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Instituto Václav Havel
25-06-2026Mundial 78 : Empate entre la Junta Militar y la solidaridad democrática europea
Medir el boicot del 78 solo por sus resultados inmediatos sería un error de perspectiva. Ningún equipo se bajó del Mundial. El torneo se jugó. La Junta consiguió la foto que buscaba. Lo que realmente gestó el movimiento europeo del 78 fue algo mucho menos espectacular pero más duradero: una infraestructura moral. Quedaría una pregunta que este aniversario vuelve a poner sobre la mesa: ¿qué se puede hacer con las lecciones de 1978?
Por Thibaut Francois
Cuando la FIFA le otorgó la sede de la Copa del Mundo a la Argentina en 1966, a pocos días del golpe de Estado del general Onganía que acababa de derrocar al gobierno democrático de Arturo Illia, la organización internacional ya mostraba una indiferencia característica frente a los regímenes políticos de los países anfitriones. Una indiferencia que mantiene desde su creación, tal como lo demostró la realización del Mundial de Qatar en 2022.
La Junta Militar, que tomó el poder tras derrocar al gobierno de Isabel Martínez de Perón el 24 de marzo de 1976, heredó la organización de este Mundial y vio en él una oportunidad excepcional para lavar su imagen. Las acusaciones por violaciones a los derechos humanos se multiplicaban en el exterior, las desapariciones forzadas despertaban la preocupación de los organismos internacionales, y la Junta era consciente de que su imagen en el mundo era un problema. Por eso, el régimen dictatorial contrató a la agencia estadounidense Burson-Marsteller, conocida por manejar las crisis de imagen de gobiernos autoritarios como el de Ceaușescu en Rumania, para hacer un lavado de cara. El Mundial venía a encarnar a una nación argentina unida, moderna y pacificada.
En el territorio nacional, a los periodistas extranjeros se les prohibió cubrir cualquier otra cosa que no fuera fútbol. Toda investigación sobre la política de desapariciones forzadas del régimen, la represión o los centros clandestinos de detención era presentada como parte de una vasta «campaña antiargentina» orquestada desde el exterior para desestabilizar al gobierno. Mientras esta retórica se desplegaba tanto en Argentina como a través de otros movimientos internacionales, la realidad era otra. Era la de la convivencia entre la cancha de River Plate y la ESMA, el epicentro de la represión, separados por apenas 800 metros de distancia.
Así, Ricardo Coquet, sobreviviente de la represión, dio testimonio años después de lo cruel que resultó el Mundial para los detenidos: por más que se pusieran contentos de que la Selección de fútbol ganara los partidos, la realidad golpeaba de frente y la euforia se apagaba cuando los oficiales traían a un compañero recién torturado. De este modo, el Mundial representó una doble manipulación: por un lado, mostrar hacia afuera que el país estaba unido; por el otro, hacerles creer a los detenidos-desaparecidos que la sociedad estaba feliz de la vida mientras a ellos los torturaban en esa misma ciudad.
Francia, epicentro del debate sobre el boicot
Fue en Francia donde el debate en torno al boicot tomó la forma más estructurada y visible. Desde el golpe de Estado en Chile en 1973, la izquierda francesa y la latinoamericana venían tejiendo lazos muy estrechos. Miles de exiliados chilenos, uruguayos y argentinos se instalaron en París y en otras grandes ciudades, trayendo consigo sus testimonios y sus redes de militancia. Ya en 1975 se había creado en Francia el Comité de Apoyo a las Luchas del Pueblo Argentino (CSLPA), impulsado por franceses que habían vivido en Argentina y argentinos exiliados, con el fin de denunciar los atropellos del último gobierno peronista y de la Junta Militar.
La movilización tomó fuerza el 19 de octubre de 1977, cuando el intelectual Marek Halter publicó en Le Monde un llamado titulado «Para luchar contra la barbarie». El hecho de que la iniciativa surgiera de un individuo, y no de un partido político, es de por sí significativo: fue la sociedad civil la que se apropió del tema antes que las estructuras partidarias. Dos meses después, el 17 de diciembre de 1977, nació el Comité por el Boicot a la Organización del Mundial de Fútbol en Argentina (COBA). En cuestión de semanas, la agrupación juntó más de 150.000 firmas en un petitorio, organizó asambleas públicas por toda Francia y documentó los lazos comerciales y militares entre París y Buenos Aires, vínculos que incomodaban bastante la postura oficial del gobierno de Valéry Giscard d’Estaing.
