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Artículos
Las caderas de Kirchner
19 de mayo de 2006
Por Claudio Paolillo

Cientos de millones de personas en América y Europa recuerdan desde la semana pasada las caderas de Evangelina Carrozo mejor que los nombres de sus propios presidentes. El trasero de la despampanante modelo entrerriana fue, por lejos, "la" fotografía que monopolizó las portadas de los principales diarios a propósito de la IV Cumbre de Europa, América Latina y el Caribe, que nucleó a 58 presidentes y jefes de Estado en Viena (Austria).

Y, la verdad sea dicha, esa foto se transformó en un buen resumen sobre lo que fue el encuentro, una reunión bastante inútil como muchas de las de ese tipo, donde el carnaval de Gualeguaychú estuvo presente desde el inicio con divertidos clowns como Hugo Chávez, saltimbanquis como Evo Morales y cabezudos como Néstor Kirchner, que hicieron las delicias de los presidentes europeos y de los pocos latinoamericanos serios que van quedando.

Las asentaderas de Carrozo -a quien ya les echó el ojo el productor porteño Gerardo Sofovich, para que muestre en la televisión sus atributos corporales y no los carteles contra las "papeleras" uruguayas (y sólo contra las uruguayas) que le dio la ubicua y oportunista multinacional primermundista llamada "Greenpeace"- fueron, además, una metáfora casi perfecta para el grave conflicto que existe entre Argentina y Uruguay.

¿Por qué? Porque, por un lado, dejaron otra vez en evidencia que las relaciones entre los gobiernos de los "hermanos" del Plata siguen estando "como el traste". Y, sobre todo, porque mostraron la orfandad absoluta de razones que aqueja al gobierno kirchnerista en este diferendo.

Es que toda la batería argumental del gobierno argentino tenía que terminar en una payasada como la de la semana pasada: el primer argumento fue el aliento y la tolerancia de piquetes ilegales contra el libre tránsito de personas y mercaderías en los puentes sobre el río Uruguay; el segundo, la denuncia contra Uruguay ante organismos internacionales; el tercero, las amenazas explícitas contra el vecino chico. El final no podía ser otro que la exhibición mundial de un trasero de origen argentino, tan monumental como la conducta fascistoide del peronismo chantajista y vulgar que practica el actual régimen kirchnerista.

De hecho, las nalgas de Carrozo lucen mucho mejor -y son infinitamente más inofensivas- que lo que hay adentro de las cabezas de los principales gobernantes argentinos de la era que dirige por casualidad el nunca electo del todo Néstor Kirchner. Después de traicionar a sus viejos y (hasta ayer nomás) admirados líderes Carlos Menem y Eduardo Duhalde, Kirchner quiere ahora que nadie se meta en su guerra contra Uruguay de modo de estar en mejores condiciones para someter a este país a sus designios. "Es un conflicto que hay que aislar" dijo el domingo 14 de mayo a periodistas argentinos. Y lo hizo sin que se le notara una pizca de vergüenza. Porque, poco antes, Argentina había super-internacionalizado el conflicto al denunciar a Uruguay ante la Corte de La Haya. ¿Cómo puede afirmar tan suelto de cuerpo Kirchner que quiere "aislar" alguna cosa si al mismo tiempo la está internacionalizando al máximo nivel posible?

La explicación a esta aparente contradicción la dio el mismo Kirchner en esas declaraciones. "Con Uruguay tenemos una relación que va más allá de la cuestión de las fábricas en la ciudad de Fray Bentos (...). Nosotros les damos gas, les damos luz, el 80% de las inversiones en Punta del Este. El otro día, por culpa de una sequía, Brasil les cortó la energía, nos pidieron más y se la pasamos", afirmó en un tono que a algunos les sonó conciliador. De manera que Kirchner, el magnánimo, nos "da" gas, nos "da" luz y nos "pasa" energía. Debe creer que lo hace de puro bondadoso, a cambio de nada. Pero si entiende que él y su gobierno nos "dan" algo, también él y su gobierno pueden creer un día que están en condiciones de "quitárnoslo". "Aislar" el conflicto significa, pues, lo mejor que le puede ocurrir a Kirchner: significa que Argentina puede atacar al Uruguay sin interferencias de terceros. Nadie podrá venir en auxilio del vecino menor. Ni desde el Mercosur, ni desde ninguna parte. Argentina contra Uruguay. Punto.

Se trata de la lógica del matón que es, al mismo tiempo, cobarde y patotero. El matón sabe que carece razón pero también sabe que, contra uno que es mucho más chico, mano a mano tiene más fuerza bruta. Y mientras consiga que los demás no se metan -ni Brasil, que no se ha portado bien con Uruguay en esta controversia, ni ningún otro país de similar porte al de Argentina- Kirchner cree que podrá, a puro prepo, amenazas y extorsiones, doblegar a Uruguay.

