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Artículos
Lugo y el verbo divino
20 de abril de 2009
Lugo, por cierto, traicionó a la Iglesia Católica, a la que se integró por propia voluntad aceptando sus reglas en cuanto a abstenerse de todo goce carnal. Pero eso, que para los religiosos podrá ser muy trascendente, a los efectos ciudadanos es lo de menos. En este terreno, lo único que importa es que el presidente no le dijo la verdad al pueblo paraguayo en un asunto de su vida privada.
Por Claudio Paolillo

El presidente Fernando Lugo tiene suerte de haber nacido en América Latina. Si fuera, por ejemplo, oriundo de Holanda o de Estados Unidos, su cabeza política ya estaría rodando por los corredores del Congreso, sin que la población holandesa o la norteamericana vieran nada extraño en eso. Pero se trata de culturas diferentes. En esos países, cuando un presidente (o un ministro, un senador o un diputado) miente o engaña, simplemente cae. En América Latina, no.

Lugo, por cierto, traicionó a la Iglesia Católica, a la que se integró por propia voluntad aceptando sus reglas en cuanto a abstenerse de todo goce carnal. Pero eso, que para los religiosos podrá ser muy trascendente, a los efectos ciudadanos es lo de menos. En este terreno, lo único que importa es que el presidente no le dijo la verdad al pueblo paraguayo en un asunto de su vida privada, es cierto, pero que arroja una ominosa sombra sobre todo el espectro de su credibilidad como ciudadano y, ahora, como presidente.

El presidente –esto es, el primer ciudadano de la República– cuando todavía era obispo de San Pedro y, sobre todo, un hombre grande, sedujo a una adolescente de 16 años en el año 2000, con quien inició un vínculo sexual permanente. No es seguro pero sí posible que Lugo haya abusado de su posición de poder en aquella localidad del interior profundo de Paraguay. “Todo se inició una vez cuando le llevé la ropa de cama a su habitación, y al preguntarle si necesitaba algo más, él me dijo que sí, que a mí era a quien él necesitaba, siendo a partir de ese momento constante su acoso, hasta que debido a mi corta edad e inexperiencia, fui seducida por su forma de hablar, por sus palabras bonitas, por sus expresiones bellas y por las promesas que me hizo de renunciar a su cargo por mí”, narró Viviana Carrillo en la demanda que presentó la semana pasada ante el Juzgado de la Niñez y Adolescencia de Encarnación.

Fruto de esa relación, Carrillo tuvo un hijo de Lugo el 4 de mayo de 2007. Pero Lugo decidió no reconocerlo dada su condición de clérigo (algo humanamente comprensible suponiendo el terror que le provocarían las estrictas normas de su Iglesia Católica), pero también decidió no reconocerse como padre de la criatura. Le falló a su mujer y, especialmente, le falló a su propio hijo.

El abogado Claudio Konstinchok, uno de los patrocinantes de la señora Carrillo, dijo que ellos procuraron “llegar a un acuerdo” con el presidente, pero no lo consiguieron. Además, la demandante asegura que la gota que derramó el vaso fue una bofetada que Lugo le pegó cuando discutían porque, según ella, él no le pasaba dinero suficiente para mantener a su hijo.

La señora Carrillo tendrá o no otros motivos no tan angelicales como para haberse decidido a enjuiciar al presidente del Paraguay, pero hay algo que éste no puede levantar: tuvo un hijo con ella, no lo reconoció cuando debió, no ejerció sus deberes como padre con el pueril argumento de que tenía “muchos enemigos políticos que podrían destruir su carrera”, sólo lo veía algunos domingos cuando asistía a misa en el “Colegio del Verbo Divino” de Asunción y luego, únicamente porque le advirtieron que el ADN acabaría con la mentira, aceptó, en una breve declaración hecha desde la Casa de Gobierno, en ejercicio de su investidura y con la bandera del Paraguay detrás, que el niño, que se llama Armindo –igual que Lugo– es un vástago suyo.

Si se tratara de ciudadanos comunes, esta historia podría a lo sumo ocupar un pequeño espacio en la sección policial de los periódicos en el que probablemente la inconducta del padre sería cuestionada. Pero la cuestión es que se trata del presidente de la República. De la inconducta, de la mentira y del engaño del presidente de la República.

Esto le presenta un serio problema al mandatario, cuya palabra ha sufrido un grave percance. De ahora en adelante, es legítimo que los paraguayos se pregunten si cuando habla su presidente les está diciendo la verdad. Si fue capaz de ocultar, amañar hechos y mentir nada menos que sobre su condición de padre, ¿por qué no volvería a “pecar” –ya no en la acepción católica de la palabra– sobre otros temas relacionados con su gestión? ¿Cuántos hijos más tiene el presidente que todavía no ha reconocido?

Lugo, como va dicho, decidió por su propia voluntad integrar los cuadros de la Iglesia Católica. Pero violó su juramento religioso. Luego, también por voluntad propia, resolvió pedirle al pueblo paraguayo manejarle temporalmente sus asuntos y juró fidelidad a la Constitución. ¿Quién puede ahora asegurar que cumplirá con su palabra como presidente?

Quizá lo haga, y eso sería muy bueno para la estabilidad institucional del Paraguay. Pero no podrá evitar que todo lo que diga hasta el final de su mandato quedará, en el mejor de los casos, bajo sospecha.

Claudio Paolillo es Director del semanario uruguayo “Búsqueda” y miembro de la Junta de Directores de la Sociedad Interamericana de Prensa.