Es que Francia se encontraba entonces en una posición muy paradójica. Mientras los diplomáticos franceses exigían saber la verdad sobre la desaparición de las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet - secuestradas en diciembre de 1977 tras una reunión de apoyo a las Madres de Plaza de Mayo y asesinadas en los vuelos de la muerte -, el Estado seguía manteniendo relaciones económicas, militares y acuerdos armamentísticos con la dictadura. Esto se daba, en particular, a través de la Misión Militar Permanente de Francia en Buenos Aires, que venía entrenando a los militares argentinos desde la década del 60. Esta ambigüedad, que los militantes del COBA se encargaron de denunciar a los cuatro vientos, resume a la perfección la tensión entre los intereses de Estado y los imperativos morales que atravesó toda esa época.
El movimiento contó con el respaldo de figuras públicas de la talla de Yves Montand, Simone Signoret, y en el ámbito deportivo, del futbolista Dominique Rocheteau, quien se pronunció públicamente en contra de que la selección francesa viajara e incluso propuso usar una cinta negra en el brazo como gesto simbólico de protesta. El sindicato de profesores de educación física llegó a afirmar que participar en el Mundial era «poner el deporte al servicio de un poder totalitario».
Pero el boicot no generaba consenso. Una encuesta de la revista "Le Nouvel Observateur" reveló que el 65 % de los franceses estaba a favor de que su selección jugara el Mundial. La discordia caló hondo incluso dentro de las filas de la izquierda. El Partido Comunista Francés (PCF) se pronunció en contra del boicot, alineándose con la postura del Partido Comunista Argentino (PCA): sostenían la insólita idea de que Videla representaba a una facción "moderada" dentro de las Fuerzas Armadas, que podía abrir el camino hacia una transición democrática. Georges Fournial, encargado de las cuestiones latinoamericanas en el PCF, llegó a asegurar que se podía contar con Videla para «renovar la democracia». El Partido Socialista también le bajó el pulgar al boicot, aunque con menos convicción. Sus argumentos iban por dos lados: por una parte, el temor a que la presión internacional endureciera aún más al régimen; por la otra, la idea de que tener al equipo francés jugando en Buenos Aires permitiría «llevar los gritos más lejos» y usar el Mundial como caja de resonancia para las denuncias de derechos humanos. En cuanto a los deportistas, su compromiso fue muy tibio, ya que el costo personal de asumir una postura política pesaba tanto en 1978 como en la actualidad.
Solidaridad europea
Si bien Francia fue el epicentro del debate, no estuvo sola. En la entonces Alemania Occidental, varios jugadores de la selección firmaron un petitorio de Amnistía Internacional, asumiendo el riesgo de pegar sus nombres a una causa abiertamente política, algo bastante inusual para el mundo del fútbol profesional de la época.
Sin embargo, fue en los Países Bajos donde la movilización alcanzó su formato más intenso y original. La campaña Bloed aan de paal («Sangre en los palos») sacudió a la sociedad civil de todo el país, copando la escena cultural además de las tribunas políticas. El dúo musical Neerlands Hoop llegó incluso a exponer ante el Parlamento holandés para dar testimonio de lo que ocurría en Argentina. Dentro de la selección naranja, que terminaría jugando la final contra Argentina, los jugadores mantuvieron un hermetismo absoluto; ninguno quiso rifar su carrera asociándose públicamente a una causa política. No obstante, tras la final, rechazaron en bloque la invitación al banquete oficial organizado por Videla, en lo que fue un gesto discreto pero con una enorme carga simbólica. Entre las voces más comprometidas se destacó la de Oeki Hoekema. Aunque no fue convocado para viajar con la selección holandesa, le dedicó los meses previos al torneo a una campaña furiosa a favor del boicot: armó charlas públicas, reuniones con políticos y juntó firmas.
Donde los militantes no lograban convencer y los deportistas optaban por el silencio, fueron dos periodistas neerlandeses quienes impusieron las imágenes más perturbadoras del torneo. El 1 de junio de 1978, día de la ceremonia de apertura, Jan van der Putten emitió en pantalla partida en dos la euforia del estadio junto a una entrevista a las Madres de Plaza de Mayo, obligando a los ciudadanos holandeses a ver al mismo tiempo la fiesta y a quienes reclamaban por sus familiares desaparecidos. Frits Barend, por su parte, fue aún más audaz: se hizo pasar por un jugador de la selección nacional para colarse en la cena oficial organizada tras la final, y allí le preguntó directamente a Videla por los desaparecidos. El dictador, atrapado en el mismo marco que había montado para celebrar su victoria de imagen, se vio obligado a responder. Estos dos gestos lograron lo que las peticiones y las conferencias no habían conseguido: volver inseparables, en un mismo espacio mediático, la competencia deportiva y la realidad de la represión. En 2023, ambos periodistas fueron recibidos en Buenos Aires por el Secretario de Derechos Humanos de la Nación y visitaron el Espacio Memoria ex ESMA, un reconocimiento tardío, pero importante, del peso que tuvo su valentía en la construcción de la memoria internacional de la dictadura.
