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Promoción de la Apertura Política en Cuba

30 de septiembre de 2017

Cuba: ¿ideologías o lealtades políticas?

Lo que realmente le preocupa al gobierno cubano es la lealtad política de los allegados, el silenciamiento de todo espíritu crítico y el alineamiento sin discusión con un régimen político autoritario, monista y represivo que parece ser la principal garantía para una restauración sin contratiempos del capitalismo y de su propia metamorfosis burguesa.
Por Haroldo Dilla Alfonso
@haroldodilla
Cuba: ¿ideologías o lealtades políticas?

Desde los 90s la política en Cuba ha experimentado un proceso de diversificación ideológica y de surgimiento de diversos campos políticos [1]. Ello es resultado de la erosión del modelo postrevolucionario totalitario, la aparición de nuevos mecanismos de asignación de recursos y de producción cultural y una mayor difusión informativa autónoma. E implica un cambio sustancial en el propio discurso político que hasta entonces dividía a la política en dos bandos irreconciliables: por un lado los patriotas revolucionarios y virtuosos, y por otro los apátridas contrarrevolucionarios y viciosos, cuyos destinos eran la cárcel o el exilio.  Ahora no queda más remedio a la élite política y sus funcionarios letrados que pululan en la domesticada blogosfera local, que reconocer que existen diferentes posicionamientos. Y que, por muy fuertes que sean las tentaciones al exterminio de esos “otros”, hay que lidiar con ellos, al menos en el plazo mediano.

Valga anotar, sin embargo, que los campos políticos que aquí describo están atenidos a una condición transversal: el giro binario lealtad/deslealtad política respecto al sistema. Es la condición que, en un sistema como el cubano, domina toda configuración política. En cada uno de estos campos hay actores izquierdistas y derechistas; nacionalistas, anexionistas y cosmopolitas; autoritarios y demócratas, entre otros muchos posicionamientos. Pero estas categorías, vitales para el debate público y el futuro de la sociedad, quedan subsumidas en -y desnaturalizadas por- el mezquino uso de las lealtades políticas al régimen. 

Oficialistas, opositores y críticos consentidos.  En aras de la brevedad que impone el espacio, diría que se configuran tres campos, a su vez, heterogéneos y difusos, como regularmente corresponde a la política en estos sistemas que transitan del totalitarismo al autoritarismo.

El primer campo corresponde propiamente al oficialismo, es decir aquellos actores e instituciones que abogan por la reproducción esencial del sistema y proclaman la legitimidad del orden establecido. Pero más allá de esta caracterización compartida, es presumible que aquí se esconde una diversidad solapada por la exigencia de monolitismo que el sistema político exige.  Pero no olvidemos que el régimen político actual es resultado de un pacto intraélite concertado en 2009 entre los militares promercado y los burócratas rentistas del Partido Comunista. Ambas fracciones elitistas concuerdan en reducir los cambios a lo imprescindible para garantizar la reproducción del sistema y su propia conversión en burguesía en el marco del tibio programa de apertura económica patrocinado por Raúl Castro. Pero más allá de las coincidencias estratégicas existen numerosas desavenencias tácticas acerca de cuan amplia deben ser las aperturas imprescindibles, lo que se refleja en los continuos zigzagueos de las políticas en curso. Es presumible que esta diversidad solapada tendrá nuevas oportunidades de despliegue en la medida en que la vieja guardia castrista continúe su repliegue funcional y biológico.

El segundo campo se compone de todos aquellos grupos que proponen un cambio sistémico y abogan por el relevo de la actual élite política. Se trata de la oposición, en la que podemos encontrar posicionamientos ideológicos que van desde la izquierda democrática hasta la derecha más agresiva. Un rasgo común de la oposición es su incapacidad para captar apoyos explícitos en la sociedad cubana, sea debido a la represión que le impide un acceso público sostenido, o por causas de sus limitaciones discursivas. Aunque existen numerosos grupos de esta naturaleza, hay dos agrupamientos organizativos: el Movimiento de la Unidad Democrática (MUAD), más moderado; y el Foro por los Derechos y Libertades, más radical. Fuera de ellos hay organizaciones y grupos de relativa presencia como son, entre otros, la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU) y el periódico digital 14 y medio.

En tercer lugar nos encontramos con un sector reformista que explicita críticas al funcionamiento político, aboga por cambios de diferentes cuantías, pero limita su accionar al ámbito intelectual, no cuestiona la legitimidad del orden establecido, se distancia agresivamente de la oposición y, finalmente, trata siempre de encontrar espacios para mostrar su coincidencia con el oficialismo, particularmente en su repudio a la oposición y a la injerencia norteamericana. Este ha sido el caso de la iglesia católica, que -con su incombustible pasión por las oportunidades epocales- acompañó al estado en la solución de coyunturas particularmente escabrosas y hasta 2014 apadrinó un espacio crítico denominado Espacio Laical. Su organización paradigmática actual es la plataforma llamada Cuba Posible.

En una sociedad como la cubana -signada por las peores morbosidades de una crisis orgánica- estos campos políticos tienden a manifestarse de manera errática sin capacidades para articular discursos estructurantes de esa propia realidad. Y es así porque cada uno de estos espacios se abre paso en medio de un sistema autoritario, verticalista e intolerante que impide el despliegue de las opciones ideológicas a partir de un debate público plural. Ello les impide madurar como interpelaciones ideológicas —acerca de lo existente, lo bueno y lo posible— que informen a la sociedad cubana y le permitan escoger democráticamente las pautas para su futuro. Y, en cambio, sostienen discursos más dirigidos a sus apoyos externos que a los variados sujetos de la sociedad insular. Las ideologías no se distinguen por la sistematicidad del acumulado de sus ideas —de eso trata la doctrina— sino por su capacidad de interpelar a la sociedad y de conformar subjetividades. Si esta última capacidad no existe, las ideologías permanecen larvadas y sujetas a evoluciones narcisistas y morbosas. Este es un rasgo distintivo de la política cubana contemporánea que se refleja nítidamente en el último performance del oficialismo: los ataques a lo que llaman un centro político.

