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4 de diciembre de 2020

La llorona, un filme político con muchas lecturas

La cinta funciona en el espectador latinoamericano porque Bustamante tuvo el ingenio de recurrir al recurso estético del realismo mágico para narrar una historia tan sensible en la sociedad guatemalteca, en un contexto necesario porque un sector de la sociedad de este país no pretende enfrentar la verdad histórica, elude el diálogo reconciliador con el pasado, con un triste capítulo en la historia de Guatemala, donde las violaciones a los derechos humanos de las minorías étnicas que perpetró el régimen de Ríos Montt no deben ser olvidadas.
Por Jorge Luis Lanza Caride

La llorona, un filme político con muchas lecturas

  A todas las víctimas de la Guerra Civil en Guatemala y a los defensores por los derechos humanos en cualquier rincón de este mundo.

Como intelectual cubano sensibilizado con la dramática historia de Guatemala en el siglo XX escribir sobre el filme La llorona (2019), tercer largometraje del realizador Jayro Bustamante, constituye un desafío digno de asumir porque la obra lo merece. Hacía tiempo que un filme guatemalteco no había tenido tanto impacto en el público, no sólo durante su exhibición en la 41 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana sino en otras  latitudes, como en la 76 edición del Festival de Cine de Venecia. En la actualidad ha sido seleccionada para representar a Guatemala en la próxima edición de los premios Oscar.

Como espectador y crítico de cine no olvidaré la emoción que experimenté al ver los calurosos aplausos que desencadenó en el público del Cine Chaplin esos históricos días del Festival, siendo la primera vez que asisto en condición de jurado por SIGNIS (Asociación Católica Mundial para el Cine y las Comunicaciones), en un momento que la amenaza en Cuba de la pandemia parecía algo lejano y remoto, después de esos días el mundo cambió radicalmente.

¿Qué hace diferente a una cinta como La llorona en tiempos en que los filmes que abordan problemáticas sociales y políticas no despiertan el mismo interés que en épocas anteriores? Esto teniendo en cuenta las influencias que ejercen los más disímiles cánones provenientes de otras cinematografías sobre el espectador latinoamericano, sobre todo la narrativa hollywoodense.

Resulta evidente que la saturación tema político experimentada por el espectador en etapas precedentes lo ha prejuiciado en el disfrute de un cine que continua siendo necesario en estos tiempos. En las últimas décadas la región no ha escapado a la penetración de la frivolidad y el entretenimiento más burdo en el gusto del público.

Resulta que la clave del éxito de este filme consiste en que Jayro Bustamante, cuya filmografía no suele ser muy conocida en Cuba, recurrió a los códigos del cine de terror y fantasmas con marcadas influencias del cineasta mexicano Benicio del Toro para abordar un tema tan sensible como el proceso judicial que fue objeto en el 2013 el mandatario Efraín Ríos Montt, acusado de haber cometido crímenes de lesa humanidad en la Guerra Civil que azotó a dicha nación en la década del ochenta. Por tanto, las huellas de filmes como el Laberinto del Fauno y El espinazo del diablo en el largometraje de Bustamante resultan innegables.  

Los referidos elementos explican las razones de su acertada recepción en el público cubano. En el imaginario social cubano, el cine guatemalteco suele estar asociado a problemáticas políticas y sociales donde las imágenes de pobreza que ha atravesado este país han prejuiciado la mirada del espectador, asombrado de ver un filme que apela a recursos inherentes al cine de autor sin apartase de los cánones del cine de entretenimiento.

La cinta funciona en el espectador latinoamericano porque Bustamante tuvo el ingenio de recurrir al recurso estético del  realismo mágico para narrar una historia tan sensible en la sociedad guatemalteca, en un contexto necesario porque un sector de la sociedad de este país no pretende enfrentar la verdad histórica, elude el diálogo reconciliador con el pasado, con un triste capítulo en la historia de Guatemala, donde las violaciones a los derechos humanos de las minorías étnicas que perpetró ese régimen no deben ser olvidadas. Del pasado siempre sacamos lecciones provechosas, quien olvide la historia está condenada a repetirla. 

El espectador inteligente conocedor de la historia de Guatemala supo ver en el personaje del general Enrique Monteverde al dictador Efraín Ríos Montt, interpretado con gran veracidad por el actor Julio Díaz, cuya actuación fue tan creíble y convincente que pareciera que ante nuestros ojos no se encontraba un actor sino el propio Ríos Montt,  no sólo por la similitud física con esta figura histórica, sino por su veracidad al representar el tormento de una persona obligada a lidiar con el peso de sus crímenes en la conciencia. Ríos Montt no sólo es acosado por el espíritu de la Llorona sino por las pesadillas que regresan a través de imágenes reveladores de esos crímenes.

