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Artículos
Uruguay: Pasajeros a la deriva
23 de junio de 2006

Hace no mucho tiempo, cuando el diferendo con Argentina por las fábricas de celulosa sobre el río Uruguay estaba en su apogeo, el presidente Tabaré Vázquez llegó a decir en una de sus reuniones semanales con los ministros que “el Mercosur no existe”. Era, aquél de hace apenas algunos meses, un tiempo en el que el presidente decía a sus colaboradores que lo que estaba en juego en el conflicto con el gobierno argentino era determinar si el Uruguay era una provincia argentina o una nación independiente. Nada menos.

Pero como consecuencia de acciones del presidente que desconciertan tanto afuera como adentro del gobernante Frente Amplio, ya hay mucha gente que no sabe cuándo creerle. El 15 de marzo, durante una conferencia de prensa que ofreció junto con el presidente Hugo Chávez en Caracas, un periodista uruguayo, luego de escuchar al comandante petrolero del Caribe hablar hasta por los codos acerca de la “integración latinoamericana”, decidió hacerle al mandamás venezolano una pregunta lógica. “Mi pregunta apunta un poco a lo que mencionaba usted en su discurso vinculado al Tratado de Libre Comercio (TLC). Quería saber si en el caso de que algún país del Mercosur, como puede ocurrir eventualmente con Uruguay, firme un TLC con Estados Unidos, esto podría ocasionar perjuicios para el Mercosur”, inquirió el reportero a Chávez, novel “compañero” del “inexistente” Mercosur. Vázquez tomó el micrófono antes de que Chávez pudiera emitir algún sonido y, golpeando la mesa, aseguró ante una nutrida claque “bolivariana” y “revolucionaria” que “el actual gobierno uruguayo no tiene en carpeta ni en agenda firmar un TLC con los Estados Unidos”. Y, a modo de reto, “sugirió” a los periodistas: “espero que cuando lleguemos al Uruguay no nos llevemos la sorpresa que algún medio de comunicación diga ‘sí, pero el doctor Vázquez no fue muy claro y dijo que de repente, quizás, capaz, que por ahí’, e inician una nueva discusión”. El presidente estaba muy molesto con la pregunta. “Ustedes sabrán comprender que llega un momento que uno se calla, se calla, se calla; pero en un momento no se calla más. Y como este gobierno uruguayo recorre todo el país y habla con todos los uruguayos, estas cosas se las vamos a decir a todos los uruguayos para que no se tergiverse más lo que dice este presidente o este gobierno”. El aplauso de la claque “bolivariana” no se hizo esperar. Tampoco el del canciller Reinaldo Gargano, que asistía desde la primera fila con regocijo a la brutal desautorización que el presidente acababa de hacer, no al periodista preguntón, sino a su propio ministro de Economía, Danilo Astori, quien tres meses antes había declarado públicamente que Uruguay debía explorar un TLC con Estados Unidos.

