Derechos Humanos y
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Monitoreo de la gobernabilidad democrática

24 de septiembre de 2020

Ella cambió la vida de millones

Millones de mujeres en Occidente y en el resto del mundo, en diferente medida, según las distintas culturas, mejoraron su calidad de vida gracias a Ruth Bader Ginsburg, que les dedicó su inteligencia, su contracción al estudio y al trabajo durante décadas.
Por Hugo Machín Fajardo
@MachinFajardo
Ruth Bader Ginsburg

“Serás aquello que quieras, siempre que trabajes con perseverancia y pasión en tu sueño. No permitas que nadie se interponga en tu camino para convertirte en la mujer que desees”. [*]. Ahí está pintada de cuerpo entero Ruth Bader Ginsburg (1933-2020) la magistrada estadounidense fallecida por causa de un cáncer a los 87 años, el viernes 18 de setiembre de 2020, cuando se mantenía en plena actividad como integrante del Supremo Tribunal de su país.

Ruth Bader fue la niña que soñó no solo ser diferente, porque en su sueño, también era diferente el mundo. Y a los 13 años escribió en un periódico escolar cómo se lo imaginaba: “Tenemos que entrenarnos en la idea de vivir con el otro como buenos vecinos”. Era lo que le sugería su madre Celia Amster cuando le leía las columnas periodísticas de otra gran estadounidense: Eleanor Roosevelt (1884-1962).

Realizarse como persona y como profesional, logros tan importantes para una de las 6 mujeres entre 500 varones que en 1956 asistían a la Escuela de Derecho de Harvard —donde ni siquiera existía un baño femenino—  ya la hubiera situado junto a otras pioneras, pues la sociedad estadounidense no veía con buenos ojos que las mujeres fuesen abogadas.

Pero RBG—como se la bautizó cariñosamente por miles de jóvenes que la adoptaron como inspiradora— es mucho más. Fue artífice del cambio irreversible más importante en la historia humana: la revolución de la equidad de género.

Millones de mujeres en Occidente y en el resto del mundo, en diferente medida, según las distintas culturas, mejoraron su calidad de vida gracias a esta aparentemente frágil mujer de 1,52 metros de altura y 45 kilos— pero que hacía 20 lagartijas diarias— que les dedicó su inteligencia, su contracción al estudio y al trabajo durante décadas; en las que también fue compañera y cuidadora en distintas etapas de su esposo Martin Ginsburg, fallecido en 2010, con quien tuvo dos hijos.

Su maestría no fue similar a la de otros líderes de los derechos humanos que ganan las calles de sus ciudades para exigir el respeto de los derechos civiles. Pero gracias a su particular estrategia, las mujeres norteamericanas primero, y del resto del mundo después, desde hace medio siglo se han manifestado, reclamado y obtenido muchos de los derechos defendidos, proyectados, y ganados por RBG.

 “Aprendí muchas cosas de ella”, dijo el lunes 21 en la emisora colombiana La W, el presidente de la Asociación Mundial de Abogados, el español Javier Cremades, quien destacó la exitosa estrategia aplicada por RBG para lograr a partir de casos concretos modificaciones legales de enorme trascendencia.

RBG transformó determinados casos en juicios emblemáticos y los llevó hasta el final, hasta que se pronunciaran las instancias más altas de la justicia estadounidense. Demandas vinculadas a las libertades fundamentales que patrocinó como abogada; a las libertades ideológicas, a las libertades religiosas, a las discriminaciones de género, raciales y discapacidades.

Supo no solamente ganarlos, sino que su estrategia incluía a la opinión pública, generaba movimientos sociales, en un ejercicio “totalmente creativo y ambicioso de la profesión”.

Otra característica destacada en RBG fue la de no aceptar las reglas de juego y combatir el abuso de poder, “sea cual sea la víctima, sea cual sea el poder de la persona, su tamaño, su influencia, y sea cual sea el que cometa el abuso de poder ella [colocaba] la dignidad humana por encima de todo. Ella creyó en eso, y yo también creo en eso”, sostuvo Cremades, cuyos conceptos tienen un valor especial, tanto por su relevancia en el mundo del Derecho, como por su posición respecto a la salud reproductiva de la mujer, diametralmente opuesta a la de esa jueza de ascendencia judía, quien, junto a la primera mujer en la historia de los EEUU en llegar a la Suprema Corte, Sandra Day O' Connor (90), votó a favor de la legalización del aborto y los derechos homosexuales.