La situación de los exiliados argentinos en Europa es un fiel reflejo de lo complejo de los posicionamientos. Algunos se la jugaron a fondo por el boicot: la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHU), fundada en París por exiliados, les pasó a los periodistas acreditados en Buenos Aires listas de desaparecidos y testimonios, convirtiendo al Mundial en una tribuna impensada para denunciar los crímenes de los militares. Pero otros exiliados veían el boicot con recelo, temerosos de que la dictadura usara la presión extranjera para darle más manija a su relato de la «campaña antiargentina», y que esto terminara empeorando la situación de los que seguían en el país. Esta ambivalencia demuestra lo brutal del dilema al que se enfrentaban quienes tenían familiares jugándose la vida en Buenos Aires.
Un balance con matices y consecuencias a largo plazo
El Mundial del 78 terminó con una victoria rotunda para la propaganda de la Junta en el terreno de la imagen internacional. Las imágenes de genuina euforia popular que inundaron los televisores de todo el planeta ayudaron a pintar a la Argentina como una nación abroquelada detrás de sus campeones. Era exactamente lo que los militares habían ido a buscar al contratar a la agencia estadounidense.
A pesar de todo, si se mira a mediano plazo, el saldo no es tan lineal. La presencia de periodistas extranjeros en Buenos Aires, a pesar de las mordazas impuestas, y la movilización de los organismos de derechos humanos alrededor del torneo impulsaron un cambio gradual en la opinión pública europea. Se pasó del famoso latiguillo de la época «Argentina no es Chile» (dando a entender que era una dictadura más "blanda"), a una denuncia militante y muy bien documentada del terrorismo de Estado orquestado por la Junta Militar.
En los meses posteriores al Mundial, empezaron a armarse las primeras organizaciones europeas de apoyo a las Madres de Plaza de Mayo. La primera de ellas surgió en los Países Bajos: el SAAM (Comité de Solidaridad por la Amnistía y los Derechos Humanos en Argentina), una muestra importante del impacto que había tenido la movilización holandesa durante el torneo. Se fue tejiendo así un claro hilo conductor entre la decisión de «no hacerles el juego» a los militares y la construcción de redes de solidaridad transnacional que terminarían bancando la transición democrática argentina hasta 1983.
Conclusión:
Medir el boicot del 78 solo por sus resultados inmediatos sería un error de perspectiva. Ningún equipo se bajó del Mundial. El torneo se jugó. La Junta consiguió la foto que buscaba.
Lo que realmente gestó el movimiento europeo del 78 fue algo mucho menos espectacular pero más duradero: una infraestructura moral. Redes enlazadas entre exiliados argentinos, militantes holandeses, intelectuales franceses y sindicatos alemanes; nombres de compañeros desaparecidos que empezaron a circular en asambleas y en las páginas de los diarios; un trabajo de hormiga sobre la opinión pública, hasta lograr que aquello de «Argentina no es Chile» dejara de ser una excusa aceptable. Esta infraestructura, que pasó desapercibida durante el torneo, fue exactamente la base sobre la que se apoyaron las Madres de Plaza de Mayo para encontrar cajas de resonancia en Europa, y lo que hizo posible que, después de 1983, se abrieran los primeros procesos judiciales a nivel internacional contra los genocidas de la dictadura.
Quedaría una pregunta que este aniversario vuelve a poner sobre la mesa: ¿qué se puede hacer con las lecciones de 1978? La FIFA le dio el Mundial 2022 a Qatar usando exactamente los mismos argumentos que en el 1978: la supuesta neutralidad del deporte, las bondades de abrirse al mundo, el peligro de politizar la pelota. Reaparecieron los mismos debates, con el mismo mapa de posturas: Estados yendo a lo seguro, federaciones calladas la boca y una sociedad civil fragmentada. Quizás lo único que cambió es la velocidad con la que finalmente se logra un consenso moral, y lo cada vez más difícil que se les hace a los regímenes autoritarios controlar el relato en un mundo hiperconectado. En ese sentido, los militantes del COBA, Hoekema y los jugadores de Holanda que se negaron a brindar con Videla no fueron solo testigos de su época.