Pero como el presidente suele olvidar con velocidad asombrosa lo que él mismo dijo con anterioridad, el 4 de mayo —apenas 50 días después de su declaración en Caracas— se reunió en Washington con el presidente George W. Bush y afirmó que un TLC con EEUU es (¿o era?) una alternativa posible. “Están abiertos todos los caminos para ser explorados. Comenzamos una tarea de exploración para ver cuál o cuáles caminos tenemos que transitar para lograr este objetivo. Veremos, estudiaremos, perdónenme que yo use la referencia de mi profesión médica, pero cuando tenemos que resolver un diagnóstico miramos todos los elementos que nos ayudan para lograr un diagnóstico acertado. Un diagnóstico sobre cuál sería el o los mejores caminos para poder profundizar el intercambio comercial. No renunciamos a estudiar ninguno de esos caminos”, dijo poco después de su conversación con Bush durante una conferencia de prensa en la capital norteamericana. Un periodista interrogó: “¿Incluso un Tratado de Libre Comercio?”. Vázquez contestó: “Como lo hicimos con México. Como lo hicimos con México”. El presidente insistió: “no desdeñamos ningún camino”. Cuando otro periodista le recordó que el “fast track” —un mecanismo que facilita al gobierno de EEUU la aprobación de TLCs con otras naciones— expira a mediados del 2007, Vázquez dijo que no había hablado con Bush “específicamente de un TLC” sino, más en general, de “intensificar el intercambio comercial”. Sin embargo, agregó: “Lo que usted dice es muy cierto pero realmente no hemos avanzado en definir esa situación. Pero si ese fuera el camino trataríamos de acelerar los pasos para que se pudiera cumplir dentro de lo que está establecido”. Y reiteró: “Están abiertos todos los caminos para ser explorados”. Al día siguiente, el 5 de mayo, la Voz de América (VOA) difundió una entrevista que una periodista de esa cadena estadounidense le hizo al presidente. La periodista preguntó: “¿Qué posibilidades hay de un tratado comercial (entre Uruguay y Estados Unidos)?”. Vázquez contestó: “Lo cierto es que pactamos avanzar para mejorar nuestro intercambio comercial y dimos instrucciones a nuestros diplomáticos, a nuestros técnicos, para que avancen en estudiar los distintos caminos que lleven a que realmente el intercambio comercial entre nuestros países aumente sustancialmente. En octubre va a haber una reunión de una comisión mixta que ya está trabajando, creo que allá en Montevideo, y seguramente ahí vamos a tener algunas novedades. Si es un Tratado de Libre Comercio, será un Tratado de Libre Comercio. Si es algún otro mecanismo, bueno, lo veremos, pero vamos a avanzar felizmente en esa dirección”.

Aquella iracunda respuesta de Caracas en marzo había sido súbitamente sustituida: un TLC entre Uruguay y Estados Unidos ya no sólo estaba “en carpeta” y “en agenda”, sino que era altamente probable.

Antes de eso, Vázquez había ido para adelante y para atrás de modo asombroso en el conflicto con Argentina. El 10 de marzo, al iniciar una gira por Chile, Bolivia, Venezuela, Brasil y Paraguay para explicar la posición uruguaya en la materia, el presidente dijo en el Aeropuerto de Carrasco que tenía una “muy buena relación” personal con Néstor Kirchner, pero advirtió que “por más que dialoguemos, mientras este grupo de personas que cortan el tránsito por los puentes estén marginando al Uruguay, nosotros no vamos a negociar” y que, por esa razón, “no está prevista ninguna reunión”. Al día siguiente, el 11 de marzo, mientras Michelle Bachelet asumía como presidenta de Chile, Vázquez y Kirchner se encontraron y conversaron en Santiago. Al cabo de esa reunión, ofrecieron una conferencia de prensa conjunta que duró poco más de dos minutos pero fue muy significativa. Vázquez dijo allí: “Luego de una conversación y análisis de la situación que están viviendo nuestros dos países y nuestros dos pueblos hermanos, hemos resuelto, en conjunto, solicitar, pedir un gesto a las empresas que están construyendo las plantas de producción de pasta de celulosa y a los ciudadanos argentinos que están cortando los puentes que unen a los dos países, (para) que las primeras detengan por un tiempo —máximo de 90 días— la construcción de las plantas y que inmediatamente se levanten los cortes de los puentes a efectos de que nos podamos reunir a negociar entre ambos presidentes una solución definitiva para el tema. Hemos acordado también con el señor presidente Kirchner que la primera reunión —(una vez) logrado este objetivo que nos planteamos, este gesto que estamos solicitando— la primera reunión se haría en Anchorena, en el departamento de Colonia frente a Buenos Aires (y) la segunda, si es que hubiera —seguramente vamos a estar ultimando detalles en ella— se haría en la ciudad de Mar del Plata”. Este sorpresivo acuerdo entre Vázquez y Kirchner provocó un inmediato revuelo político en Montevideo. Y el 13 de marzo, ya en Bolivia, Vázquez volvió a girar la tuerca. Dijo que, efectivamente, había hablado con Kirchner en Santiago: “en este diálogo le dijimos al señor presidente de Argentina que para negociar —porque una cosa es dialogar y otra cosa es negociar— se tienen que levantar los piquetes que obstruyen el pasaje de vehículos y de personas entre los dos países, y que el gobierno uruguayo no va a parar la construcción de las plantas de celulosa”.

