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Promoción de la Apertura Política en Cuba

6 de marzo de 2021

Relaciones Estados Unidos-Cuba: La política regresa

El fracaso de las políticas duras, ya anticipado en Cuba y luego en Venezuela, refuerza el regreso a la estrategia de la política, ahora con Joe Biden. Si los halcones criticaban la política de Obama por su falta aparente de resultados, ahora las palomas están en condiciones de hacer las mismas preguntas ante la misma realidad. Ni Venezuela ni Cuba están más cerca del retorno a la democracia, cada una con sus propias especificidades y contextos, de lo que lo estaban en enero de 2017 cuando Trump llegó al poder.
Por Manuel Cuesta Morúa

Raúl Castro - Barack Obama

La combinación de guerra fría, diferendo Norte-Sur y conflictos de percepción nacionalista marcó el escenario de no relaciones, sumamente tensas, entre Cuba y los Estados Unidos entre 1961 y 2014. Tres vórtices conexos que cerraban el campo de opciones a la sociedad cubana. Entonces, regresó la política.

Con el restablecimiento de los vínculos diplomáticos entre ambos países en diciembre de ese año a nivel de embajadas, un proceso como hoy sabemos impulsado por el ex presidente Barack Obama, el pugilato histórico de amenazas verbales de destrucción mutua cedió el paso a las disputas racionales de valores e intereses discordantes en un escenario de mutuo reconocimiento, que forman parte de lo político y hacen la política.

A partir de ese momento desaparecen dos realidades: el sitio a la plaza, del lado estadounidense, y la solución final, del lado cubano. Ambas congelaban la capacidad de movimiento para toda clase de actores e intereses, viejos y nuevos, que se venían conformado a los dos lados del estrecho de la Florida y que presionaban en todas las direcciones posibles para desdramatizar un conflicto, costoso, pero ridículamente virulento ya para principios del siglo XXI.    

El fin del status quo de la guerra tuvo un solo perdedor: La Habana. El lenguaje de la política, a través de la diplomacia, la confrontación con la realidad, y menos con la ideología, trajo dos ganadores: el gobierno norteamericano y la sociedad cubana.

Esta disolución del status quo dentro de Cuba tuvo una expresión simbólica definitiva en los comportamientos divergentes del poder y de la sociedad frente a la visita de Obama. Mientras los habaneros corrían para ver a la Bestia (nombre de la limosina presidencial de los presidentes norteamericanos), Fidel Castro preparaba una de sus famosas Reflexiones, esta muy intuitiva, advirtiendo de los peligros de ciertos abrazos y rechazando anticipativamente cualquier oferta proveniente de los Estados Unidos.  

Estos dos hechos mostraban, de un lado, una antigua fractura cubana, solapada por el viejo conflicto entre Estados y, de otro, su posible profundización creciente, si se estabilizaban dos o tres de las líneas unilateralmente abiertas por el gobierno norteamericano.

Ya desde antes de aterrizar en La Habana, Obama había dado pasos políticamente claves: liberación del monto de las remesas que los cubanos podían enviar a sus familiares en Cuba, liberalización y estimulo de los viajes de norteamericanos, autorización a compañías hoteleras para establecer negocios en la isla, programas de intercambios pueblo a pueblo y apertura de posibilidades al incipiente sector privado. Otros dos pasos marcaron la relevancia estratégica de la apertura: el otorgamiento de visas abiertas a los cubanos, lo que desdibujaba la separación de las familias y restablecía un flujo y una dinámica social pos ideológica, y la eliminación de Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo.

Dos respuestas, en las antípodas la una de la otra, salen de Cuba a la mano tendida de Obama: de completa recepción por parte de la sociedad y de rechazo por parte del Estado. Lo que la sociedad entendía como apertura, el gobierno lo asumía solo como reconocimiento, o normalización; no tanto de las relaciones entre ambos gobiernos, como del conflicto entre ambos países. Si el mundo entendía ya como algo normal el conflicto entre Cuba y los Estados Unidos, lo que ahora aspiraba el gobierno cubano era que Estados Unidos también lo asumiera así, pero dentro de un marco normal de relaciones diplomáticas. ¿No tienen conflictos los Estados Unidos con China, manteniendo no obstante normales relaciones diplomáticas y comerciales? El gobierno cubano pretendía para sí el status de China o de Vietnam sin la agenda política de Obama.

El rechazo de esta es lo que explica el éxito de la nueva estrategia norteamericana. Incluso, si esta estrategia no hubiese contemplado los temas de derechos humanos y democratización. Como sí los contenía, aunque en un plano menos visible.

El gobierno de Donald Trump deshizo este escenario para volver al viejo vórtice tripartito de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, donde desaparecen las opciones de la política. El coctel de lenguaje duro, redoblamiento de las sanciones y promesas de redención externa retornaba con fuerza para cubrir una apariencia asentada por décadas de una pretensión fallida: la de que el castigo equivale a una estrategia.

Trump falló, entre otras tantas cosas, porque fue el menos consecuente y congruente de los políticos duros con los valores de la democracia. Para empezar, el América Primero era la actualización en la derecha alternativa del viejo y tradicional aislacionismo estadounidense que no es compatible con el idealismo necesario para impulsar valores democráticos a escala global.