Cremades se formó en la Universidad de Ratisbona, donde ejerció la docencia Joseph Ratzinger, tiene ocho hijos en su matrimonio, y ha emprendido campañas contra “el laicismo integrista” como se descalifica al pensamiento liberal desde sectores ultraconservadores del catolicismo.

En 1961 Ruth Bader ingreso a la Universidad de Columbia como investigadora de un proyecto de derecho internacional. En 1969 sus estudiantes le pidieron que creara un seminario sobre género y derecho. Fueron los estudiantes quienes le dieron rumbo al curso, según ella dijo, y su labor fue pionera en el estudio de la inequidad de género en materia económica. Según ella, no podía existir discriminación de género en los impuestos ni en el trabajo. Tres años después, RBG funda el Proyecto de los Derechos de la Mujer ante la Unión de Libertades Civiles Americanas, que denunciaba la inconstitucionalidad de los casos de discriminación entre mujeres y varones.

En ocasión de redactar un alegato en defensa de los derechos de la mujer, le comentó a su secretaria con su habitual sentido del humor, que el término “sexo” que aparecía reiteradamente en el escrito a ser estudiado por los integrantes de la Corte de los Estados Unidos —“cambio de sexo”, “orientación de sexo”— quizás, les resultara incómodo. Sugirió utilizar como sinónimo el término “género” (gender) —que desde 1955 el psicólogo/antropólogo neozelandés John Money lo había incorporado como una categoría de análisis en las Ciencias Sociales— y el concepto fue internalizado por las feministas de todo el mundo.

Si se piensa que en los Estados Unidos de los inicios de la magistrada Bader no se permitían los matrimonios interraciales; que la mujer era discriminada laboralmente; que no se la consideraba en los negocios ni en las empresas; que se penalizaban las relaciones homosexuales, entre otras prácticas discriminatorias, y se evalúa la labor de RBG que combatió todo eso con la ley, que hizo cambiar la justicia norteamericana y, por ende, influyó en la jurisprudencia de Occidente, debe admitirse que esta mujer a la que en 1993 el entonces presidente Bill Clinton llevó a la corte Suprema, leyó correctamente el sentido de la historia y dedicó su vida a que otras mujeres superaran las barreras legales interpuestas entre sus voluntades de equidad y sus sueños por obtenerla.

Casos emblemáticos. En 1972, en el caso Struck contra el Secretario de la Defensa, RBG triunfó en su demanda cuando la Suprema Corte declaró ilegal la pérdida del empleo de la oficial Struck de la Fuerza Aérea estadounidense a causa de su embarazo.

En 1973, RBG demostró las consecuencias negativas de la discriminación de sexo existente en el Ejército al patrocinar y ganar la demanda de la teniente Sharon Frontiero, quien por ser mujer, no percibía el subsidio a la vivienda que beneficiaba a los militares varones y a sus esposas.

Ese año, RBG también litigó en el caso de esterilización forzada de mujeres afroamericanas del estado de Carolina del Norte, realizado mediante un programa estatal de eugenesia que se aplicaba en mujeres de esa etnia.

En 1975 tomó otro caso de discriminación sexual. Stephen Wiesenfeld quedó viudo con un hijo bebé y se le negó la ayuda de la Seguridad Social por estar prevista exclusivamente para mujeres. La abogada Ginsburg llegó a la corte Suprema con su demanda y logró un nuevo triunfo. En opinión de la abogada y feminista mexicana Melisa Ayala García, especializada en derecho constitucional y género, esta defensa de RBG la muestra como  estratega “brillante” ya que “dada lo composición 100% masculina de la Corte, decidió que si quería tirar dicha normativa [discriminatoria de sexo] lo más eficiente era presentar casos en nombre de demandantes hombres”.

En 1996, a una joven se le negó el ingreso a una escuela militar del estado de Virginia, que solo admitía aspirantes masculinos. Ruth Bader, entonces magistrada del Tribunal Supremo, argumentó a favor de la igualdad del derecho a la educación tanto para varones como para mujeres.