Torpedeando al centro. La manera como el sistema maneja esta diversidad difiere en métodos y ejecutores. La cuestión es relativamente sencilla cuando se trata con los dos extremos del arcoíris: oficialistas y opositores. A los funcionarios locuaces y ansiosos por avanzar más rápido en cualquier dirección deseada, se les recuerda que el sistema funciona -dice un slogan oficial: sin prisas, pero sin pausas- y que cualquier desavenencia crucial puede conducir al extrañamiento, la pérdida de privilegios y eventualmente la estigmatización. A los opositores, se les indica claramente que más allá de la acción meramente privada hay una barrera que protege la calle con policías y bandas de gamberros políticos gubernamentales. 

Más complicado es tratar con los sectores reformistas, más aún cuando tenemos en cuenta que entre ellos figuran intelectuales y activistas reconocidos en ámbitos diversos, y cuyas represiones tienen un costo superior al hostigamiento de opositores o defenestraciones de funcionarios. Y, por sus enclaustramientos y posiciones oportunistas, resultan más convenientes como esa suerte de “florero en la ventana” que indica que todo marcha bien en los nidos de espías. Si somos justos, hay que reconocer que Cuba Posible hace todo lo posible por marcar tanto las diferencias con la oposición como sus similitudes con el gobierno cubano. En cualquier otro sistema, un estado estaría feliz con los reformistas de esta naturaleza. Entre ellos hay intelectuales de calibre a los que vale la pena escuchar y que quieren ser oídos. No aspiran a un cambio político radical, sino solo a su aggiornamento. No gritan, sino susurran. Asumirlos y abrirles un espacio de comunicación sería una ventaja desde muchos puntos de vista, incluyendo un toque de estética política que el sistema requiere. Pero el sistema tiene tanto horror a la crítica como desprecio por sus intelectuales.

Aún cuando a ello se han referido altos funcionarios, por ejemplo, el caso del vicepresidente Díaz Canel en un video, los ejecutores de la ofensiva han sido personas que han transitado desde condiciones de apparátchiks poco exitosos a funcionarios letrados que despliegan sus vocaciones de escribas en el espacio bloguero. En conjunto han confeccionado un cyber-folleto denominado “Centrismo en Cuba: otra vuelta de tuerca hacia el capitalismo”, y han colocado la discusión sobre premisas falsas. La primera de estas premisas es la identificación de Cuba Posible y otros actores reformistas consentidos como “centristas”, cuando en realidad se trata de posiciones político-ideológicas muy diversas que van desde el catolicismo conservador (tan conservador como puede serlo en Cuba postrevolucionaria) hasta el comunismo libertario. La segunda, es la remisión del tema al diferendo con Estados Unidos, presentando al supuesto centro como una maniobra del “obamismo” para subvertir lo que llaman revolución cubana. Permítanme citar un párrafo de la página oficialista ECURED, un engendro con aspiraciones alternativas a Wikipedia, donde se define al centrismo en Cuba como una auténtica “contrarrevolución”:

“…organizada con recursos materiales y humanos, (que) tiene fortalezas, dinámicas fluidas y funcionamiento articulado, así como amplias conexiones diplomáticas. Sus integrantes se repiten y retratan entre los invitados de importantes visitantes a Cuba siempre provenientes de países aliados a Estados Unidos o el mismo Washington. Se diferencia de la contrarrevolución tradicional, porque según la política obamista necesita que sus empleados interactúen con la institucionalidad revolucionaria, sus medios de comunicación y sistemas académicos. Para eso se declaran 'de izquierda' y nacionalistas, pero siempre apartados y en contra del Estado Cubano, el Partido Comunista y su tradición antiimperialista”

No es así en ningún sentido. Como tampoco lo es que el gobierno cubano tenga particulares aprensiones para tratar con otras tendencias ideológicas. Nunca la filiación ideológica le ha preocupado gran cosa. Por eso, por ejemplo, Fidel Castro pactó con la dictadura militar argentina, uno de los regímenes despóticos derechistas más bárbaros de la historia continental, saturó de órdenes distinguidas a un asesino como Alberto Fujimori, y en los 90s, al mismo tiempo que cerraba el paso a organizaciones de la izquierda democrática, andaba de plácemes con fundaciones derechistas que ostentaban récords lamentables en sus relaciones con las dictaduras cono/sureñas.

Lo que realmente le preocupa al gobierno cubano es la lealtad política de los allegados, el silenciamiento de todo espíritu crítico y el alineamiento sin discusión con un régimen político autoritario, monista y represivo que parece ser la principal garantía para una restauración sin contratiempos del capitalismo y de su propia metamorfosis burguesa. Ojalá sus afanes represivos no lo lleven a silenciar estos espacios de pensamiento independiente, como hizo en los 90s con instituciones intelectuales y de activismo social que parecían anunciar un futuro mejor para la sociedad cubana. Una represión que lastró el pensamiento social por más de una década. Su repetición sería aún más grave en estos tiempos en que, recordando una frase de Gramsci, pisamos un “terreno en que se verifican los fenómenos morbosos más diversos”.



[1] Entiendo por campos políticos entramados de relaciones distintivas que conjugan intereses, prácticas sociales y textos discursivos, desde donde se modelan propuestas ideológicas con aspiraciones de interpelación social. Esto último pueden hacerlo desde posicionamientos inclusivos/identitarios (étnicos, de género, comunitarios) o con pretensiones sistémicas.