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Defensa de la Libertad de Expresión Artística

5 de junio de 2020

Amenazas a la libertad de expresión artística

(Clarín) En el reporte anual presentado el 15 de abril 2020, Freemuse señala un continuo deterioro de la libertad de expresión en general y la artística en particular que se traduce en 711 ataques en 93 países: el arte sigue siendo una práctica riesgosa que puede resultar en hostigamiento, censura, cárcel e inclusive muerte. El monitoreo se realiza a partir de la compilación y análisis de datos estadísticos, como de entrevistas en profundidad con artistas en todo el mundo. El análisis comparado permite señalar tendencias globales y marcar los ámbitos de injerencia necesarios para defender la libertad de expresión artística.
Por Cecilia Noce
Fuente Monumental Las Nereidas - Lola Mora

(Clarín) Freemuse es una Organización No Gubernamental europea con sede en Copenhague que releva y monitorea la libertad de expresión artística en el mundo. Su trabajo parte de la convicción de que los ataques al arte derivan del deseo de silenciar voces y valores alternativos a aquellos imperantes. Es posible, por lo tanto, pensar que la libertad de la que gozan artistas y pensadores es un buen termómetro de la calidad democrática de nuestras sociedades.

En el reporte anual presentado el 15 de abril 2020, Freemuse señala un continuo deterioro de la libertad de expresión en general y la artística en particular que se traduce en 711 ataques en 93 países: el arte sigue siendo una práctica riesgosa que puede resultar en hostigamiento, censura, cárcel e inclusive muerte. El monitoreo se realiza a partir de la compilación y análisis de datos estadísticos, como de entrevistas en profundidad con artistas en todo el mundo.  El análisis comparado permite señalar tendencias globales y marcar los ámbitos de injerencia necesarios para defender la libertad de expresión artística.

Entre las tendencias registradas, una de las más marcadas es el avance de  un discurso con tintes populistas que usufructúa sentimientos nacionalistas a expensas de la diversidad cultural, la tolerancia religiosa, la pluralidad política, en definitiva, de la sociedad civil. En países como Hungría, Turquía, China, Rusia, para nombrar algunos, se han aprobado corpus legislativos cuyo objetivo es atacar los centros de pensamiento crítico y las narrativas alternativas para imponer un discurso oficial y monolítico. La figura más utilizada para justificar este avance ha sido la lucha antiterrorista y la seguridad del Estado. Las leyes que definen de forma vaga estos conceptos permiten su uso arbitrario y discrecional y han sido utilizados contra músicos, actores poetas, dibujantes.

Una segunda tendencia ha sido la institucionalización de los discursos basados en religiones entendidas como parte del Estado. A las teocracias ya existentes, se suman países con tradición democrática en las que iglesias de diferentes credos pretenden ocupar un rol de guardián de la moralidad pública. En Brasil, referentes de la iglesia evangelista lo hacen desde  lugares en el gabinete nacional. En India, el hinduismo de la mano del líder Mahindra Modi avanza lentamente contra la tradición secular del país. La institucionalización de normas y creencias religiosas de un grupo se traduce en recortes de financiamiento, censura y alimenta un contexto de autocensura. Para los artistas que viven  en estos países es simplemente más seguro abstenerse de pensar, representar ciertos contenidos y trabajar con algunos materiales.

Un tema especialmente sensible en este marco es la identidad sexual que, sea  hetero-normativa o no, se convierte en un tema tabú allí donde una moral religiosa se impone desde la ley. Un grupo especialmente vulnerable es la comunidad LGTBI cuyos contenidos han sido atacados, inclusive en los países en que la homosexualidad no es ilegal. De hecho, se registraron ataques en países tan dispares como Estados Unidos, Reino Unido, Indonesia, Suecia, Egipto, entre otros.

Históricamente el arte ha sido reprimido desde el Estado y los centros de poder debido a la capacidad de discutir las normas sociales que conducen nuestras vidas y de incomodar las estructuras de poder. Una característica intrínseca de esa capacidad es la de imaginar otros mundos posibles, diferentes a los que vivimos cada día. Sin embargo, los desafíos actuales necesitan de una cuota de imaginación, creatividad y narrativas alternativas para pensar nuestro presente y nuestro futuro. Atacar la libertad de expresión artística no atenta solo contra los artistas; implica, sobre todo, empobrecer las sociedades en las que vivimos.

Cecilia Noce es consejera académica del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL).