desde algunas perspectivas, distinta  de la de Nueva Zelandia en los 70.  Nueva Zelandia debía cambiar porque no tenía otra alternativa. De no hacerlo, perdería logros de una importancia primordial para su sociedad. Necesitaba sostener un nivel de ingresos que le permitiera mantener gastos esenciales en la educación, la protección de la salud, la jubilación, la seguridad y en otros sectores que sostienen el bienestar de la nación. 
Con sus tradiciones de respeto de los derechos humanos y de cambio revolucionario, tenía herramientas muy importantes para seguir una política de cambios rápidos y radicales sin perder la confianza de sus habitantes. La gente a veces se quejaba y criticaba las medidas, pero nunca vimos durante toda la época de la reforma en Nueva Zelandia la intensidad de reacción popular que en otros países puede derrocar gobiernos.

Uruguay tiene una historia reciente mucho más complicada que la de Nueva Zelandia. La violencia cívica de los años 70, seguida por la represión militar, fue un período muy negativo para el país en el que las fuerzas revolucionarias y reformistas entraron en conflicto con las fuerzas conservadoras con una violencia que perturbó fundamentalmente la confianza de la ciudadanía en la vida política del Estado.        
Se ha necesitado el paso de muchos años, y la demostración de la posibilidad de una alternancia pacífica, para llegar a una situación en la que un gobierno de izquierda  puede pensar en hacer cambios importantes en las instituciones que sostienen al Estado.

Además, Uruguay no enfrenta una situación en el ámbito internacional parecida a la de Nueva Zelandia en los años 70. Uruguay es miembro del MERCOSUR, es decir tiene acceso privilegiado a mercados importantes, y ha sobrevivido la última crisis financiera global bastante bien.
Lo que enfrenta Uruguay hoy no es la pérdida del nivel de vida y, con él, los logros de una sociedad que se valoriza, sino la pesadilla de dejar pasar -por no saber asirla- la oportunidad de crear la sociedad a la que todos aspiran por medio de un aumento significativo en los ingresos nacionales. 
Uruguay, como Nueva Zelandia, se ubica en la cadena de países que tienen la riqueza natural para producir los alimentos de alta calidad que el mundo va a apreciar más y más en el futuro.  La población mundial y, con ella, la demanda por alimentos, va a crecer un 50 por ciento en las décadas próximas. Los mercados van a poner premios siempre más grandes sobre los productos alimentarios que consideren naturales, sanos, de calidad alta y consistente. Los que sepan responder mejor a la demanda del mercado internacional, aquellos que sean más ágiles y inteligentes en el desarrollo y la aplicación de tecnología, serán los que más van sacar provecho de la situación global. 
Salvo en el tema del cambio climático, que es un peligro para todos y que necesita cambios tecnológicos y de comportamiento importantes,  no es una amenaza mortal la que enfrenta Uruguay en nuestros días: es, al contrario, una oportunidad histórica.        

Muchos proponen Nueva Zelandia como modelo para imitar, pero lo que ofrece Nueva Zelandia a la comunidad internacional no es un modelo, sino una experiencia humana, de la que se pueden sacar ideas inspiradoras, pero no se trata de aplicar un régimen o doctrina estricta. Nueva Zelandia se inspiró a su vez de las ideas y experiencias de los demás, que sirvieron para informar tradiciones y culturas que ya brindaron lo esencial.

La realidad neocelandesa está reflejada en la realidad de todos los pueblos del mundo. Esta verdad, los maoríes la describen así:

Ehara i te mea
No inaine te aroha
No nga tupuna
Tuku iho tuku iho

La civilización y la humanidad no son descubrimientos nuestros
Nos vienen de nuestros abuelos y antepasados
Que nos las han dejado como herencia

Muchas gracias.