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Artículos
El camino de Fidel
3 de mayo de 2006
Por Claudio Paolillo

Las peregrinaciones son casi tan antiguas como la historia. Desde hace milenios, los seres humanos suelen encarar largas y extenuantes travesías para expresar su adoración hacia sus ídolos preferidos, que en muchos casos devienen de una creencia religiosa, pero en otros no. Los sitios sagrados a los que hombres y mujeres se allegan pueden ir desde el Santo Sepulcro en Jerusalén hasta la cancha de Boca Juniors en Buenos Aires; en Uruguay, pueden ser la estancia “El Cordobés” para los blancos, la quinta de Batlle y Ordóñez para los colorados o la ruta de los cañeros para los tupamaros. En España, cristianos de todo el mundo recorren cada año “el camino de Santiago” para venerar al apóstol cuya sepultura, descubierta por un monje, dio lugar a que el rey Alfonso II ordenara levantar una iglesia en ese sitio.

A partir de enero de este año, integrantes del gobierno uruguayo han dado inicio a una particular procesión. Los “fieles” son altos jerarcas gubernamentales, incluyendo a varios ministros de Estado, y el “santo” al que rinden pleitesía es el dictador cubano Fidel Castro. No recorren “el camino de Santiago”; recorren “el camino de Fidel”.

En enero, la ministra de Desarrollo Social, Marina Arismendi, inició la peregrinación a La Habana y volvió deslumbrada con los “fantásticos” programas educativos y sanitarios que dijo haber visto in situ. “Queremos aprender de experiencias como el método cubano de alfabetización, así como el uso de medicamentos y vacunas cubanas”, afirmó en la capital de Cuba. Arismendi, quien mientras permaneció en La Habana se entrevistó con el canciller cubano Felipe Pérez Roque, confesó lo que para ella —secretaria general del Partido Comunista del Uruguay, al fin y al cabo— significaba el viaje. “Es un sueño”, declaró en la prensa cubana a su llegada.

La peregrinación al “santuario” de Castro continuó a comienzos de abril con el viaje de la ministra de Salud Pública, María Julia Muñoz, quien tuvo más suerte que su colega Arismendi: habló con el “santo”. “El conocimiento de los temas de salud que tiene Fidel Castro nos dejó maravillada”, declaró a la agencia de noticias cubana Prensa Latina. Muñoz agregó que el “polo científico cubano” es “un lugar de referencia para el mundo” y, como la ministra Arismendi, declaró haberse llevado “una fantástica impresión” por lo que se hace en Cuba en materia de salud. Esa experiencia, dijo, “es muy importante para la transformación del sistema de salud y el modelo de atención de Uruguay”.

La ministra Muñoz tampoco escatimó elogios para un plan de ahorro energético “muy revolucionario” que existe en Cuba. “Ojalá otros países lleven a cabo un programa energético como éste, pero no todas las naciones tienen a un presidente como Fidel Castro”, apuntó. “¡Mirá vos!”, habrá pensado más de uno al leer esta frase. Si ese programa de ahorro energético es tan bueno y tan “fantástico”, ¿por qué será que el gobierno que ella integra como figura principalísima no ha resuelto aplicarlo en Uruguay, un país que padece justamente de graves limitaciones energéticas? ¿Será porque Uruguay es una de esas naciones que, para su desgracia, no tiene “a un presidente como Fidel Castro”?

“El camino de Fidel” continuó siendo transitado en la última semana por otra misión oficial. Esta vez el ministro de Ganadería, José Mujica, y la vicecanciller Belela Herrera encabezaron una delegación que incluyó, asimismo, a la senadora oficialista Lucía Topolansky, esposa de Mujica. “Fidel está viejo y yo también, así que vamos a aprovechar para reunirnos a conversar”, anunció Mujica antes de salir de Montevideo.

Pero la vicecanciller Herrera, igual que sus otras dos colegas mujeres, no pudo evitar demostrar su enorme satisfacción luego de entrevistarse con Pérez Roque, el ministro de Relaciones Exteriores de la vieja dictadura cubana. Es que el “santuario” cubano parece ejercer, sobre todo en las “peregrinas” del actual gobierno, una fascinación especial. “Todo fantástico, espléndido, maravilloso”, declaró Herrera tras su encuentro con Pérez Roque, según un despacho de la Agencia France Presse (AFP).

