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29 de marzo de 2021

El realismo sucio en el cine venezolano: un espejo de la violencia estructural

Dentro de la extensa tradición de filmes venezolanos realizados en las últimas décadas que han abordado con un espíritu realista la criminalidad existente en los barrios de Caracas se encuentran filmes como Hermanos, del realizador Marcel Rasquin, Secuestro Express, Azote de barrio, Piedra, palo y tijera, La hora cero, entre otras que develan ese submundo de violencia y dolor, de venganza y muerte que forma parte de la cotidianidad venezolana. El panorama social en Venezuela resulta más desfavorable en el contexto actual en relación al problema estructural que representa la violencia.
Por Jorge Luis Lanza Caride

El realismo sucio en el cine venezolano: un espejo de la violencia estructural

Venezuela es considerada por sociólogos y diferentes ONG encargadas de monitorear el tema de la inseguridad como unas de las naciones más violentas en Latinoamérica. La violencia en Venezuela constituye uno de los fenómenos estructurales arraigados en esa nación desde mucho antes de la llegada al poder de Hugo Chávez en 1998.

Resulta contraproducente que han transcurrido más de dos décadas desde los inicios de la Revolución Bolivariana y en lugar de erradicarla o reducir los niveles de criminalidad en la sociedad venezolana se ha incrementado este problema social de naturaleza multifactorial. Mi objetivo al escribir esta reseña es analizar la representación de la violencia en Venezuela desde los códigos estéticos del realismo sucio y desde la perspectiva del grupo más vulnerable en cualquier sociedad: la niñez, cuya inocencia ha sido secuestrada no sólo en los barrios marginales de Caracas sino en diferentes urbes latinoamericas.

La influencia de la corriente literaria conocida como realismo sucio, entre cuyos exponentes se encuentran autores como el cubano Pedro Juan Gutiérrez (Trilogía sucia de La Habana), el colombiano Fernando Vallejo que inmortalizó los bajos fondos de Medellín en su novela La Virgen de los sicarios y el venezolano Argenis Rodríguez ha influido notablemente en el cine latinoamericano en las últimas décadas.

En ese sentido el realismo sucio literario ha coexistido con su expresión cinematográfica, cuyo principal antecedente se encuentra en el filme Los olvidados, del cineasta español Luis Buñuel, pionero en la representación de la violencia urbana y el fenómeno de las pandillas juveniles en el cine latinoamericano desde los códigos del Surrealismo.

No resulta casual que entre los personajes del Jaibo del filme Los olvidados y el Jairo del largometraje venezolano Sicario (1995), de José Ramón Novoa existe un paralelismo simbólico extraordinario, pese a la distancia en el tiempo que las separa.  

Sicario, aunque haya sido filmada en los violentos cerros de Caracas constituye una alegoría del turbulento contexto social que vivió la sociedad colombiana durante la década del ochenta, cuando el fenómeno del narcotráfico inundaba de violencia el país. Sicario posee el mérito de exponer con todo el realismo posible el proceso de degradación experimentado por Jairo, su fatal incursión en ese mundo sin retorno que es el crimen organizado.

Según el sociólogo Alonso Salazar en su libro No nacimos pa semilla, fruto de su ardua investigación sobre el fenómeno de las pandillas en Latinoamérica: ‘’Esta mirada sobre el fenómeno de las bandas, desde el punto de vista cultural es aún muy parcial y limitado. El Sicario hace parte de nuestra génesis social y cultural. Ellos son una parte del problema, la otra parte son los empresarios y usuarios de sus servicios, que no son solo los narcotraficantes. Muchos sectores políticos y sociales están detrás de la cortina de humo que forman los muchachos sicarios. ‘’ [1]

A diferencia de Sicario, cuyas limitaciones estéticas son evidentes, Huelepega, la ley de la calle (1999), de la venezolana Elia Schneider resulta una cinta superior en el plano artístico con planos estremecedores, realizada en coproducción con España durante el periodo del ex presidente Rafael Caldera, con guión escrito por Néstor Caballero y el español Santiago Tabernero, fue objeto de censura al intentar prohibirse su filmación y posterior exhibición en Venezuela, pero con la llegada del líder Hugo Chávez Frías se logró definitivamente su exhibición, multipremiada en varios festivales.