 “No pido favores por mi sexo, todo lo que pido a nuestros hermanos es que nos quiten los pies de nuestros cuellos”, explicó alguna vez, en premonición del “¡No puedo respirar!” repetido veinte veces por el afro estadunidense George Floyd aquel trágico 25 de mayo de 2020.

En 2007, sentó un capítulo resonante en la jurisprudencia sobre discriminación de género en el lugar de trabajo. Fue el caso de Lily Ledbetter, ex gerenta de la compañía Goodyear, quien luego de trabajar 19 años, y próxima jubilarse, recibió una nota anónima reveladora de que le habían pagado miles de dólares menos que los hombres que se desempeñaban en su mismo puesto. En toda su vida laboral había percibido 200.000 dólares menos, pese a estar mejor calificada y tener mayor antigüedad que los trabajadores masculinos. El fallo de la Corte en el caso Ledbetter v. Goodyear restringió el plazo para presentar reclamos, y fue la oportunidad en que la jueza RBG expuso su famoso: “Yo disiento”. Una vez más había quedado en minoría. En 2009 el Congreso aprobó la Ley de Pago justo de Lilly Ledbetter que flexibiliza los requisitos de oportunidad para presentar una demanda por discriminación. La ley buscó revertir el fallo adverso a extender los plazos en reclamos laborales por discriminación de género. En los dos primeros años de aprobada la Ley Ledbetter fue citada en 350 demandas.

Lily Ledbetter (82) nunca fue resarcida por Goodyear. Se convirtió en activista por la equidad de género, y ha dicho que luego de su muerte estará satisfecha si la recuerdan como alguien que “hizo la diferencia”.

En 2013, Ruth Bader redactó su opinión discordante con la decisión del Supremo Tribunal que hacía caer el artículo de una ley que buscaba evitar la discriminación racial en el voto en el estado de Alabama. En su fundamento de voto en minoría, RBG estampó que “la discriminación racial en el voto [electoral] aún existe. La decisión del Supremo es despojarte del paraguas en medio de una tormenta por el hecho de que tú no te estás mojando”. Posteriormente la recusación de Alabama ganó la demanda.

Recientemente, en 2017, cuando llevaba ya 24 años como jueza del más alto tribunal estadounidense, su voto discorde resonó fuertemente en ese país. Refería a un confitero que por sus convicciones religiosas no quería hacer pasteles de bodas para gays. La magistrada sostuvo: “Cuando una pareja contacta a una pastelería para un pastel de boda, lo que buscan es un pastel para celebrar su boda, no un para celebrar bodas gays o bodas heterosexuales. Y ese servicio les fue negado”.

Ruth Bader se proyectó en vida mucho más allá del mundo jurídico. Fue un ícono, por ejemplo, popularizado por Matt Groening el creador de Los Simpson, quien creó con ella un personaje de su serie Futurama, donde RBG es una jueza de la “Corte Suprema de la Tierra” que funciona en el tercer milenio.

Pero esa popularidad no fue por hacerse “viral” en las redes sociales, sino porque ella efectivamente le cambió la vida a millones con su permanente defensa de los discriminados: mujeres, varones, indocumentados —RBG descendía de inmigrantes judíos polaco/rusos— o los 700.000 hijos de inmigrantes nacidos en EEUU, participantes del programa DACA, al que  el presidente Donald Trump quiere tumbar. 

Linda Hischman es autora del libro Hermanas en la ley, donde narra cómo Sandra O´ Connors y Ruth Bader Ginsburg, dos mujeres fundamentales y diferentes— O´ Connors es integrante de la Iglesia episcopal—  fueron a la Corte y cambiaron el mundo. Hischman dice que RBG aprendió de su madre Celia algo clave: entender que en el mundo había mucha discriminación en contra dela mujer y por eso aquella niña Ruth se trasformó en “la jueza que cambió un mundo que le había fallado a las mujeres”.

[*] Sugerencia hecha por Ruth Bader Ginsburg a una joven de 18 años que estaba sentada junto a ella en ocasión de ser galardonada con el Premio Mundial de la Paz y la Libertad 2020, [World Peace & Liberty Award] que otorgan la World Jurist Association y la Fundación Mundial del Derecho. También conocido como “Nobel del Derecho”. También lo han recibido Nelson Mandela y Winston Churchill, entre otros.