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Observatorio de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos

16-11-2021

Crisis migratoria en Europa: seres humanos como moneda de cambio

Para Lukashenko estos miles de seres humanos no representan más que una herramienta para forzar a la UE a levantar sanciones, o al menos a que negocie una salida a la crisis y, de esta forma, lo reconozca como presidente legítimo por primera vez desde 2020. Poco importa que mueran algunas decenas de personas por el frío y el hambre. La historia podría terminar aquí, en la exclusiva responsabilidad de un líder autocrático y violento que ha torturado a sus compatriotas, que censura y reprime a toda disidencia. Pero la realidad es más compleja. Polonia se ha negado rotundamente a aceptar el paso de los migrantes a su territorio y ha expulsado a quienes lograron sortear las vallas fronterizas.
Ignacio E. Hutin
Soldados de Polonia en la frontera con Bielorrusia

Una vez que las acusaciones cruzadas se terminen y la prioridad deje de ser las disputas políticas y pase a ser las personas, tal vez entonces pueda resolverse esta crisis. Una crisis producto de la más absoluta falta de empatía, por más que parezca un tanto ingenuo. Porque todas las respuestas hasta ahora han sido peleas interestatales: la responsabilidad es tuya porque no me gusta tu gobierno, tu bandera, tus alianzas, tu ejército, tu retórica. Y nadie parece preocuparse por el verdadero punto en cuestión. Nadie escucha a los miles de migrantes que hoy son rehenes de dos países que se niegan a abrirles las puertas. Como si fueran sus verdaderos enemigos.

En la frontera que separa a Bielorrusia y a Polonia, pero en territorio bielorruso, esperan miles de personas. Ya hace mucho frío en esta región para mediados de noviembre y al clima se le suman el cansancio, la incertidumbre, el miedo de saberse rodeadas por soldados y armas. Son alrededor de cuatro mil migrantes los que acampan junto a la frontera, número que ha aumentado exponencialmente en la última semana y al que hay que sumar los cerca de 20 mil que se encuentran en otros puntos de Bielorrusia. En su mayoría, son kurdos de Irak, Siria e Irán, pero también hay árabes e incluso nacionales de Estados africanos, como Malí. Han huido de guerras o de pésimas situaciones socioeconómicas aún sin conflictos actuales. Bielorrusia es tan sólo un primer paso, una forma de acercarse al destino que tantos añoran: la Unión Europea.

¿Entonces por qué Bielorrusia? En agosto de 2020 Aleksandr Lukashenko, presidente desde 1994 y único en la historia de esta ex república soviética, ganó oficialmente las elecciones con más del 80% de los votos, cifra tan exagerada como increíble. Tanto es así que las protestas masivas se sucedieron durante semanas, hasta que la represión y el desánimo comenzaron a apaciguar las convocatorias. Svetlana Tijanovskaya, candidata presidencial, debió exiliarse y decenas de representantes de la oposición o meras figuras públicas que apoyaron los reclamos, también lo hicieron. Desde entonces, la Unión Europea ha impuesto sanciones comerciales, tanto sobre el Estado bielorruso como sobre distintos miembros del gobierno, incluyendo al mismo Lukashenko. Si bien no han bastado para presionar al mandamás de Minsk, sin dudas han afectado la economía nacional. Por eso son tantos los que ven un intento de extorsión en esta crisis migratoria: si no se levantan las sanciones, Bielorrusia empujará a miles de personas a colapsar los sistemas migratorios del occidente europeo.

La razón por la que tantos migrantes eligen Bielorrusia como primera parada es porque Minsk ofrece procesos de visado simplificados, sin mayores obstáculos. Es decir, atrae migrantes. Además de eso, actualmente hay casi 60 vuelos semanales directos desde países de Medio Oriente (entre ellos Turquía, Líbano, Siria e Irak) y las autoridades de aviación civil han aprobado otros 40. Esos cerca de cien vuelos no llegarán repletos de turistas. Claro que no. Incluso el gobierno de Irak ha expresado en un comunicado oficial su preocupación por los ciudadanos iraquíes “que intentan ingresar a la UE a través de Bielorrusia, que ofrece procedimientos de visado simplificados”. E informó que ordenaría el cierre de los consulados bielorrusos en Bagdad y Erbil.