Para su rodaje fueron utilizados actores profesionales como intérpretes encontrados en las mismas calles que desnuda el filme. Oliver y Mocho son los protagonistas de Huelepega, víctimas de la desarticulación familiar, la exclusión social que termina conduciéndolos al crimen. Ambos simbolizan esos barrios olvidados donde sus habitantes experimentan la miseria y ausencia de oportunidades.  

Oliver es uno de los tantos niños expulsados del seno de una familia disfuncional que los excluye y los convierte en seres marginados que encuentran un refugio en las pandillas de chicos abandonados por sus familias.

Estremece el alma de cualquiera la escena que Oliver visita a su madre y ésta lo excluye, esos primeros planos de su rostro poseen una carga dramática como pocos filmes en la historia del cine latinoamericano: una perversa mezcla entre la inocencia secuestrada y lacerada por la dureza del desamparo y la violencia de las calles, y la más sensible y dramática expresión de compasión que se haya visto en dicha cinematografía.

Después del rodaje de clásicos del cine venezolano como Sicario y Huelepega, la ley de la calle, la representación del realismo sucio en el cine venezolano ha evolucionado en dependencia del contexto social latinoamericano.

Dentro de la extensa tradición de filmes venezolanos realizados en las últimas décadas que han abordado con un espíritu realista la criminalidad existente en los barrios de Caracas se encuentran filmes como Hermanos, del realizador Marcel Rasquin, Secuestro Express, Azote de barrio, Piedra, palo y tijera, La hora cero, entre otras que develan ese submundo de violencia y dolor, de venganza y muerte que forma parte de la cotidianidad venezolana.    

Hermanos posee una mirada más redentora en comparación con las cintas venezolanas analizadas, al mostrar una mirada esperanzadora de esos barrios satanizados por los referidos filmes. Los protagonistas de Hermanos son los jóvenes Julio y Daniel, cuya existencia trascurre en un barrio violento donde impera el crimen y la delincuencia, pero encuentran en el futbol la oportunidad para escapar de la muerte y los abismos de la degradación.

A diferencia de filmes venezolanos que tienden a mitificar o banalizar la criminalidad, Hermanos generó reacciones positivas en el ámbito institucional con su respectivo impacto social. Según palabras de su realizador: “UNICEF utiliza mi película porque muestra que hay posibilidad de salvación, no importa cuánto te hayas alejado del buen camino. Si estás en la droga o haz cometido un crimen, siempre hay la posibilidad de rectificar y salir adelante”.

A modo de conclusiones, el realismo sucio en el cine venezolano ha reflejado las profundas desigualdades y asimetrías sociales acumuladas en Venezuela durante décadas, sobre todo, es una muestra de cuánto se han arraigado en dicha sociedad determinados patrones culturales relacionados con una visión de la vida sustentada en una filosofía mafiosa y delincuencial que la política social del estado venezolano no ha podido modificar porque se encuentran muy arraigados en el imaginario social venezolano de estos tiempos.

El panorama social en Venezuela resulta más desfavorable en el contexto actual en relación al problema estructural que representa la violencia. Lejos de disminuir se ha incrementado. Muchos de los críticos del modelo bolivariano han argumentado que las estrategias implementadas para combatirla han fracaso proporcionalmente al descalabrado del sistema económico venezolano. Existe mucha incertidumbre en ese sentido, la sociedad se encuentra en una encrucijada, en una especie de túnel oscuro donde transitan niños y adolescentes por un camino sin retorno, víctimas de una cultura de la muerte que continúa cobrando vidas en una nación donde secuestraron también la democracia.



[1] Alonso Salazar J. No nacimos pa semilla, Centro de Investigación y Educación Popular, Bogotá, 1990, pp. 210-211

Jorge Luis Lanza Caride
Jorge Luis Lanza Caride
Egresado de la licenciatura en Estudios Socioculturales de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Cienfuegos. Ha impartido cursos de postgrado sobre cine cubano en universidades de Estados Unidos, México y Noruega.
 
 
 
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