En otras palabras: Kirchner no dudará un instante en cortar a Uruguay el suministro de lo que sea para hacerle sufrir, mientras no se someta a su voluntad. Suspenderá, si lo considera necesario, la provisión de gas y de electricidad, pero también el dragado de los canales que permiten a los barcos navegar hasta las costas uruguayas. Y, cuando así lo precise, alentará otra vez a sus piqueteros para que vuelvan a interrumpir el tránsito sobre los puentes internacionales. "Usted no se imagina, pero Kirchner es capaz de hacer cualquier cosa contra Uruguay", me dijo la semana pasada un diplomático que conoce bien de cerca la ilimitada irracionalidad de ese vendaval, mezcla de prepotencia e ignorancia, que ocupa desde el 2003 la Casa Rosada en Buenos Aires.

Desde ya que en esta alcaldada con aire virreinal, nada tiene que ver la ecología o el medio ambiente. Basta ver un informe publicado en la última edición de la revista argentina "Noticias", según el cual en el país de Kirchner "existen diez fábricas que producen celulosa, varias de ellas con tecnología todavía más primitiva que la que se desarrolla en Uruguay". En el país de Kirchner "el boom minero se sustenta en la explotación a cielo abierto con cianuro", "pueblos petroleros como el de Koluel Kaike, en Santa Cruz (feudo donde Kirchner gobernaba antes de saltar a la Presidencia), sufren la contaminación de sus aguas", las reservas de pingüinos peligran por derrames de petróleo y el Riachuelo porteño es un basurero maloliente.

Las "papeleras" uruguayas son una "cuestión de Estado" para el Kirchner "ecológico", pero las porquerías con las que convive su pueblo no ingresan en la categoría. El gobierno argentino va a La Haya y pasea por el mundo los traseros de sus mujeres para acorralar a un vecino al que sabe vulnerable por su tamaño, pero no se ocupa de la ecología en su propio territorio.

El ataque del gobierno argentino a Uruguay es tan infame como desproporcionado. El 28 de setiembre del 2005, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula Da Silva, inauguró en Eunápolis (Bahía) la planta de Veracel Celulose S.A., una sociedad de dos líderes internacionales en el sector: la brasileña Aracruz Celulose y la sueco-finlandesa Stora Enso (también cuestionada ante La Haya por Argentina, aunque no planifique construir su fábrica uruguaya en ningún río fronterizo).

Hablando ante los empresarios y ante los embajadores de Suecia y Finlandia, Lula elogió la instalación de la "papelera", que demandó una inversión de 1.200 millones de dólares, y destacó las diferencias entre su país y los de los inversores europeos, no para atacarlos, sino para aprender de su experiencia. "Un eucalipto, en nuestro clima, da un corte en siete años, contra 30 o 40 años en el caso de un pino en los países nórdicos. Sin embargo, es importante recordar (que) esa desventaja natural no impidió que muchos de esos países desarrollaran una poderosa industria forestal contribuyendo así a colocar a sus pueblos al tope del desarrollo humano en nuestro planeta. Esta es la principal diferencia entre una nación y una colonia abastecedora de materias primas", dijo.

El presidente brasileño marcó su decisión de sacar a su nación de la lista de "países en desarrollo" para hacerla ingresar definitivamente a la de "países desarrollados". Agregó que "para eso, es necesario que haya confianza como esta que ustedes demostraron al hacer esta inversión de Veracel aquí, en el sur de Bahía" e invitó a los empresarios extranjeros a expandirse por todo Brasil.

Eso es lo que precisa Uruguay. También lo precisa Argentina. No hay balandronada patriotera ni ningún meneo de caderas, por más espectacular y efectista que sea, capaz de sacar del pozo a nadie. Ni a los "hermanos" del Plata ni a ninguna otra nación.

Desgraciadamente, Kirchner ya consiguió desatar entre muchos de sus compatriotas los peligrosos demonios del nacionalismo ramplón. La hinchada de Boca Juniors despliega banderas "contra las papeleras" en la Bombonera, las azafatas argentinas de compañías norteamericanas se juegan sus puestos de trabajo al azuzar a los viajeros "contra las papeleras" después de decirles que se abrochen los cinturones y Carrozo es recibida como una heroína de la patria en Gualeguaychú. Ahora que Kirchner se apresta a desempolvar en Plaza de Mayo el jueves 25 la vieja estética fascista del peor peronismo (el bombo en la calle, el acarreo de la gente, "el líder" y el balcón), sería aconsejable que el gobierno de Uruguay se mantenga tranquilo pero atento. No vaya a ser que vuelva a caer en el error de creer que las acciones hostiles del kirchnerismo son "pasajeras" porque "obedecen a un fenómeno electoral".

No lo son. Y el asunto puede llegar a ser mucho más serio.

Mientras ese infantilismo ombliguista siga prevaleciendo en la Casa Rosada, para Argentina no habrá solución posible. Y en ese camino de decadencia y frivolidad, hasta Maradona tendrá chance de ser presidente.

Claudio Paolillo es editor y director periodístico del Semanario Búsqueda (Uruguay) y Director Regional de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).
Originalmente publicada el 18 de mayo en el semanario Búsqueda de Uruguay.