Derechos Humanos y
Solidaridad Democrática Internacional

Artículos

Observatorio de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos

12-04-2021

Vacunas chinas: un régimen bajo sospecha

La supuesta ineficacia de la vacuna china coincide con la tendencia al alza que, en el número de contagios, arroja la estadística oficial desde el inicio de la campaña de vacunación en Perú, hace ya dos meses. Esta tendencia se adivina también en otros países que se encomendaron a las vacunas chinas para inocular a su población, como Chile, Turquía o Uruguay, y contrasta con la drástica reducción en el número de contagios que se percibe en países como Reino Unido, Israel o Estados Unidos, que confiaron en las vacunas occidentales.
Juan Pablo Cardenal y Alfonso Gañán

Vacuna china Sinopharm

El mes pasado, un periodista peruano denunció en su programa televisivo que los ensayos clínicos de la vacuna china Sinopharm, patrocinados por una universidad del país andino, arrojaban conclusiones preliminares ciertamente alarmantes. Según éstas, dos variantes de dicha vacuna tendrían, respectivamente, una eficacia de sólo el 33% y el 11%, lo que provocó el consiguiente terremoto político en Perú toda vez que la vacunación en ese país se ha confiado fundamentalmente a esa vacuna. La Organización Mundial de la Salud considera que, si la eficacia es inferior al 50%, los riesgos de su administración sobrepasan a los beneficios.

La supuesta ineficacia de la vacuna china reflejada en dicho estudio coincide con la tendencia al alza que, en el número de contagios, arroja la estadística oficial desde el inicio de la campaña de vacunación en Perú, hace ya dos meses. Pese a que la vacuna de Sinopharm se ha administrado ya a unas 700.000 personas, o a tres de cada cuatro vacunados, los contagios en el país hispanoamericano siguen subiendo. Esta tendencia se adivina también en otros países que se encomendaron a las vacunas chinas para inocular a su población, como Chile, Turquía o Uruguay, y contrasta con la drástica reducción en el número de contagios que se percibe en países como Reino Unido, Israel o Estados Unidos, que confiaron en las vacunas occidentales. Recientemente, el South China Morning Post de Hong Kong informó que el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de China admitió, por primera vez, la «baja eficacia» de sus vacunas.

La evolución de los contagios en los citados seis países, que siguen dos vías de inoculación diferentes y tienen al menos al 20% de la población ya vacunada, es por sí misma bastante reveladora. Pero la situación empeora al analizar la evolución de la mortalidad, que es un índice inequívoco y muy fiable para medir la evolución de la pandemia en tanto que es una fracción de los contagios que se mantiene constante a lo largo del tiempo. Los datos arrojan una conclusión demoledora: Chile, Turquía y Uruguay, que han empleado mayoritariamente la vacuna Sinovac, exhiben consistentemente un aumento significativo de la mortalidad (y, por tanto, de los contagios causantes), mientras que Estados Unidos, Israel y Reino Unido, que han usado vacunas occidentales, muestran un descenso considerable.

De este modo, en Chile, desde el comienzo de la vacunación hasta la primera semana de abril, se ha duplicado el número de fallecidos por el virus. Otro tanto ocurre en Uruguay, donde la mortalidad se ha multiplicado por nueve desde el inicio de la vacunación, o en Turquía, donde se ha triplicado al pasar del 10% al 20% de vacunación. Por el contrario, en EEUU y Reino Unido la mortalidad se redujo cuatro y cuarenta veces, respectivamente, a lo largo del periodo de vacunación. Esta tendencia, además, se observa incluso con claridad en lugares como Texas, en los que las medidas de contención de la COVID-19 se han relajado casi totalmente. En Israel, la mortalidad se ha reducido 8 veces desde que la tasa de vacunación superó el 50%.

