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8 de septiembre de 2020

El destrozo y la herencia

Infección no se trata tanto de una película venezolana que intenta copiar algún modelo internacional de película de zombie, sino más bien una película que imagina zombies en las calles de Venezuela. Es ese mismo color local el que propició que Infección se transformara, justamente, en una película maldecida en su país de origen, donde el largometraje fue prohibido por razones que el gobierno esgrimió como legales cuando estaba muy claro que eran puramente ideológicas.
Por Hernán Schell
El destrozo y la herencia

En un ensayo de Richard Dillard sobre “La noche de los muertos vivos” (Night of the living Dead - 1968), la película fundacional dirigida por George Romero, el crítico americano señalaba que había algo de brutal en la figura misma del muerto vivo. Este tipo de monstruo no tenía ningún tipo de belleza, de glamour. Se trataba de un montón de gente caminando como autómatas con un cuerpo putrefacto y buscando carne humana. En esa concepción, nos decía Dillard, parecía haber no tanto un Mal (en el sentido de un mal atractivo, fascinante, identificado en algún personaje X) sino violencia a secas por parte de un villano colectivo, pero además tremendamente básico. En esa concepción hay mucho de desolador y será por eso que La noche de los muertos vivos es una de las películas de terror más amargas jamás realizadas.

Infección, la película venezolana de Flavio Pedota, no es estrictamente sobre muertos vivos sino sobre –bueno, lo dice el título– infectados. En este caso, por un virus que vuelve caníbales furiosos a las personas. Pero es evidente que, en términos generales, el concepto es el mismo que tuvo Romero: un monstruo colectivo y carente de todo carisma, invadiendo una sociedad con una violencia irracional. 

La sociedad, en el caso de la película de Pedota, es la venezolana y uno de los testigos de esta catástrofe será el protagonista de esta película: un médico viudo que carga tras de sí tragedias previas y vive prácticamente aislado del mundo urbano. 

Lejos de cualquier tono paródico como sucede con tantas películas de zombies de los últimos años (desde el díptico de Zombieland, pasando por Shaun of the Dead y Juan de los muertos), Pedota elige para narrar su historia un tono solemne, desesperante incluso, donde la presencia de la tragedia es permanente y donde un montaje impredecible que puede abrirse, de pronto, a distintas historias, con distintos personajes, puede mostrar una invasión que se ha expandido ya por cualquier parte del país.

En este contexto, también, lo que abunda en la película es la crítica feroz al régimen de Nicolás Maduro y la descripción del estado de emergencia en el que vive Venezuela. Pedota, en este sentido, no desea ningún tipo de sutileza. Desde una imagen brutalmente simbólica en la que se desparrama sangre sobre un televisor en el que se ve la imagen de Maduro dando un discurso, pasando por alusiones a la brutalidad militar venezolana y, finalmente, –en uno de los gestos más directos y osados de la película– al exilio masivo que sufre el país.

También, hay en la película varios planos donde encontramos al protagonista caminando por calles destruidas mientras al fondo de la imagen pueden verse carteles de propaganda hablando del progreso venezolano.

El propio Pedota contó que estas últimas escenas fueron menos un intento de establecer una ironía visual que la sola consecuencia de filmar en una calle de Venezuela (donde se encuentra publicidad en cualquier lado). Y aquí está, creo, uno de los mayores méritos de este film. Infección no se trata tanto de una película venezolana que intenta copiar algún modelo internacional de película de zombies, sino más bien una película que imagina zombies en las calles de Venezuela.

Es ese mismo color local el que propició que Infección se transformara, justamente, en una película maldecida en su país de origen, donde el largometraje fue prohibido por razones que el gobierno esgrimió como legales cuando estaba muy claro que eran puramente ideológicas.

Por supuesto que esto no impidió que el film encontrara otras maneras (todas ilegales, por supuesto) de ser vista en su país de origen y expandirse con tanta facilidad como el virus que hace estragos en esta ficción. Es fácil adivinar el éxito secreto que la película tiene en su propia tierra: la rebeldía es algo inevitablemente atractivo, y en una nación  fuertemente opresora como Venezuela, el acto sólo de decir la verdad se vuelve un elemento de subversión irresistible, aunque la verdad tenga que disfrazarse de ficciones sobre un médico intentando sobrevivir en tierras de zombies.