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Artículos
Lo ''estratégico''
26 de julio de 2006
Por Claudio Paolillo

¿Qué es “estratégico” en Uruguay? Si esta pregunta le fuera formulada a un político —y, especialmente, a uno que estuviera revistando en los grupos que más gritan en el actual gobierno del izquierdista Frente Amplio— diría que sin ninguna duda, entre otras cosas, la propiedad estatal de la petrolera ANCAP es un asunto “estratégico” para el país. También diría lo mismo acerca de las estatales Antel (telefonía), UTE (electricidad), OSE (agua y saneamiento) y el Banco de la República. Pero, con toda probabilidad, ANCAP no faltaría de la lista.

No sería dable esperar otra cosa, por cuanto hace menos de tres años, en diciembre del 2003, con el entonces candidato presidencial Tabaré Vázquez a la cabeza, el Frente Amplio logró una amplia mayoría popular para derogar en un referéndum una ley que habilitaba a ANCAP a asociarse con otras empresas (estatales o privadas) porque, se decía entonces, eso constituía un jalón fundamental en la “lucha contra el neoliberalismo”. Vázquez y la mayoría frentista arrasaron en aquella oportunidad, ganándoles por sí solos a todos los demás partidos juntos y pasándole por arriba al nada desdeñable dato de que la ley había sido corredactada por el actual ministro de Economía, Danilo Astori, y por los actuales senadores oficialistas Alberto Couriel y Enrique Rubio. Los tres consideraban que la ley era “buena” para ANCAP, pero el argumento “estratégico” de que ANCAP no podía asociarse (ni hablar de que pudiera ser privatizada) con otras empresas sin que el Uruguay perdiera “soberanía” prendió fuerte en todo el electorado frentista y en una porción no menor del público no frentista.

Hace dos semanas, Rosneft, una de las mayores petroleras estatales rusas, puso a la venta una pequeña parte de sus acciones en los mercados internacionales, obteniendo en principio el interés de compañías británicas, chinas, malayas y brasileñas, así como de ciudadanos rusos interesados en hacerse propietarios de ellas. Las primeras cifras manejadas para esta venta en bolsa superaron los U$S 10.000 millones.

Comentando este evento, Mijail Gorbachov, el último presidente de la Unión Soviética, ex secretario general del Partido Comunista de esa potencia desaparecida y conductor de las reformas políticas y económicas que a fines de los ’80 pusieron fin a la larga dictadura soviética, al Muro de Berlín y a todas las tiranías de la Europa del Este, dijo el miércoles 12 que “la privatización de Rosneft (...) es una muestra de los cambios que están teniendo lugar hoy en Rusia” y “representa la confianza en el crecimiento económico de Rusia”. Gorbachov, que hoy preside en Moscú una fundación que lleva su nombre, afirmó que “al abrir la privatización al pueblo ruso, el gobierno está cruzando una importante línea al darles a muchos más ciudadanos comunes la oportunidad de tener un interés directo en el éxito futuro de la economía rusa”.

El último jefe del PCUS explicó que este movimiento está en las antípodas de lo que ocurrió cuando, a comienzos de los ’90, el ex presidente Boris Yeltsin intentó pasar del día a la noche “de un estado totalitario a un sistema de libre mercado”. En aquellos años, las grandes industrias estatales del fenecido imperio soviético fueron transferidas a un puñado de individuos que se transformaron en los nuevos millonarios del país, creando una “nueva clase de industriales super ricos, antes de acomodar las instituciones y las reformas necesarias para regular los excesos del capitalismo de libre mercado y para asegurar que la mayoría de la población rusa pudiera compartir los beneficios del cambio económico”. Eso no se hizo así y entonces, durante la era de Yeltsin, grandes activos estatales fueron puestos en las manos de unas pocas personas “confiables”, con operaciones que, según Gorbachov, lejos estuvieron de alcanzar las mínimas cotas de transparencia.

Ahora, llevando a la bolsa las acciones de Rosneft, el gobierno de Vladimir Putin “está manejando la privatización, habiendo aprendido tanto de la experiencia pasada en Rusia como de las mejores prácticas internacionales” en la materia, concluyó Gorbachov. (1)

Por cierto, Rosneft no es ANCAP. Para empezar, tiene petróleo porque en Rusia hay petróleo. ANCAP no tiene petróleo porque, desgraciadamente, Uruguay nunca pudo hallar un solo yacimiento en su territorio. Entonces, lo tiene que comprar. Rosneft tiene, además, gas, elemento del cual ANCAP y el Uruguay, como es notorio, también carecen (y, también, compran). Rosneft —una empresa creada en 1993 sobre la base de los activos previamente manejados por Rosneftegaz, la sucesora del Ministerio de Petróleo y Gas de la Unión Soviética— opera 10 sucursales productoras de gas y petróleo a lo largo de toda Rusia, tiene dos refinerías con una capacidad combinada de 10 millones de toneladas, cuatro grandes terminales para la exportación del petróleo que extrae y una red nacional de 600 estaciones de servicio. Durante el año 2005, produjo 75 millones de toneladas de crudo y 13.000 millones de metros cúbicos de gas. Sus ingresos, sólo el año pasado, fueron de 24 billones de dólares. No vale la pena comparar esos números con los de ANCAP. Hablan por sí solos.