El resto del elenco estuvo conformado por las magistrales interpretaciones de las actrices guatemaltecas Margarita Kénefic en el rol de Carmen, excelente interpretación de la esposa protectora del mandatario. Soy del criterio que es una de las mejores actrices de Guatemala, cuyos vínculos con Cuba se remontan a la década del noventa, Sabrina De La Hoz como la hija Natalia, la actriz indígena María Mercedes Coroy, personaje cuya misión consistía en apoyar el trabajo doméstico de la sirvienta de la casa, con matices místicos conectados con la leyenda de la Llorona, esa alma que vaga por la casona y que amenaza la estabilidad del hogar, que pareciera que desea vengarse de los crímenes perpetrados por Ríos Montt.

La única limitación del filme radica en haber eludido recurrir a imágenes de archivo para ilustrar el genocidio cometido en esos años, motivo del proceso en su contra. La intención del cineasta se orientó a mostrar la reacción y frustración de la sociedad ante el indulto concedido por la Corte de Constitucionalidad, sus demandas y sed de justicia.

Resulta simbólico haber incluido el personaje de Alma, símbolo de las comunidades indígenas en Guatemala, de la minoría ixil en especial de las mujeres y niñas violentadas sexualmente por militares. El personaje de Alma interpretada por María Mercedes Coroy viene a ser una especie de alter ego de Llorona.

Esa fue la causa principal por la cual Ríos Montt fue condenado a ochenta años de prisión por genocidio contra ese pueblo, localizado en la región petrolera de Ixcán, con la excusa que colaboraba con las guerrillas comunistas. Se estima que los militares bajo su mando habrían asesinado a 1771 ixiles, incluyendo disimiles atrocidades. Su régimen recibió el repudio de diferentes organizaciones de derechos humanos y en especial de la CIDH (Corte Interamericana de Derechos Humanos).

El drama que han vivido naciones como Guatemala, Salvador, Nicaragua son expresión del lado más oscuro de la Guerra Fría y sus consecuencias para Centroamérica, pero sobre todo, nos ofrecen una lección histórica: nos muestran adonde nos pueden conducir los conflictos políticos e ideológicos cuando abandonamos los senderos seguros de la democracia, de la convivencia pacífica entre hermanos de una misma nación. Las palabras pronunciadas por Monseñor Arnulfo Romero pocos minutos antes de morir asesinado en plena misa aún resuenan en mis oídos. Hoy esas palabras nos invitan a revisitar la historia con tal que no vuelva a repetirse.

Estéticamente La llorona le debe mucho a El resplandor (1978), de Stanley Kubrick, pues Bustamante logró impregnarle una atmósfera de encierro donde los personajes viven atrapados en una lujosa mansión, rodeados del fantasma de la Llorona que amenaza la paz interior del recinto, sobre todo Enrique, atormentado con las reacciones de la muchedumbre que lanza piedras a la casa y protesta por el indulto que recibiera el expresidente.  

La poética del cine de terror posee gran orinalidad en el filme, sin apartarse totalmente de los códigos y referentes mencionados, aunque se nutre de elementos auténticos del realismo mágico guatemalteco y latinoamericano se aleja del espectáculo hollywoodense en relación al género. Al trasgredir las fronteras de esta tradición despierta la motivación del espectador actual, ávido de nuevas fórmulas expresivas en este tipo de filmes.

La llorona logró representar el clímax sociopolítico de Guatemala en esos días posteriores al indulto que recibiera Ríos Montt, la frustración que experimentó la sociedad guatemalteca con la impunidad en el sistema de justicia. Aunque no es primera vez que un expresidente latinoamericano muera sin responder por sus crímenes en este lado del mundo.

Una cualidad del filme es que no resulta verbalista, las propias escenas y secuencias sugieren las ideas del conflicto y motivan a pensar, y salvo en necesarias ocasiones el realizador recurre a lo explícito. En ese sentido posee la cualidad de eludir lo predecible, algo que limita a muchos filmes que aniquilan la necesidad de interpretar que necesita el espectador. En ocasiones los silencios que acompañan la dinámica temporal de su narrativa se tornan poéticas.

Filmes como este son cada vez más necesarios en el contexto actual, porque visibilizan la cinematografía guatemalteca a nivel internacional, comparten una historia de dolor y muerte que también forma parte del pasado de la región, además de renovar el discurso estético audiovisual de una región que aún no se levanta del subdesarrollo y la exclusión social, dignifican la cinematografía de Latinoamérica. La llorona marca un punto de inflexión en la historia del cine en Centroamérica y un hito difícil de superar para el cine guatemalteco.

Jorge Luis Lanza Caride
Jorge Luis Lanza Caride
Egresado de la licenciatura en Estudios Socioculturales de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Cienfuegos. Ha impartido cursos de postgrado sobre cine cubano en universidades de Estados Unidos, México y Noruega.
 
 
 
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