Thibaut FrancoisPasante internacional de CADALPasante internacional de CADAL. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Lumière Lyon y está cursando el Máster en Ciencia Política – Política Comparada y Cooperación Internacional: Américas, Universite de Bordeaux.
Cuando la FIFA le otorgó la sede de la Copa del Mundo a la Argentina en 1966, a pocos días del golpe de Estado del general Onganía que acababa de derrocar al gobierno democrático de Arturo Illia, la organización internacional ya mostraba una indiferencia característica frente a los regímenes políticos de los países anfitriones. Una indiferencia que mantiene desde su creación, tal como lo demostró la realización del Mundial de Qatar en 2022.
La Junta Militar, que tomó el poder tras derrocar al gobierno de Isabel Martínez de Perón el 24 de marzo de 1976, heredó la organización de este Mundial y vio en él una oportunidad excepcional para lavar su imagen. Las acusaciones por violaciones a los derechos humanos se multiplicaban en el exterior, las desapariciones forzadas despertaban la preocupación de los organismos internacionales, y la Junta era consciente de que su imagen en el mundo era un problema. Por eso, el régimen dictatorial contrató a la agencia estadounidense Burson-Marsteller, conocida por manejar las crisis de imagen de gobiernos autoritarios como el de Ceaușescu en Rumania, para hacer un lavado de cara. El Mundial venía a encarnar a una nación argentina unida, moderna y pacificada.
En el territorio nacional, a los periodistas extranjeros se les prohibió cubrir cualquier otra cosa que no fuera fútbol. Toda investigación sobre la política de desapariciones forzadas del régimen, la represión o los centros clandestinos de detención era presentada como parte de una vasta «campaña antiargentina» orquestada desde el exterior para desestabilizar al gobierno. Mientras esta retórica se desplegaba tanto en Argentina como a través de otros movimientos internacionales, la realidad era otra. Era la de la convivencia entre la cancha de River Plate y la ESMA, el epicentro de la represión, separados por apenas 800 metros de distancia.
Así, Ricardo Coquet, sobreviviente de la represión, dio testimonio años después de lo cruel que resultó el Mundial para los detenidos: por más que se pusieran contentos de que la Selección de fútbol ganara los partidos, la realidad golpeaba de frente y la euforia se apagaba cuando los oficiales traían a un compañero recién torturado. De este modo, el Mundial representó una doble manipulación: por un lado, mostrar hacia afuera que el país estaba unido; por el otro, hacerles creer a los detenidos-desaparecidos que la sociedad estaba feliz de la vida mientras a ellos los torturaban en esa misma ciudad.
Francia, epicentro del debate sobre el boicot
Fue en Francia donde el debate en torno al boicot tomó la forma más estructurada y visible. Desde el golpe de Estado en Chile en 1973, la izquierda francesa y la latinoamericana venían tejiendo lazos muy estrechos. Miles de exiliados chilenos, uruguayos y argentinos se instalaron en París y en otras grandes ciudades, trayendo consigo sus testimonios y sus redes de militancia. Ya en 1975 se había creado en Francia el Comité de Apoyo a las Luchas del Pueblo Argentino (CSLPA), impulsado por franceses que habían vivido en Argentina y argentinos exiliados, con el fin de denunciar los atropellos del último gobierno peronista y de la Junta Militar.
La movilización tomó fuerza el 19 de octubre de 1977, cuando el intelectual Marek Halter publicó en Le Monde un llamado titulado «Para luchar contra la barbarie». El hecho de que la iniciativa surgiera de un individuo, y no de un partido político, es de por sí significativo: fue la sociedad civil la que se apropió del tema antes que las estructuras partidarias. Dos meses después, el 17 de diciembre de 1977, nació el Comité por el Boicot a la Organización del Mundial de Fútbol en Argentina (COBA). En cuestión de semanas, la agrupación juntó más de 150.000 firmas en un petitorio, organizó asambleas públicas por toda Francia y documentó los lazos comerciales y militares entre París y Buenos Aires, vínculos que incomodaban bastante la postura oficial del gobierno de Valéry Giscard d’Estaing.