Más cerca en el tiempo, el presidente se descolgó con otras declaraciones sorprendentes. Hablando el lunes 12 en el programa “Código País” de Canal 12, dijo que su gobierno está aplicando, en términos generales, la misma política económica que hubo en Uruguay a partir del 2002, cuando promediaba el gobierno del presidente Jorge Batlle. “Lo que nosotros estamos llevando adelante es, mejorada y con cambios, la política que el gobierno del doctor Batlle implementó después de que se cayó el país; no la que estaban llevando antes”. ¿Por qué? Porque, según Vázquez, Batlle y sus colaboradores “cambiaron (...) en la dirección que veníamos reclamando nosotros”. Por lo tanto, afirmó, “a nadie le puede extrañar que hoy continuemos, cambiemos y tratemos de mejorar la política que en el 2002 se llevó adelante. Esa es la realidad”. No hay que tener demasiada memoria para recordar que toda la campaña electoral del Frente Amplio en los años 2003 y 2004 se basó en el eslogan “cambiemos” y que eso significaba, entre otras cosas y principalmente, modificar la política económica.

En medio de estos episodios concretos —y hay, de este tipo, muchos más que los reseñados—, Vázquez convive desde el 1º de marzo del 2005 con una contradicción sustancial y permanente: por un lado, hay un discurso muy firme y seguro del presidente y del gobierno diciendo que la inversión privada y extranjera es fundamental para generar en el país puestos de trabajo genuinos que permitan reducir la pobreza. Por otro lado, hay un accionar del mismo presidente y del mismo gobierno que tolera y alienta las ocupaciones de empresas como “una extensión del derecho de huelga”, vulnerando así preceptos constitucionales básicos como el derecho a la propiedad y el derecho al trabajo. Y desalentando, de ese modo, aquella línea estratégica básica que se pregona desde la cúspide del gobierno como sustento esencial para crecer y combatir las desigualdades sociales.

El presidente desconcierta y su rumbo es una incógnita. A eso se suma la endeblez de sus principales apoyos políticos. Ya le anunciaron sus renuncias —y hasta ahora las han dejado en suspenso— los ministros Danilo Astori (Economía), José Mujica (Ganadería) y Reinaldo Gargano (Relaciones Exteriores). Astori, porque el presidente le quiso armar un presupuesto con más gastos que los que el ministro consideraba tolerables. Mujica, porque no puede tolerar que el presidente se niegue a aceptar que el Estado absorba las deudas de los productores agropecuarios, lo que produciría gastos que Astori no está dispuesto a erogar. Y Gargano, porque no puede tolerar un TLC con EEUU por su propia formación ideológica y porque ya está demasiado veterano como para cambiar su modo de pensar respecto al “imperio” y a su “maldad intrínseca”.

Las cosas más elementales, pues, parecen estar prendidas con alfileres. A veces da la sensación de que el gobierno ha perdido la brújula. Está claro —porque es evidente y público— que mientras hay jerarcas del gobierno que apuntan hacia el norte, otros rumbean hacia el este y los hay quienes se dirigen al oeste. El problema es cuando el capitán del barco un día va hacia el norte, otro día hacia el este y otro hacia el sur. Así, la tripulación se confunde. Y los pasajeros pueden sentir que están a la deriva.

Claudio Paolillo es editor y director periodístico del Semanario Búsqueda (Uruguay) y Director Regional de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).