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Observatorio de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos

10 de agosto de 2020

Bielorrusia: estas elecciones marcaron un quiebre y ya no existe vuelta atrás

Aleksandr Lukashenko es presidente de Bielorrusia desde 1994 y es el único que ha tenido este país en su historia. Logró sucesivas reelecciones en 2001, 2006, 2010 y 2015, en todos los casos, con alrededor del 80% de los votos y ante una oposición virtualmente inexistente. Además ganó 3 referéndums y modificó dos veces la Constitución. Pero esta vez algo cambió de la mano de cuatro candidatos outsider. La noche del domingo 9 de agosto, los primeros resultados anunciaban un nuevo triunfo de Lukashenko, una vez más, por cerca del 80%. Siguieron las protestas, la represión, las detenciones y los heridos. Difícilmente alguien que cuenta con el 80% del apoyo nacional requiera de tal nivel de violencia.
Por Ignacio E. Hutin
@iehutin
Aleksandr Lukashenko

No hubo celebraciones en las calles, ni discursos victoriosos delante de una multitud. Tampoco hubo alegría por el triunfo del amado líder, aquel que supuestamente cuenta con el apoyo de prácticamente toda la población. Lo que sí hubo en Bielorrusia fue una violenta represión, tan evidente como predecible tras las elecciones presidenciales. La información que trasciende las fronteras es aún escasa y de dudosa veracidad, pero se habla de alrededor de 3000 personas detenidas en medio de las manifestaciones.

Aleksandr Lukashenko es presidente de Bielorrusia desde 1994 y es el único presidente que ha tenido este país en su historia. Fue parte del Partido Comunista Soviético, tuvo una importante carrera militar y en 1991 fue el único miembro del parlamento local en votar contra la disolución de la Unión Soviética. La nueva Constitución de 1994 permitió convocar a elecciones y Lukashenko se convirtió en el primer presidente de una ya independiente Bielorrusia. Un año más tarde convocó a un referéndum para cambiar sus símbolos nacionales y se recuperaron la bandera roja y verde y el escudo de la República Socialista Soviética de Bielorrusia. Este cambio significó dejar de lado la bandera rojiblanca, símbolo de la República Popular de Bielorrusia, un Estado independiente que existió por pocos meses entre 1918 y 1919, antes de que fuera anexado a la eventual Unión Soviética. Es decir que se privilegió la simbología soviética por la independentista, marcando así el rumbo al que apuntaba Lukashenko: un camino no socialista, pero sí de concentración de poder y represión a la disidencia. Así logró sucesivas reelecciones en 2001, 2006, 2010 y 2015, en todos los casos, con alrededor del 80% de los votos y ante una oposición virtualmente inexistente. Además ganó 3 referéndums y modificó dos veces la Constitución. Pero esta vez algo cambió de la mano de cuatro candidatos outsider.

El ex banquero Víktor Babaryko presentó su candidatura presidencial y sumó un importante apoyo, aunque es difícil determinar su popularidad real en un país en el que no existen encuestadoras independientes. Aún así fue el propio aparato estatal de Lukashenko el que demostró cuán relevante era Babaryko: a mediados de julio fue detenido acusado de evasión fiscal. También fue apresado el blogger y candidato presidencial Serguéi Tijanovski y no le fue permitido presentar su postulación al ex diplomático Valeri Tsepkalo, que eventualmente marchó a Moscú temiendo ser apresado. El mandamás bielorruso, con su figura fuerte y omnipresente heredera de la tradición soviética, se encaminaba a ganar su sexta elección.

Tal vez fue el machismo del líder conservador lo que le llevó a menospreciar a una nueva amenaza. Svetlana Tijanovskaya, esposa de Tijanovski, es un ama de casa sin experiencia política que tan sólo apuntaba a que liberaran a su marido. Presentó su candidatura y a Lukashenko no le preocupó porque, para él, se trataba tan sólo de una mujer ama de casa. A Tijanovskaya se le sumaron Veronika Tsepkalo, esposa de Valeri, y María Kolesnikova, jefa de campaña de Babaryko. Las propuestas eran sencillas: liberar presos políticos, convocar a un referéndum para recuperar la Constitución de 1994 y llamar a nuevas elecciones presidenciales, limpias y justas.