Subyugados por la devoción infinita que les provoca llegar a ese lugar “sagrado”, los gobernantes uruguayos que han seguido “el camino de Fidel” parecen encontrar en La Habana lo que todo peregrino ansía al momento de iniciar el viaje: “la búsqueda y el encuentro de la criatura con su fuente de poder, con el lugar donde encontrará su centro, con el locutorio adecuado a la comunicación trascendente”. (1)

Sin embargo, los “peregrinos” uruguayos del “camino de Fidel”, que encuentran en Cuba todo “fantástico”, “espléndido” y “maravilloso”, no son simples “fieles” de un credo sin incidencia mayor sobre la vida de sus compatriotas. Son integrantes muy relevantes de un gobierno y, como tales, cabría esperar de ellos una actitud más equilibrada o, al menos, más mesurada.

Un poco de información bien reciente quizá les ayude a superar el sentimentalismo que les invade cuando llegan al Caribe y se ponen a conversar con un hombre que desde hace 47 años —¡47 años!— dirige la dictadura más antigua de la historia moderna de América.

Existe en este continente un organismo que se llama “Comisión Interamericana de Derechos Humanos” (CIDH). La CIDH es el mismo organismo que durante los años ‘70 y ‘80 denunció una y otra vez las violaciones a los derechos humanos perpetradas por las dictaduras militares que poblaron el subcontinente en aquélla época. Eso lo saben —y si no lo saben, cosa difícil, deberían saberlo— los ministros izquierdistas uruguayos. Pues bien: ¿qué dice la CIDH en su último “Informe Anual” respecto a la situación de los derechos humanos en Cuba? (2)

Veamos algunos párrafos de ese documento. Tal vez contribuyan a remover las telarañas que pueden estar obstruyendo la capacidad de razonamiento de los devotos ministros uruguayos:

1) En Cuba no hay, desde 1959, “elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo”. Esto “vulnera el derecho a la participación política” del pueblo cubano, según los preceptos de la “Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre”.

2) En Cuba hay presos políticos. Y los presos políticos “que denuncian o se niegan a acatar las reglas de las prisiones, son castigados con largos períodos de confinamiento en celdas de aislamiento, restricción de visitas y falta de atención médica”. Además, muchos de ellos son sometidos a “malos tratos por parte de los guardias penitenciarios”, incluso en presencia de familiares. (¿Habrá sido este pequeño problema comentado al dictador Castro por el ex preso político uruguayo Mujica, que conoce lo que son las “celdas de aislamiento”, la “restricción de visitas”, los “malos tratos” y la “falta de atención médica”?).

3) En Cuba, los familiares de los condenados por motivos políticos —esto es, porque no están de acuerdo con la dictadura de Castro— suelen sufrir “actos de acoso y hostigamiento”. La CIDH dice que “Amnistía Internacional reportó que en algunos casos, como el de nueve presos de conciencia recluidos en la prisión Kilo 8, en la provincia de Camagüey, los guardias penitenciarios habrían amenazado con suspender las visitas de sus familiares a menos que dejasen de hacer ciertas actividades, como leer la Biblia”. En particular, “las mujeres consideradas disidentes u opositoras del gobierno” son víctimas de “represión y violaciones de derechos humanos”. Algunas de ellas “están en riesgo de cárcel, persecución, detención y expulsión de sus empleos y sus familiares pueden sufrir amenazas y persecución”.

4) En Cuba, no existe libertad sindical y aquellos trabajadores que no comulgan con el régimen y tratan de organizar gremios al margen de su tutela son sistemáticamente hostigados por la policía política o, directamente, encarcelados por su actividad “contrarrevolucionaria”. La CIDH menciona decenas de casos de trabajadores despedidos “por causas políticas”, por suscribir declaraciones, por “promover la defensa de derechos humanos”, por “suministrar información a la prensa independiente” y por “pertenecer a grupos políticos de oposición”. Hay en Cuba una sola central sindical reconocida por el gobierno y no puede haber más. Todos estos ataques a la actividad sindical, dice la CIDH, “son contrarios a los derechos humanos”.

