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Promoción de la Apertura Política en Cuba

31 de diciembre de 2016

Un «Judas» para recordar con agrado

Su actitud respecto a la dictadura cubana engrosa la exigua lista de presidentes latinoamericanos que le han plantado cara al despotismo insular. En estos tiempos de discursos ambiguos, dolorosos abandonos y apoyos cada vez menos expresivos, el ejemplo del ex presidente uruguayo Jorge Batlle brilla como un relámpago.
Por Jorge Olivera Castillo
@jorolicas
Jorge Batlle

La muerte del ex presidente uruguayo, Jorge Batlle, trae al recuerdo su adhesión incondicional a la defensa de los derechos humanos. Lo hizo desde que asumió la presidencia, en el año 2000, después de varios intentos fallidos.

Fidel Castro no tuvo reparos en otorgarle las peores calificaciones debido a las críticas que formulaba en torno a las políticas represivas que aún se mantienen vigentes dentro de la Isla.

El dictador cubano lo llamó “trasnochado y abyecto Judas” porque Uruguay había presentado en la entonces Comisión de Derechos Humanos de la ONU, la resolución que llamaba la atención sobre la falta de libertades en Cuba y que resultó aprobada.

La confrontación derivó en la ruptura de las relaciones diplomáticas entre ambos países y se recuerda como un gesto de valentía y compromiso de Batlle en la salvaguarda de valores universales.

El peso de los años, cumpliría 89 justo un día después del deceso, terminó imponiéndose en la vida de un hombre que deja una huella no solo en la política de su país, como baluarte del partido Colorado y una larga trayectoria parlamentaria, sino también en las filas del periodismo, actividad que desarrolló con pasión y profesionalidad.

Las notas necrológicas subrayan que más allá de los achaques de la vejez, Batlle estaba lúcido y opuesto a una completa jubilación, pues la caída que aceleró su muerte tuvo lugar durante un acto político en el interior del Uruguay.

Su actitud respecto a la dictadura cubana engrosa la exigua lista de presidentes latinoamericanos que le han plantado cara al despotismo insular, representado por un pequeño grupo de militares que hacen lo que les venga en ganas sin rendirle cuentas a nadie.

En estos tiempos de discursos ambiguos, dolorosos abandonos y apoyos cada vez menos expresivos, el ejemplo del ex presidente Batlle brilla como un relámpago.

Los gobiernos de la América hispano-hablante no han sido generosos en cuanto a solidaridad se refiere. El silencio y los disimulos ante la reiteración de las arbitrariedades contra los protagonistas de acciones a favor de una transición pacífica a la democracia en Cuba define un modelo de comportamiento, con contadas excepciones.

Las transacciones solapadas o abiertas con los mandamases criollos es parte de ese relativismo que se legitima en los entretelones de la geopolítica.

Poco importa quien resulte ganador en las lidias presidenciales, la izquierda y la derecha ven el panorama cubano como un asunto menor.

El rampante olvido y el pacto con los verdugos del pueblo cubano son las alternativas a barajarse sin ningún tipo de escrúpulos.

La desaparición física de quien fue el primer presidente de Uruguay en el siglo XXI, aparte de la lógica sorpresa, me remite al día en que comentó en Montevideo uno de mis libros, “Antes que amanezca y otros relatos”, publicado con el patrocinio de varias organizaciones no gubernamentales del continente, encabezadas por el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL). Su intervención se daba en el marco del Día Mundial de la Libertad de Expresión.

Allí, como era su costumbre, desplegó sus razones para proseguir al lado de los cubanos que pugnan por la construcción de un modelo donde se pueda conjugar el desarrollo económico, el pluripartidismo y la práctica incondicional de las libertades fundamentales.

Es por eso que Batlle merece ser recordado. Él rompió el molde de la connivencia con un gobierno que lleva 58 años empobreciendo al país, material y espiritualmente. Su negación a sumarse al coro de aduladores y traficantes de intereses espurios, lo salva del anonimato y del olvido.

Obviamente no fue un Judas. Murió íntegro y en paz, sin remordimientos ni máscaras.

Era un anticastrista a tiempo completo y a cara descubierta. Suficiente para ser redimido por la historia y aclamado por los miles de perjudicados bajo la sombra de ese nefasto modelo que impuso la igualdad en la pobreza y el inagotable ciclo de las unanimidades en torno a las ideas del partido único.