Es que Francia se encontraba entonces en una posición muy paradójica. Mientras los diplomáticos franceses exigían saber la verdad sobre la desaparición de las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet - secuestradas en diciembre de 1977 tras una reunión de apoyo a las Madres de Plaza de Mayo y asesinadas en los vuelos de la muerte -, el Estado seguía manteniendo relaciones económicas, militares y acuerdos armamentísticos con la dictadura. Esto se daba, en particular, a través de la Misión Militar Permanente de Francia en Buenos Aires, que venía entrenando a los militares argentinos desde la década del 60. Esta ambigüedad, que los militantes del COBA se encargaron de denunciar a los cuatro vientos, resume a la perfección la tensión entre los intereses de Estado y los imperativos morales que atravesó toda esa época.
El movimiento contó con el respaldo de figuras públicas de la talla de Yves Montand, Simone Signoret, y en el ámbito deportivo, del futbolista Dominique Rocheteau, quien se pronunció públicamente en contra de que la selección francesa viajara e incluso propuso usar una cinta negra en el brazo como gesto simbólico de protesta. El sindicato de profesores de educación física llegó a afirmar que participar en el Mundial era «poner el deporte al servicio de un poder totalitario».
Pero el boicot no generaba consenso. Una encuesta de la revista "Le Nouvel Observateur" reveló que el 65 % de los franceses estaba a favor de que su selección jugara el Mundial. La discordia caló hondo incluso dentro de las filas de la izquierda. El Partido Comunista Francés (PCF) se pronunció en contra del boicot, alineándose con la postura del Partido Comunista Argentino (PCA): sostenían la insólita idea de que Videla representaba a una facción "moderada" dentro de las Fuerzas Armadas, que podía abrir el camino hacia una transición democrática. Georges Fournial, encargado de las cuestiones latinoamericanas en el PCF, llegó a asegurar que se podía contar con Videla para «renovar la democracia». El Partido Socialista también le bajó el pulgar al boicot, aunque con menos convicción. Sus argumentos iban por dos lados: por una parte, el temor a que la presión internacional endureciera aún más al régimen; por la otra, la idea de que tener al equipo francés jugando en Buenos Aires permitiría «llevar los gritos más lejos» y usar el Mundial como caja de resonancia para las denuncias de derechos humanos. En cuanto a los deportistas, su compromiso fue muy tibio, ya que el costo personal de asumir una postura política pesaba tanto en 1978 como en la actualidad.
Solidaridad europea
Si bien Francia fue el epicentro del debate, no estuvo sola. En la entonces Alemania Occidental, varios jugadores de la selección firmaron un petitorio de Amnistía Internacional, asumiendo el riesgo de pegar sus nombres a una causa abiertamente política, algo bastante inusual para el mundo del fútbol profesional de la época.
Sin embargo, fue en los Países Bajos donde la movilización alcanzó su formato más intenso y original. La campaña Bloed aan de paal («Sangre en los palos») sacudió a la sociedad civil de todo el país, copando la escena cultural además de las tribunas políticas. El dúo musical Neerlands Hoop llegó incluso a exponer ante el Parlamento holandés para dar testimonio de lo que ocurría en Argentina. Dentro de la selección naranja, que terminaría jugando la final contra Argentina, los jugadores mantuvieron un hermetismo absoluto; ninguno quiso rifar su carrera asociándose públicamente a una causa política. No obstante, tras la final, rechazaron en bloque la invitación al banquete oficial organizado por Videla, en lo que fue un gesto discreto pero con una enorme carga simbólica. Entre las voces más comprometidas se destacó la de Oeki Hoekema. Aunque no fue convocado para viajar con la selección holandesa, le dedicó los meses previos al torneo a una campaña furiosa a favor del boicot: armó charlas públicas, reuniones con políticos y juntó firmas.
Donde los militantes no lograban convencer y los deportistas optaban por el silencio, fueron dos periodistas neerlandeses quienes impusieron las imágenes más perturbadoras del torneo. El 1 de junio de 1978, día de la ceremonia de apertura, Jan van der Putten emitió en pantalla partida en dos la euforia del estadio junto a una entrevista a las Madres de Plaza de Mayo, obligando a los ciudadanos holandeses a ver al mismo tiempo la fiesta y a quienes reclamaban por sus familiares desaparecidos. Frits Barend, por su parte, fue aún más audaz: se hizo pasar por un jugador de la selección nacional para colarse en la cena oficial organizada tras la final, y allí le preguntó directamente a Videla por los desaparecidos. El dictador, atrapado en el mismo marco que había montado para celebrar su victoria de imagen, se vio obligado a responder. Estos dos gestos lograron lo que las peticiones y las conferencias no habían conseguido: volver inseparables, en un mismo espacio mediático, la competencia deportiva y la realidad de la represión. En 2023, ambos periodistas fueron recibidos en Buenos Aires por el Secretario de Derechos Humanos de la Nación y visitaron el Espacio Memoria ex ESMA, un reconocimiento tardío, pero importante, del peso que tuvo su valentía en la construcción de la memoria internacional de la dictadura.