Las imágenes de estos días son contundentes. No quedan dudas que hombres armados bielorrusos han empujado a los migrantes contra las vallas que separan a ambos países, que los han forzado a cruzar de cualquier forma. Al menos 8 han muerto en la última semana. Como extranjeros arribados legalmente a territorio bielorruso, son responsabilidad de Minsk. Pero para Lukashenko estos miles de seres humanos no representan más que una herramienta para forzar a la UE a levantar sanciones, o al menos a que negocie una salida a la crisis y, de esta forma, lo reconozca como presidente legítimo por primera vez desde 2020. Poco importa que mueran algunas decenas de personas por el frío y el hambre.

La historia podría terminar aquí, en la exclusiva responsabilidad de un líder autocrático y violento que ha torturado a sus compatriotas, que censura y reprime a toda disidencia. Pero la realidad es más compleja. Polonia se ha negado rotundamente a aceptar el paso de los migrantes a su territorio y ha expulsado a quienes lograron sortear las vallas fronterizas. Esta expulsión automática, sin que los migrantes puedan acceder a protección legal y a que se respeten sus derechos, se denomina devolución en caliente y es una práctica contraria al Derecho internacional. El artículo 33 de la Convención Sobre el Estatuto de los Refugiados prohíbe a los Estados firmantes expulsar a una persona y devolverla a territorios en los que pueda correr peligro su vida o su libertad. Al negar la posibilidad de un procedimiento individualizado y simplemente expulsar a cualquier migrante, Polonia está negando su responsabilidad internacional. Ningún soldado o policía polaco tiene por qué conocer la situación individual de cada migrante ni las razones puntuales que le han llevado a cruzar la frontera en forma irregular. El Derecho Internacional es claro: no se puede expulsar primero y preguntar después.

Lamentablemente las decisiones de esta índole no representan ninguna novedad en Polonia. Cuando en 2015 más de un millón de personas, provenientes en su mayoría de Siria, solicitaron asilo en la UE, el bloque continental implementó un sistema de cuotas por país. Los Estados miembros debían recibir a un número determinado de refugiados de acuerdo a su tamaño, población y capacidad económica. Ese mismo año ganó las elecciones polacas el partido nacionalista Ley y Justicia, que apenas asumió el poder respondió a Bruselas con un NO incuestionable. Polonia no aceptó ni a un sólo refugiado en medio de la crisis y la justificación fue tan sólo la xenofobia, el desprecio a lo diferente, el prejuicio.

Hoy la realidad no es tan distinta y los migrantes musulmanes no son los únicos blancos del odio. La persecución estatal hacia todo lo que no sea polaco, católico y heterosexual es notablemente explícita, tanto es así que, por ejemplo, el presidente Andrzej Duda ha calificado a los movimientos de diversidades sexuales como “una ideología más peligrosa que el comunismo”. Y en los últimos días se viralizaron videos de manifestantes polacos clamando “muerte a los judíos”.

Mientras Polonia reclama mayor apoyo de la OTAN para proteger sus fronteras y Rusia envía aviones con capacidad nuclear para apoyar a Bielorrusia, la zona se militariza a niveles insólitos. Como si estas miles de personas atrapadas entre dos países que se niegan a recibirlas no fueran más que moneda de cambio, instrumentos de negociación o tan sólo la excusa necesaria para hacer estallar una disputa latente entre Minsk y la Unión Europea. Una oficialización y legitimación de la trata de personas. Hasta ahora ha habido demasiadas acusaciones cruzadas, pero pocas propuestas concretas. Sólo Irak ofreció repatriar a sus ciudadanos y algunos Estados (Lituania, entre ellos) y organizaciones internacionales han provisto de comida y abrigo.

Pero eso no basta. Las limosnas no alcanzan para proteger a miles de seres humanos cuyo único crimen es buscar una vida mejor, es huir de guerras, persecuciones y distintos tipos de penurias. Hoy el mundo los está condenando a muerte. Hoy el mundo mira hacia otro lado y se enfrasca en discusiones circunstanciales que esquivan el punto central: cómo proteger a quienes necesitan protección.

Ignacio E. Hutin
Ignacio E. Hutin
Consejero Consultivo
Licenciado en Periodismo (USAL, 2014), especializado en Liderazgo en Emergencias Humanitarias (UNDEF, 2019) y actualmente maestrando en Relaciones Internacionales. Becado por el Estado finlandés para la realización de estudios relativos al Ártico en la Universidad de Laponia (2012). Trabajó en zonas de guerra cubriendo para medios argentinos e internacionales. Focalizado en Europa Oriental, Eurasia post soviética y Balcanes. Autor del libro "Deconstrucción: Crónicas y reflexiones desde la Europa Oriental poscomunista" (CADAL, 2018).
 
 
 

 
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