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Observatorio de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos

23 de mayo de 2021

El Coronavirus y la oportunidad de restringir el autoritarismo en Asia Central

Parviz Mullojanov, politólogo e historiador tayiko, opina que ahora existe una oportunidad única para alcanzar cambios democráticos. A partir de la pandemia, ha habido un importante crecimiento de la actividad y presencia de la sociedad civil en el debate político, y esto ha sido en respuesta a la incapacidad del propio gobierno para gestionar la crisis sanitaria. Distintos actores de la sociedad civil se vieron obligados a llevar adelante las funciones que el Estado tayiko simplemente no deseaba cumplir, es decir proteger a su propia población de una pandemia.
Por Ignacio E. Hutin

Una manifestación contra el gobierno en la plaza Shakhidon, Dushanbe, en mayo de 1992, al comienzo de la guerra civil.

A punto de cumplir tres décadas como país independiente, Tayikistán debe lidiar con demasiadas incertidumbres que sí, claro que se relacionan con la pandemia de Coronavirus, pero existen otros factores que complejizan su presente. No sólo es el país más pequeño de Asia Central, sino que también es el más pobre entre las ex repúblicas soviéticas. Y el régimen autoritario que gobierna esta tierra prácticamente desde su independencia no hace mucho para modificar el escenario.

Emomali Rahmon, Presidente TayikistanEmomali Rajmón es presidente hace más de 26 años, a los que deben sumarse los dos en los que ofició de jefe de gobierno de facto antes de asumir formalmente. Ha sido reelecto en cuatro oportunidades, ha modificado la Constitución tres veces para aumentar su poder y extender sus mandatos, y también ha deslegitimado y perseguido a toda oposición. En pocas palabras: el líder tayiko sigue el manual clásico de cualquier autócrata. Y buena parte de su poder se lo debe a la guerra.

En 1992 se inició una guerra civil en la que se enfrentaron el gobierno de las viejas élites comunistas y una oposición unificada; pero la lucha trascendió lo político e implicó diferencias étnicas y religiosas de tal relevancia que aparecieron los fundamentalismos. El Partido del Renacimiento Islámico, que lideró el sector opositor, contó con el apoyo de Al Qaeda y de facciones talibanes. A comienzos del conflicto, Rajmón Nabíev, segundo presidente del país, fue forzado a renunciar y el Parlamento le otorgó el poder a Emomali Rajmón. Tras cinco años y al menos 50 mil muertos, terminó la guerra y se alcanzó un acuerdo entre las partes que garantizaba un tercio de los asientos del Parlamento y de los ministerios para la oposición. Pero eso nunca ocurrió. Rajmón utilizó la supuesta amenaza de un nuevo conflicto como excusa para incrementar su poder, perseguir a opositores y finalmente proscribir al Partido del Renacimiento Islámico en 2015. Hoy es un líder incuestionable con mandato hasta al menos 2027. Pero la pandemia de Coronavirus ha abierto una pequeña ventana de cambio en el país centroasiático.

El Foreign Policy Center, con sede en Reino Unido, presentó este mes su informe Derechos en retirada: examen de la presión sobre los derechos humanos en Tayikistán, en el que se consideran aspectos ligados a las libertades civiles, democracia, educación, igualdad de género, libertad de expresión, corrupción y transparencia institucional. Adam Hug, director de la organización, considera que la “situación en el terreno es extremadamente desafiante porque Tayikistán no sólo es sumamente represivo sino que además es un país muy pobre”. Su PBI per cápita es 14 veces menor que el de Rusia y 32 veces menor que el de Estonia. Como si esto fuera poco, su principal ingreso a nivel nacional no es ni la exportación de oro, como en Kirguistán, o de hidrocarburos, como en Turkmenistán, sino las remesas, el dinero que envían los migrantes principalmente desde Rusia y que representa casi el 50% del PBI tayiko.

