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Tabaré tiene 17.497 razones para hablar por teléfono con Bush
21 de marzo de 2007
Por Claudio Paolillo

Durante el año 2006, 17.497 uruguayos se fueron del país, según datos oficiales. Para ser una cifra correspondiente a un solo año, 17.497 personas de emigrantes en una población que oscila en los 3:300.000 habitantes no es poca cosa. ¿Por qué se fueron estos uruguayos, la mayoría en condiciones de trabajar y de producir? ¿Serán todos blancos y colorados que “huyen” del gobierno izquierdista del Frente Amplio? Seguramente, no. Al revés: lo más probable es que muchos de estos emigrantes hayan votado por Tabaré Vázquez en octubre del 2004, porque la mayoría de los uruguayos lo apoyaron a él en las elecciones de ese año. ¿Se habrán ido porque, de pronto, las catástrofes naturales empezaron a amenazar la vida de los uruguayos? No hay razones para siquiera especular con eso: en Uruguay no hay terremotos, no hay maremotos, no hay huracanes, no hay tornados, no hay calores agobiantes en el verano ni fríos insoportables en el invierno. No hay nada de eso. ¿Será entonces el miedo a los asesinatos políticos lo que espanta a la gente? La respuesta es obvia: en Uruguay no hay terrorismo (ni estatal ni guerrillero), no hay una guerra civil y no hay una guerra contra otro país. ¿Habrá en Uruguay una intolerancia racial y, también, una persecución a las religiones tan evidente que provoca esta fuga masiva de personas? Otra vez, no parece ser el caso. ¿Existe, quizá, algún tipo de fundamentalismo religioso que ponga en riesgo la convivencia pacífica entre los ciudadanos del país? Pues, de eso, ni miras.

Sin embargo, todas esas calamidades existen muy en serio en numerosos lugares del mundo, definitivamente mucho más densamente poblados que Uruguay. Afectan a miles de millones de personas. En numerosos lugares del mundo los gobiernos persiguen a la gente por sus ideas políticas o por sus creencias religiosas, millones y millones de seres humanos enfrentan todos los años maremotos y huracanes mortales, terremotos y furiosos tornados, centenares de millones sienten en carne propia la amenaza diaria de morir como consecuencia de balas o bombas que explotan en sus barrios en medio de horribles guerras, el terrorismo estatal descaece la calidad de vida de otros tantos millones en países dictatoriales donde los pueblos sobreviven en un estado de temor permanente y el terrorismo no estatal, practicado por fanáticos que ni siquiera reparan en conservar sus propias vidas, se expande como una nueva plaga por diversas zonas del mundo donde las personas viven muertas de susto cada hora y cada minuto de sus agitadas existencias. Y nada de todo esto, que afecta tanto a tanta gente en todo el planeta, sucede en Uruguay.

Entonces, ¿por qué se fueron 17.497 uruguayos el año pasado? ¿Y por qué se fueron 8.962 en el 2005 y 7.148 en el 2004? ¿Por qué se fueron 52.000 uruguayos entre el 2002 y el 2003? ¿Por qué se fueron otros 18.000 en el 2000? En definitiva, ¿por qué hay 460.000 uruguayos (14% de la población actual) viviendo fuera del Uruguay?

Si no hay desastres naturales, ni guerras, ni persecución política, ni terrorismo, ni fundamentalismo religioso, lo único que puede explicar que el Uruguay expulse a la gente en lugar de atraerla es que Uruguay no es hoy —como no lo es desde hace muchos años— un país de oportunidades. Uruguay es un país que no ofrece nada interesante para que los jóvenes decidan quedarse en él, si encuentran en otras naciones la posibilidad de progresar y hacer valer sus talentos y sus virtudes. En Uruguay la oferta de trabajo es escasa y, además, lo poco que hay es remunerado con salarios que van desde la indecencia hasta la mediocridad. Apenas dan para sobrevivir. Por supuesto que hay excepciones, pero esa es la regla.

