Derechos Humanos y
Solidaridad Democrática Internacional

Artículos

Monitoreo de la gobernabilidad democrática

16 de junio de 2020

¿Hacia una democracia desfigurada?

(Clarín) El debate ciudadano no se orientará a la construcción de consensos racionales mediados por argumentos y razones; en cambio, quedará preso de una guerra de trincheras ideológica que nos obligará a re-discutir la prioridad de los derechos, la división de poderes y el control total del Estado sobre la economía.
Por Julio Montero
¿Hacia una democracia desfigurada?

(Clarín) La pandemia Covid augura cambios profundos en la vida cotidiana. Ya sabemos que por mucho tiempo no volveremos a viajar ni veremos a los amigos con la misma frecuencia. También es probable que el tele-trabajo, las reuniones por zoom y las clases virtuales desplacen a modalidades de socialización previas bastante más humanas —sin mencionar la recomendación de que exploremos masivamente “nuevas formas de intimidad”. Más controvertido es el asunto de si el Covid alentará transformaciones permanentes en el plano de la política.

La tesis que varios enuncian es que el Covid revertirá el proceso de globalización iniciado en la década del 90. Como en su momento explicó Francis Fukuyama, la implosión de los socialismos reales instaló la certeza de que las democracias de mercado eran el modelo de organización social más adecuado para alcanzar el desarrollo en libertad. La opción alternativa de un Estado totalizador que convierte a los individuos en instrumentos de una causa supuestamente superior, culminó en un aberrante fracaso económico, social y cultural, cuando no en centros de exterminio y fosas comunes cavadas en nombre de la nación, el pueblo o la clase trabajadora.

El campo de las predicciones es obviamente incierto. Las recesión económica, el desempleo y la caída pronunciada del ingreso suelen ser la antesala de profundas crisis de legitimidad. También hay que apuntar que la erosión de las clases medias podría socavar significativamente las bases sociales de la democracia. Al menos desde Rousseau sabemos que la independencia económica es una pre-condición del espíritu crítico y la cuarentena está volviendo a muchas personas completamente dependientes del Estado. Aun así, es probable que las democracias consolidadas atraviesen el proceso sin grandes sobresaltos: ya hicieron sus experimentos redentorios y aprendieron de sus errores.

El escenario podría ser distinto en países con una cultura pública colonizada por el populismo. Seguramente, los movimientos rupturistas aprovecharán la ocasión para impulsar una agenda “utópica”. Así sucedió cuando la crisis de Wall Street sacudió los cimientos del orden liberal surgido de la Ilustración. A pesar de sus profundas diferencias, el fascismo y el comunismo condenaban por igual el efecto “atomizador” de las libertades y el mercantilismo apátrida del mercado. No deja de sorprender el empobrecimiento de la imaginación política: las únicas utopias que somos capaces de soñar son retrópicas; meras regurgitaciones de un pasado ominoso que habíamos dejado atrás con terribles costos humanos. 

En la medida en que el nuevo relato utopista adquiera protagonismo, nos desplazaremos hacia el escenario que la prestigiosa politóloga Nadia Urbinati denomina “democracia desfigurada”. No necesariamente porque el modelo neo-colectivista vaya a imponerse, sino por las profundas distorsiones que generará en la esfera pública. El debate ciudadano no se orientará a la construcción de consensos racionales mediados por argumentos y razones; en cambio, quedará preso de una guerra de trincheras ideológica que nos obligará a re-discutir la prioridad de los derechos, la división de poderes y el control total del Estado sobre la economía. La calidad de una democracia no se mide solo por la fortaleza de sus instituciones, sino también por los asuntos que ya no forman parte de la agenda.