El fracaso de las políticas duras, ya anticipado en Cuba y luego en Venezuela, refuerza el regreso a la estrategia de la política, ahora con Joe Biden. Si los halcones criticaban la política de Obama por su falta aparente de resultados, ahora las palomas están en condiciones de hacer las mismas preguntas ante la misma realidad. Ni Venezuela ni Cuba están más cerca del retorno a la democracia, cada una con sus propias especificidades y contextos, de lo que lo estaban en enero de 2017 cuando Trump llegó al poder. En términos comparativos se da incluso una paradoja: ambas sociedades están más listas para asumir los valores democráticos, cuando sus gobiernos están más fuertes para reprimirlos.

Análisis que lleva a la comparación de las políticas entre blandos y duros a partir de la calidad estratégica de sus apuestas. Y un medidor externo de esta calidad no está en el daño económico que las políticas de aislamiento, acoso y derribo puedan causar a las élites autocráticas o dictatoriales ―daño que de hecho provocan― sino cuál de ambas opciones causa más nerviosismo estratégico en esas élites en condiciones económicas constantes. Con un elemento añadido y derivado: cuál de ellas refuerza más el control de y sobre los factores de poder que importan a la hora de facilitar una transición a, o recuperación de, la democracia.

Biden entonces no solo cambiará la línea dura hacia Cuba para tomar distancia de Trump, sino por una decisión estratégica bipartidista que se tomó desde los tiempos de Obama, del que fue vicepresidente, y que todos los factores de poder en los Estados Unidos asumieron como líneas de continuidad una vez que Obama abandonara el poder. Para los demócratas con Hillary Clinton si ganaba, pero para todos, excepto algunos grupos poderosos entre los cubano-americanos en la Florida, independientemente de quien ganara. Trump no fue una sorpresa republicana, sino una sorpresa para los republicanos. Y para el resto del mundo, desde luego.

Retomar la línea blanda implica volver a sacar a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo. El gobierno de Cuba protege a terroristas, pero no está en condiciones ni físicas ni estratégicas de patrocinar el terrorismo, como en el pasado. Hoy desestabiliza por otros medios donde quiera que pueda hacerlo. 

Línea blanda Implica también volver a las políticas anteriores a Trump: reenvío de remesas, viajes, restablecimiento pleno de la embajada en La Habana y fortalecimiento de la cooperación en otras áreas de intereses de frontera.  

Contrario a la línea dura, regreso de la política significa también aprender de la experiencia en un nuevo contexto. La liberalización económica reciente en Cuba es menos estructural y sí más de alivio en la carga de responsabilidades del Estado. No está pensada para modernizar y potenciar la pequeña y mediana empresas, sino para aligerar la abultada agenda de pretendida satisfacción social al detalle por parte del Estado, quien, no obstante, pretende ser el intermediario en las transacciones económicas de las pequeñas y medianas empresas que quieran importar o exportar al exterior.

La oportunidad perdida con Obama para potenciar las relaciones económicas entre los dos países será para Biden una lección aprendida a la hora de calibrar las verdaderas intenciones de normalización que pueda mostrar La Habana. La única relación económica que en las actuales condiciones debe pasar obligatoriamente a través del Estado cubano es la de tipo comercial, no para exportar, sino para importar fundamentalmente bienes de grandes empresas productoras estadounidenses. La relación económica productiva entre empresas norteamericanas y potenciales empresas cubanas se da naturalmente entre emprendimientos de pequeño y mediano porte, en la economía de bienes, pero esencialmente en la de servicios. Y esa es la economía prohibida en el reciente index económico de La Habana.  Esto solo producirá y debe producir cautela en la política específica de Biden hacia Cuba, con un énfasis importante en una liberalización profunda de la economía si de verdad el gobierno cubano quiere avanzar en la dirección correcta.

Ahora bien, Biden puede actuar a pesar del electorado de la Florida, pero pensando en la Florida. No tendría un compromiso inmediato de tipo electoral con los cubanoamericanos, pero sí tiene una necesidad estratégica de conquistar a la Florida para el partido demócrata en elecciones futuras. Y aquí entra la agenda democrática hacia Cuba. No la estrategia, sino la agenda de compromiso con los demócratas cubanos dentro de la isla.

El levantamiento del embargo entra en la estrategia, sin posibilidades reales de que sea levantado en este mandato. Biden entra a la presidencia con una necesidad imperiosa de reforzar la narrativa y las acciones pro democracia tanto dentro como fuera de los Estados Unidos. Si levantar el embargo es, para mí, una política inteligente para desbordar por inundación al gobierno cubano, las posibilidades de que esto suceda son nulas porque hoy la política democrática se juega en altos niveles simbólicos, y no creo que los Estados Unidos vayan a aparecer haciendo concesiones gratuitas a los autócratas incompetentes de La Habana. 

Lo que sí debe y puede redoblarse es el apoyo y la visibilidad a los demócratas cubanos. Después y gracias a la política de Obama, gozamos de más legitimidad dentro de Cuba porque aquella logró lo que creo fundamental: que los cubanos descubran a los enemigos de su progreso en su propia casa. Biden, con el regreso de la política, puede reforzar esa legitimidad. Lo demás, va justamente por la casa.

Manuel Cuesta Morúa
Manuel Cuesta Morúa
Historiador, politólogo y ensayista. Portavoz del Partido Arco Progresista, Ha escrito numerosos ensayos y artículos, y publicado en varias revistas cubanas y extranjeras, además de participar en eventos nacionales e internacionales. En 2016 recibió el Premio Ion Ratiu que otorga el Woodrow Wilson Center.
 
 
 
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