El profesor Edward Lemon de la Universidad A&M de Texas participó de la presentación de dicho informe y describe al gobierno de Tayikistán como un régimen autoritario sostenido en tres pilares: el primero es la construcción de legitimidad, que Rajmón logra a partir de autoproclamarse garante de la estabilidad que sucedió a la guerra civil. El segundo punto es la represión a críticos, a opositores políticos y a medios de comunicación. Esto lleva a un último factor, que es la cooptación del Estado por parte del presidente y de su familia, así como también el control de sectores económicos estratégicos, de la mano de altos niveles de corrupción y falta de transparencia. Dos de los hijos de Rajmón, Rustam y Ozoda, tienen importantes cargos en el gobierno y no son pocos los que vislumbran la posibilidad de que alguno de ellos se convierta en presidente en un futuro próximo. En 2018 se modificó la ley electoral y se redujo la edad mínima de los candidatos presidenciales de 35 a 30 años. El objetivo era que Rustam pudiera ser presidente tras las elecciones de 2020, cuando tendría tan sólo 32 años. Pero la pandemia de Coronavirus arruinó los planes familiares y el candidato debió ser una vez más su padre, que obtuvo el 92% de los votos.

Parviz Mullojanov, politólogo e historiador tayiko, opina que ahora existe una oportunidad única para alcanzar cambios democráticos. A partir de la pandemia, ha habido un importante crecimiento de la actividad y presencia de la sociedad civil en el debate político, y esto ha sido en respuesta a la incapacidad del propio gobierno para gestionar la crisis sanitaria. Distintos actores de la sociedad civil se vieron obligados a llevar adelante las funciones que el Estado tayiko simplemente no deseaba cumplir, es decir proteger a su propia población de una pandemia. Mientras la administración de Rajmón negó la existencia de casos de Covid en el país y generó así una mayor cantidad de casos, desde la sociedad civil surgieron campañas informativas en redes sociales, tan sólo para llenar el vacío de información y ofrecer datos alternativos. El segundo paso fue la creación de grupos voluntarios, tanto dentro como fuera de Tayikistán, que gestionaron donaciones y lograron proveer medicinas y alimentos a personas infectadas, a hospitales y a profesionales de la salud. “Estos grupos involucraron a nuevos actores en el espacio político, a gente que nunca había participado en la actividad pública”, dice Mullojanov y agrega que fueron particularmente exitosos en relación a los trabajadores migrantes en Rusia, afectados por los cierres de fronteras a partir de la pandemia y la crisis económica. Por ejemplo, Izzat Amon, director del Centro Tayiko en Moscú, llevó adelante campañas de recaudación de fondos y asistencia consular a trabajadores varados. El gobierno de Rajmón reaccionó ordenando su extradición y detención a finales de marzo bajo cargos de supuesto fraude.

En términos generales, la respuesta del presidente centroasiático ha sido socavar la legitimidad de voluntarios y organizaciones de la sociedad civil, mientras pondera las actividades de su propio gobierno a través de los medios de comunicación oficiales. Según Mullojanov, su principal objetivo es evitar la politización, pero el resultado ha sido una explosión civil de carácter político: una sociedad despierta como respuesta a un gobierno dormido. El politólogo cree que la conclusión de este fenómeno dependerá del gobierno y de cómo evolucione su gestión de la pandemia: “seguramente una parte de estos grupos de voluntarios se politizará. Resta saber si será un pequeño o un importante sector de la población”. Parece difícil, pero quizás la crisis del Coronavirus sea una oportunidad única. Y es mejor no desperdiciarla.

Ignacio E. Hutin
Ignacio E. Hutin
Licenciado en Periodismo (USAL, 2014), especializado en Liderazgo en Emergencias Humanitarias (UNDEF, 2019) y actualmente maestrando en Relaciones Internacionales. Becado por el Estado finlandés para la realización de estudios relativos al Ártico en la Universidad de Laponia (2012). Trabajó en zonas de guerra cubriendo para medios argentinos e internacionales. Focalizado en Europa Oriental, Eurasia post soviética y Balcanes. Autor del libro "Deconstrucción. Crónicas y reflexiones desde la Europa Oriental poscomunista" (CADAL, 2018).
 
 
 
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