No siempre fue así la historia del Uruguay. Antes, hace ya muchas décadas, esta era una orgullosa nación de inmigrantes, la población crecía y la sociedad se desarrollaba. La “Suiza de América” prosperaba y sus futbolistas ganaban campeonatos del mundo. La gente no se iba del Uruguay sino que venía al Uruguay. Ahora es al revés. La gente se va. Y se va más allá de quién esté en el gobierno. Los uruguayos se han estado yendo sin solución de continuidad con los gobiernos colorados y blancos, con los militares y, ahora, con el frentista. No les importa quién dirige el Estado. Les importa llegar a fin de mes sin ahogos económicos o financieros y contar con alguna capacidad de ahorro.

Para eso se precisa trabajo decente. Y para que haya trabajo decente, se necesitan —entre otras cosas— inversiones y empresarios que decidan radicarse en Uruguay, se necesita un Uruguay abierto al mundo entero y no encerrado en la jaula en que se ha convertido el Mercosur, se necesita que las empresas nacionales o extranjeras radicadas en Uruguay exporten al mundo por montos cinco o seis veces mayores a los actuales y se necesita un Estado cuya burocracia franquee el paso a las oportunidades y no que se dedique a trancarlas.

Cuando el sábado 10, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, comentó en Montevideo que horas antes le había ofrecido al presidente Tabaré Vázquez mantener una línea directa entre ambos a efectos de que si Uruguay precisaba cualquier cosa de la primera potencia del mundo, simplemente lo llamara, todos quienes le escucharon llegaron a la misma conclusión: el famoso “tren” acerca del cual el mandatario uruguayo había hablado en agosto de 2006 para aludir metafóricamente a la posibilidad casi única de suscribir un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, estaba otra vez en la “Estación Uruguay”.

Un TLC con Estados Unidos, como dijo el año pasado el ministro de Economía, Danilo Astori, sería “una cuestión estratégica y fundamental para que Uruguay ingrese en una etapa superior de evolución económica, tanto desde el punto de vista de las inversiones y del empleo como de la producción y el comercio”. La razón es muy sencilla: Estados Unidos cada día compra al resto del mundo 5.000 millones de dólares en bienes y servicios. Es un poco más que lo que Uruguay exportó en 2006 por bienes y servicios. O sea que todo lo que Uruguay exporta en un año, Estados Unidos lo compra en menos de 24 horas.

El presidente Vázquez tiene ahora, una vez más, la responsabilidad de decidir qué hace. Tendrá que decidir si quiere o no ir hacia un TLC con Estados Unidos. Y, a partir de allí, tendrá que decidir si quiere hacer otros TLCs con países como Japón, Corea, India y regiones como la Unión Europea, como él mismo ha dicho que quiere. Y esa decisión, tanto si es a favor como si es en contra, tiene la potencialidad de marcar al Uruguay por décadas. Si es a favor, puede habilitar al país a dar un salto cualitativo hacia el progreso de una dimensión enorme. Si es en contra, entonces Uruguay quedaría, en el mejor de los casos, estancado respecto a sí mismo, prisionero de las veleidades incontrolables de Argentina y Brasil y retrocediendo y atrasándose con relación al resto del mundo. Se autocondenaría a la irrelevancia más absoluta y a una agonía lenta y triste, en un país que acentuaría sus ya graves problemas: cada vez más niños pobres, cada vez más jóvenes emigrantes, cada vez más familias desintegradas y cada vez más abuelos miserables porque no habría con qué pagarles sus pensiones.

“Just pick up the phone”, le dijo Bush a Vázquez el último fin de semana. Si sólo mira lo que ocurrió el año pasado, el presidente uruguayo tiene por lo menos 17.497 buenas razones para tomar el teléfono lo antes posible.

Claudio Paolillo es Director-Editor General del Semanario Búsqueda de Uruguay.