5) En Cuba, el Estado no reconoce el derecho de los cubanos a “salir del territorio y regresar cuando lo estimen pertinente”. La “Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre” dice que “toda persona tiene derecho de transitar libremente por el país del cual es nacional y de no abandonarlo sino por su voluntad”. En Cuba, los ciudadanos “necesitan contar con un permiso del Ministerio del Interior para salir al extranjero” y “las autoridades cubanas de migración continúan negando visados por razones políticas a los ciudadanos que desearen salir o entrar al territorio, o dilatan de manera indefinida el trámite de dichas solicitudes”. La CIDH afirma que “el Estado cubano restringe el derecho de residencia y tránsito” y “quienes resultan más afectados (...) son quienes disienten de la forma de gobierno imperante en el país”.

6) Cuba, afirma la CIDH, “es el único país del continente de donde de manera categórica se puede decir que no existe libertad de expresión”. Hay “represión” y “censura” contra “quienes desean expresarse libremente”, “maltratos a periodistas en prisión”, “censura previa”, “actos intimidatorios contra periodistas”, “violaciones indirectas a la libertad de expresión”, “detenciones”, “amenazas”, “allanamientos” en los domicilios de reporteros “como consecuencia de su labor” y condenas por el delito de “desacato a la figura del presidente de Cuba” que van de dos a siete años de prisión.

7) En Cuba, está prohibido el uso de la red telefónica ordinaria para conectarse a Internet. El acceso a la red lo pueden tener sólo las personas autorizadas directamente por el “responsable de un órgano u organización de la administración central”.

8) En Cuba, sostiene la CIDH, “no existe separación entre los poderes públicos que garantice una administración de justicia libre de injerencias provenientes de los demás poderes” y “la subordinación de los tribunales al Consejo de

Estado, encabezado por el jefe de Estado (Fidel Castro), representa una dependencia directa del Poder Judicial a las directrices del Poder Ejecutivo”, razón por la cual “los tribunales cubanos no garantizan efectivamente los derechos de los procesados, especialmente en los casos que tienen una connotación política”. Los jueces cubanos juzgan a los procesados “con criterios ideológicos y políticos por oposición a procedimientos judiciales que reflejen las obligaciones internacionales de Cuba en materia de derechos humanos” y no existen, por tanto, las “garantías mínimas reconocidas a todo ser humano” en cuanto al “debido proceso legal”.

Por si algún “fiel” de la secta de Castro todavía cree que la CIDH es “un instrumento del imperialismo”, vale la pena advertir que en el mismo documento reseñado, este organismo se manifiesta en contra del embargo comercial dispuesto hace décadas contra Cuba por el gobierno de Estados Unidos y considera que sus “efectos adversos” son “un obstáculo” para que se produzca una “transición” de la dictadura actual hacia “un sistema democrático de gobierno”.

De modo que en Cuba hace 47 años rige una dictadura, no hay elecciones de modo que el pueblo pueda designar a sus gobernantes, hay presos políticos, sus familiares son perseguidos, no existe la libertad sindical, los ciudadanos no pueden entrar o salir del país cuando quieren, la libertad de expresión es una entelequia, nadie está habilitado para acceder a Internet sin autorización del gobierno y la justicia es una parodia dirigida por Castro.

Es asombroso que los gobernantes uruguayos de hoy, algunos de ellos perseguidos en el pasado por otra dictadura en su propio país, crean seriamente que esto que describe la CIDH puede llegar a ser “todo fantástico, espléndido, maravilloso”. Si lo dicen sólo para quedar bien con el “dictador amigo” y recibir la “bendición” del “santo padre” de las izquierdas latinoamericanas, estaríamos ante un caso de frivolidad galopante. Si en verdad están convencidos de que aquella tiranía es una “maravilla”, entonces repetirán la mentira de que la CIDH, la ONU y todas las organizaciones e individuos que defienden y promueven la libertad y los derechos humanos en Cuba son de “derecha”, “neoliberales”, “enanos fascistoides”, “lacayos del imperio” y todas las sandeces que Castro y su gente suelen desempolvar para eludir el análisis serio de la situación y, como siempre, embarrar la cancha a su favor. La dictadura de Cuba no es una “maravilla”; es una basura. Como todas las dictaduras. Tarde o temprano, hasta los “peregrinos” tendrán que asumirlo.

(1) Tomado de un artículo sobre “Las peregrinaciones”, publicado en el sitio web “México desconocido online”

(2) Informe Anual de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos 2004, publicado el 23 de febrero del 2005, Capítulo IV “Desarrollo de los derechos humanos en la región”.

Claudio Paolillo es Director-Editor del Semanario Búsqueda (Uruguay).

Por Claudio Paolillo