Derechos Humanos y
Solidaridad Democrática Internacional

Prensa

17 de enero de 2006

Cuando los centroizquierda son mesurados e inteligentes

Fuente: Ambito Financiero (Buenos Aires, Argentina)

Por María Victoria Würst

La chilena es una economía ejemplo de Latinoamérica sobre todo por haberse desarrollado superando tres adversidades. Es un país de sólo 12 millones de habitantes, por tanto de mercado interno chico. No posee suficientes fuentes de energía para producir, agravado por tener un litigio territorial histórico que es casi una ironía porque le impide abastecerse cómodamente de gas: Bolivia, su vecino y adversario, es la cuenca sureña más rica del continente. El último mal es un territorio bastante estrambótico que la llevó otrora a una dependencia única de minerales para exportar, sobre todo el cobre. ¿Cómo está superando eso desde 1980 para aquí? Un problema lo superó con habilidad diplomática: forzando diálogos con presidentes argentinos y firmando protocolos de escaso o nulo sustento internacional, porque nunca los ratificó aquí el Congreso, logra abastecerse de gas desde nuestro país, que no es rico en ese fluido y que tiene un término acotado de no más de 12 años para entrar a importarlo totalmente cuando ya en este momento necesita hacerlo. El 50% de la energía de Chile depende de la Argentina. Sus otros dos males los supera con inteligencia: abrió totalmente su economía (como hizo Carlos Menem en los '90 en la Argentina) y aun sigue así, siendo un gobierno de centroizquierda pero moderno. Su producción entonces no está limitada a un país de 12 millones de habitantes chilenos sino a 900 millones, pues incluye a Estados Unidos, Canadá, México y otras naciones. A la par su producción se diversificó para exportar y ese mismo mercado interno chico hace que tampoco sea muy tentador para importar en exceso. Por habilidad e inteligencia es meritorio lo de Chile, como observaremos a continuación.

ANALISIS DE LA EXPERIENCIA

"Es saludable sentir una sana envidia frente a un país que, como Chile, hace veinte años crece sin interrupción. En diez años ha disminuido sus niveles de pobreza a la mitad, ha firmado tratados de libre comercio con Estados Unidos, Europa y Corea, y que sus niveles de ingreso hoy son levemente superiores a los nuestros", destaca Eugenio Kvaternik, profesor de Teoría Política de las universidades de Buenos Aires y del Salvador. Son expresiones contenidas en el libro "La experiencia chilena", que acaba de editar CADAL (Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina, que dirige Gabriel C. Salvia). Tiene prólogo de Mauricio Rojo, economista, profesor universitario y miembro del Parlamento de Suecia.
Para el economista Carlos Gervasoni, Chile es la nación latinoamericana que mejor se ajusta al modelo de libertad en sentido amplio.
Combinación de una democracia vibrante, con una plena vigencia de los derechos humanos, con un sistema judicial independiente que los proteja y con una economía que, sobre la base de un sector privado muy competitivo, se inserta agresivamente en los mercados internacionales.

Década '80

Después de la crisis bancaria a comienzos de la década de los ochenta, de dimensiones similares a la de la Argentina en 2001, Chile "decidió seguir una política distinta y aprendió rápidamente la lección: con la tasa de interés y el tipo de cambio no se juega", dijo Javier González Fraga en el seminario "Lecciones de la experiencia chilena para la Argentina y América latina", organizado por CADAL y la Universidad Católica Argentina el año pasado en Buenos Aires.
Desde 1990 en adelante en Chile se construyen consensos crecientes y conscientemente elaborados, explica Pedro Isern Munné.
Después de la dictadura de Pinochet, la política del nuevo gobierno democrático (marzo de 1990) estuvo en línea con un modelo de desarrollo basado en la apertura. La Concertación inteligentemente enfrentó a Pinochet con proyectos para el futuro, sin concentrarse en discutir el pasado, tratando de proponer un horizonte de cambio y de progreso y consolidar un orden democrático pero conservando las cosas buenas que había hecho el régimen anterior en materia económica. Cosas que la sociedad chilena también consideraba como avances.
Los objetivos principales fueron: asegurar la estabilidad macroeconómica, consolidar la integración en los mercados internacionales y fortalecer las políticas sociales. Para ello fue indispensable lograr una alta credibilidad en el programa macroeconómico. "Se inició un diálogo, que era casi inexistente, entre las autoridades y el sector privado que culminó con un acuerdo tripartito entre el gobierno, los trabajadores sindicalizados y los empresarios", expuso Jorge Marshall Rivera.
Entre las acciones de política de los primeros años de la década del noventa se destacan la austeridad fiscal y la eficiente coordinación entre la autoridad fiscal y el nuevo Banco Central independiente, que inauguraba una etapa de responsabilidad macroeconómica en democracia que, a pesar de diversos esfuerzos, el país no había logrado forjar en las décadas anteriores a 1973, explicó Marshall.
El gasto público se alineó con el compromiso de un presupuesto equilibrado. El Banco Central inició un esfuerzo sistemático para controlar la inflación endémica en Chile.
El otro aspecto clave de Chile es su inserción agresiva en el mundo. Pero, en palabras de Raúl Ferro, "la revolución exportadora no se produjo por decreto". Las políticas de desarme arancelario unilateral, en un principio, y de negociaciones de tratados comerciales con múltiples países del globo estuvo acompañada de una estrategia global -uso prudente de subsidios y desarrollo de infraestructura adecuada- que apoyó el proyecto internacional chileno. "Chile tiene hoy un mercado potencial al que puede llegar sin aranceles 50 veces más grande. De 12 millones de personas a 900 millones, con más de 3.000 empresas exportadoras que supieron diversificar los productos y los mercados para expandir sus negocios", agregó González Fraga.
Sin embargo la sociedad chilena también sintió frustración (entre 1996 y 1997). Los cambios se manifestaban demasiado en lo económico pero no había avances en lo social, explica Marshall. A ello se sumó el impacto de la crisis rusa (1998). ¿Cómo se salió? Con la adopción de un tipo de cambio totalmente flexible y con un cambio en las reglas monetarias y fiscales. El empresariado es más activo y profesional, y eleva propuestas de ley a la clase política, según Marshall.
Chile tiene problemas sociales típicos del subdesarrollo y rémoras políticas de la dictadura pinochetista. La pobreza entre 1990 y 2003 se redujo de un 38% a 18%, pero ello no disminuyó la desigualdad en la distribución del ingreso. El Coeficiente de Gini, un indicador de la división que hay entre ricos y pobres, sigue mostrando amplia desigualdad. Tampoco se ha resuelto la inequidad cultural.
La otra debilidad del país es la falta de una red de investigación tecnológica suficientemente extendida en sectores de actividad muy importantes como la agricultura, la forestación y la minería, necesaria para continuar creciendo.
Nuestra admiración debería pasar por "la calidad institucional de los acuerdos alcanzados y la perspectiva de mediano y largo plazo en la toma de decisiones", asegura Pedro Isern Munné, director de CADAL. Consenso, proyección de futuro, madurez política, conciencia de la importancia de las instituciones. Claves que ayudan a entender el éxito democrático y político chileno.
"Los atajos al bienestar que siempre tomó la economía argentina (como fijar el tipo de cambio y atraer fondos del exterior mediante alzas en la tasa de interés) son la enorme diferencia de los últimos 20 años con Chile", redondeó González Fraga.

María Victoria Würst

Fuente: Ambitoweb.com Viernes 9 de Diciembre de 2005, Edición N° 1905

 

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