Las tres mujeres recorrieron el país y lograron algunas de las convocatorias políticas más grandes de la historia de Bielorrusia, y sin dudas las más importantes hechas jamás por una oposición. Aún así, la noche del domingo 9 de agosto, los primeros resultados anunciaban un nuevo triunfo de Lukashenko. Una vez más, por cerca del 80%. Siguieron las protestas, la represión, las detenciones, los heridos y el anuncio de la propia Tijanovskaya sabiéndose real vencedora.

Difícilmente alguien que cuenta con el 80% del apoyo nacional requiera de tal nivel de violencia. En cambio debería emerger el entusiasmo en las calles. Pero no. El aparato estatal más represivo se enfrentó a la manifestación de un pueblo que ya no sólo cuestiona al presidente, sino al sistema: a la Policía, a las Fuerzas Armadas, a la Comisión Central Electoral y a prácticamente todas las instituciones estatales. Como si Lukashenko hubiera ido demasiado lejos. Para los manifestantes esta no es sólo una protesta sin más: saben que en su país la pena de muerte es legal y se aplica, saben que se están jugando la vida.

Es imposible no pensar en antecedentes similares, en otros líderes todopoderosos de Europa Oriental, otros herederos del espíritu soviético que chocaron contra manifestaciones populares. La Revolución de las Rosas de 2003 en Georgia se inició tras unas elecciones parlamentarias fraudulentas y terminó con la caída del presidente Eduard Shervardnadze, último Ministro de Relaciones Exteriores de la URSS. Pero también fue un cambio de rumbo para un país que empezaba a pensarse independiente y ya no como un mero desprendimiento soviético. Al año siguiente las fraudulentas elecciones presidenciales en Ucrania fueron el inicio de la Revolución Naranja, que expulsó del poder a Víktor Yanukovich. En el invierno de 2013-14 el mismo Yanukovich fue forzado a abandonar la presidencia en medio de una importante escalada de violencia conocida como Euromaidan. Más recientemente, las protestas de 2018 en Armenia llevaron a la renuncia de Serzh Sargsián, presidente durante una década y líder del Partido Republicano, que gobernaba el país desde 1995. En los tres casos hubo un importante cambio de régimen, pero también un cambio de identidad nacional, especialmente en Ucrania y Georgia. Esta es sin dudas una posibilidad para un país aún en transición post soviética. Claro que no fue sencillo y los resultados no fueron mágicamente positivos.

Apenas cinco años después de la Revolución de las Rosas, Georgia estaba en guerra contra separatistas apoyados por Moscú y aún hoy no ha recuperado el control sobre dos regiones. En Ucrania, las protestas de 2013-14 que llevaron a la caída de Yanukovich tras una terrible represión culminaron en una guerra que aún continúa. Los cambios de Euromaidan también tuvieron un pésimo resultado económico, ya que a partir de entonces Ucrania perdió a Rusia como principal socio comercial, y no bastó con el apoyo político de algunos países occidentales para compensar las pérdidas.

Lukashenko probablemente sepa que si continúa reprimiendo y aumenta el nivel de violencia, la situación se le puede ir de las manos, como le sucedió a Yanukovich. Pero su fortaleza radica en la estabilidad y el control, no en la diplomacia. Es un presidente que no sabe negociar. Y por primera vez se encuentra frente a un escenario en el que mostrarse fuerte ya no funciona. Claro, puede seguir reprimiendo, ¿pero por cuánto tiempo? Incluso existe la posibilidad de avanzar hacia un escenario como el de Venezuela, en el que existe un descreimiento internacional de las instituciones y los distintos países reconocen a un presidente o a otro. La influencia internacional será clave, tanto por parte de la UE, demasiado ocupada lidiando con la pandemia del COVID-19, como de Rusia, que difícilmente acepte perder a un aliado tan cercano. Pero más allá de lo que suceda a partir de ahora, estas elecciones marcaron un quiebre y ya no existe vuelta atrás. Quiera Lukashenko o no, se inicia un proceso extenso y complejo de transformación. Resta esperar que sea lo menos violento posible.

Ignacio E. Hutin es periodista y autor del libro “Deconstrucción: Crónicas y reflexiones desde la Europa Oriental poscomunista” (CADAL, 2018).