La situación de los exiliados argentinos en Europa es un fiel reflejo de lo complejo de los posicionamientos. Algunos se la jugaron a fondo por el boicot: la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHU), fundada en París por exiliados, les pasó a los periodistas acreditados en Buenos Aires listas de desaparecidos y testimonios, convirtiendo al Mundial en una tribuna impensada para denunciar los crímenes de los militares. Pero otros exiliados veían el boicot con recelo, temerosos de que la dictadura usara la presión extranjera para darle más manija a su relato de la «campaña antiargentina», y que esto terminara empeorando la situación de los que seguían en el país. Esta ambivalencia demuestra lo brutal del dilema al que se enfrentaban quienes tenían familiares jugándose la vida en Buenos Aires.
Un balance con matices y consecuencias a largo plazo
El Mundial del 78 terminó con una victoria rotunda para la propaganda de la Junta en el terreno de la imagen internacional. Las imágenes de genuina euforia popular que inundaron los televisores de todo el planeta ayudaron a pintar a la Argentina como una nación abroquelada detrás de sus campeones. Era exactamente lo que los militares habían ido a buscar al contratar a la agencia estadounidense.
A pesar de todo, si se mira a mediano plazo, el saldo no es tan lineal. La presencia de periodistas extranjeros en Buenos Aires, a pesar de las mordazas impuestas, y la movilización de los organismos de derechos humanos alrededor del torneo impulsaron un cambio gradual en la opinión pública europea. Se pasó del famoso latiguillo de la época «Argentina no es Chile» (dando a entender que era una dictadura más "blanda"), a una denuncia militante y muy bien documentada del terrorismo de Estado orquestado por la Junta Militar.
En los meses posteriores al Mundial, empezaron a armarse las primeras organizaciones europeas de apoyo a las Madres de Plaza de Mayo. La primera de ellas surgió en los Países Bajos: el SAAM (Comité de Solidaridad por la Amnistía y los Derechos Humanos en Argentina), una muestra importante del impacto que había tenido la movilización holandesa durante el torneo. Se fue tejiendo así un claro hilo conductor entre la decisión de «no hacerles el juego» a los militares y la construcción de redes de solidaridad transnacional que terminarían bancando la transición democrática argentina hasta 1983.
Conclusión:
Medir el boicot del 78 solo por sus resultados inmediatos sería un error de perspectiva. Ningún equipo se bajó del Mundial. El torneo se jugó. La Junta consiguió la foto que buscaba.
Lo que realmente gestó el movimiento europeo del 78 fue algo mucho menos espectacular pero más duradero: una infraestructura moral. Redes enlazadas entre exiliados argentinos, militantes holandeses, intelectuales franceses y sindicatos alemanes; nombres de compañeros desaparecidos que empezaron a circular en asambleas y en las páginas de los diarios; un trabajo de hormiga sobre la opinión pública, hasta lograr que aquello de «Argentina no es Chile» dejara de ser una excusa aceptable. Esta infraestructura, que pasó desapercibida durante el torneo, fue exactamente la base sobre la que se apoyaron las Madres de Plaza de Mayo para encontrar cajas de resonancia en Europa, y lo que hizo posible que, después de 1983, se abrieran los primeros procesos judiciales a nivel internacional contra los genocidas de la dictadura.
Quedaría una pregunta que este aniversario vuelve a poner sobre la mesa: ¿qué se puede hacer con las lecciones de 1978? La FIFA le dio el Mundial 2022 a Qatar usando exactamente los mismos argumentos que en el 1978: la supuesta neutralidad del deporte, las bondades de abrirse al mundo, el peligro de politizar la pelota. Reaparecieron los mismos debates, con el mismo mapa de posturas: Estados yendo a lo seguro, federaciones calladas la boca y una sociedad civil fragmentada. Quizás lo único que cambió es la velocidad con la que finalmente se logra un consenso moral, y lo cada vez más difícil que se les hace a los regímenes autoritarios controlar el relato en un mundo hiperconectado. En ese sentido, los militantes del COBA, Hoekema y los jugadores de Holanda que se negaron a brindar con Videla no fueron solo testigos de su época.












