Los dirigentes y la mayoría de los ciudadanos uruguayos han creído hasta el día de hoy que, por más que el país no tenga ni una gota de petróleo ni gas, la propiedad estatal de la empresa que refina los combustibles que está obligada a comprar a precios que siempre fijan las compañías y los países productores de crudo, es una cuestión “estratégica”. Mientras tanto, los rusos, que a la luz de las enormes reservas de crudo y gas que sí poseen podrían considerar “estratégica” con más argumentos que los uruguayos la propiedad estatal de sus empresas, deciden privatizarlas, poniendo sus acciones en la bolsa.

Este ejemplo y las reflexiones de Gorbachov son una nueva evidencia acerca de cuán lejos estamos de ordenar las prioridades que hace rato están claras en el mundo que progresa.

¿Qué es, entonces, lo “estratégico” para Uruguay? Claramente, no el mantenimiento de la propiedad estatal de una empresa de combustibles que no tiene petróleo ni de ninguna de las empresas que sólo cobran tarifas caras y pagan a sus empleados sueldos mejores que los que reciben los maestros, los policías y los funcionarios de la salud pública. Aunque quieran ser presentadas como íconos de nuestra “soberanía”, esas empresas no son más que tristes evidencias del atraso en el que seguimos estancados aunque algunos números macroeconómicos estén dando circunstancialmente bien.

Lo “estratégico” para Uruguay es entender, de una buena vez, que no es posible que haya, en una población apenas superior a los tres millones de habitantes, casi un tercio que vive bajo la línea de pobreza y, peor que eso, que la pobreza supera al 50% entre los uruguayos menores de edad. Que no es posible que, en una nación tan despoblada, 122.000 uruguayos hayan emigrado entre los últimos dos censos (1996-2004) y que el 66% del total de emigrantes tenía entre 20 y 39 años, en plena edad de producir. Y que no es posible mantenerse en la quietud viendo cómo la pirámide de edad en la sociedad tiende a un paulatino pero firme envejecimiento de la población que obliga al Estado a pagar más de 700.000 pasividades cada mes, a un costo equivalente al 11% del PBI.

Todo esto es simplemente insostenible, no ya en el largo plazo, sino a mediano plazo. Es una bomba de tiempo a punto de estallar: niños hambrientos, excluidos y no educados que crecerán, si pueden, a como dé lugar y muchos de ellos serán forzados a delinquir; adultos jóvenes, muchos de ellos capacitados en la enseñanza gratuita uruguaya, que siguen siendo expulsados de su patria sólo porque no encuentran oportunidades para trabajar en su tierra; y una cantidad enorme de viejos que, si no hay cambios drásticos, un día no tendrán nada para cobrar porque no habrá con qué pagarles.

Lo “estratégico”, pues, para Uruguay no son las viejas discusiones absurdas sobre la propiedad estatal o privada de las empresas. Lo “estratégico” es cumplir a rajatabla la línea madre explicitada públicamente por el presidente de la República y por su ministro de Economía al comienzo de este gobierno en cuanto a que la situación antes descrita sólo puede ser revertida si las inversiones privadas, nacionales y, sobre todo, extranjeras, crecen dramáticamente en el país en el corto plazo para generar cientos de miles de fuentes de trabajo nuevas y genuinas que permitan a los pobres reinsertarse en el mercado laboral, que inviten a los adultos jóvenes a permanecer en su tierra porque, finalmente, puedan encontrar aquí las oportunidades que merecen, y que eviten el riesgo cierto de que algún día no muy lejano no haya con qué pagarles a los jubilados.

Todo lo que se haga desde el gobierno, o desde las apoyaturas sociales que tiene, que se oponga u obstaculice de un modo u otro esta línea estratégica fijada por el presidente y su principal ministro, conspira contra la felicidad de los uruguayos. Más aún: los condena al estancamiento, al atraso y a la depresión, quién sabe por cuanto tiempo.

Mucha gente en todo el mundo ya aprendió esta lección y les ha ido bien. Los chilenos son el ejemplo más cercano que tenemos en ese sentido. Los irlandeses, los neocelandeses y los vietnamitas hicieron lo mismo y pegaron el salto. Todos ellos —los políticos y las sociedades que representan— hicieron en algún momento el “clic” cultural imprescindible para salir del pantano. Hasta los rusos se sacudieron las telarañas y, con petróleo y gas en abundancia, no dudaron en poner a la venta acciones de empresas que nosotros, sin nada de lo que ellos tienen, consideramos “estratégicas”.

O comprendemos rápidamente qué es “estratégico” para el Uruguay de hoy, o el Uruguay del mañana estará, una vez más, enfrentado a graves problemas. Quizá mucho más graves que los que podemos imaginar.
 
Claudio Paolillo es Director-Editor General del semanario uruguayo “Búsqueda”
 
(1) Mijail Gorbachov, “Rosneft will reinforce Russian reform”, “Financial Times”, 12 de julio, 2006, pág. 11