Aunque siempre es difícil desagregar diferentes factores y sus efectos independientes sobre un resultado integral, como por ejemplo la evolución y dinámica de las olas, las coincidencias estadísticas que arroja este análisis constituyen evidencias que necesariamente deben tenerse en consideración. A la deficiencia de las vacunas chinas que este resultado pone de manifiesto hay que añadir el peligro que implica inmunizar a la población de forma sub-óptima, favoreciendo el escape viral y –por tanto– la generación de variantes cada vez más resistentes a los anticuerpos, tanto naturales como inducidos por las vacunas.

En cualquier caso, las dudas sobre las vacunas del país asiático son consistentes con la desconfianza que ya afloró durante la fase de desarrollo de sus vacunas y mucho antes de que China empezara su exportación. El régimen de Pekín, con sus medios estatales a la cabeza, difundió desde el principio la idea de que sus vacunas eran eficaces y seguras, pero como evidencia sólo presentó los resultados de los estudios en fase I y II publicados en The Lancet, que son demasiado preliminares y claramente insuficientes para llegar a conclusiones. Estudios, por cierto, realizados por investigadores chinos y financiados por instituciones chinas.

Por otro lado, de los mucho más importantes ensayos clínicos en fase III realizados en más de una docena de países, entre ellos Chile y Perú, hasta la fecha no se ha publicado el desglose de los resultados. Factor crucial de las sospechas, pues ello ha impedido que la comunidad científica internacional pueda someterlos a escrutinio. Para añadir más confusión, los ratios de eficacia comunicados por ambas compañías son dispares, e incluso contradictorios, pues en el caso de la vacuna de Sinovac oscilan entre el 91% de eficacia en Turquía, el 65% en Indonesia y el 50% en Brasil (ratio fijado inicialmente en el 78%).

La polémica desatada en Brasil llevó a Sinovac a declarar que dicho ratio era «erróneo» y que los resultados completos se publicarían más adelante, aunque no especificaron fecha alguna. En Perú, Sinopharm emitió a propósito de la baja eficacia de su vacuna una vitriólica nota en la que consideró como «no verificados, no científicos, imprecisos e incompletos» los datos en los que se basó la denuncia periodística. Sin embargo, ninguna de las dos compañías ha presentado aún certezas que apoyen sus acusaciones. The Lancet advertía en un reciente editorial del «alto nivel de escepticismo» existente con China y que su «falta de transparencia alrededor de las vacunas es un problema».

En sentido contrario, las otras compañías desarrolladoras de las vacunas que están ahora disponibles en el mercado sí han publicado sus ensayos. Con ello, Pfizer, Moderna, AstraZeneca o la rusa Gamaleya, que desarrolló la vacuna Sputnik V, han sometido sus ensayos a la evaluación de sus pares científicos (peer-review) al publicarlos en revistas internacionales especializadas. Pese a la campaña de desprestigio lanzada por los medios chinos contra las vacunas occidentales, competidoras de las chinas, su eficacia se ve avalada por la estadística a medida que avanza la vacunación. De las vacunas chinas no se puede decir lo mismo.

En medio del anterior escenario, más de medio centenar de países habrían cerrado acuerdos de suministro con las compañías chinas. Quizá algunos gobiernos lo han hecho por convicción, o fruto de la acción diplomática de Pekín, que trata de eludir su responsabilidad en la pandemia, de presentarse como un actor internacional responsable y de ser percibido como una potencia científica emergente. Se intuye, sin embargo, que la mayoría de gobiernos, ante una situación sanitaria desesperada, con escasez de oferta en el mercado y con enorme presión política para vacunar lo más rápidamente posible a su población, no ha tenido más remedio que echarse en brazos de China.

La principal conclusión que puede extraerse de todo este asunto es –una vez más– que Pekín, cuando no le interesa, no sólo se resiste a adherirse a los estándares internacionalmente aceptados, sino también a aportar la debida transparencia a su interacción con otros países en cuestiones que afectan, y mucho, a éstos. Ejemplo, sin duda, de lo difícil que será la cohabitación del resto del mundo, en este y en otros muchos ámbitos, con un país autoritario tan poderoso que además no se somete a escrutinio de nadie.

Políticamente, el discurso oficial chino despacha las legítimas sospechas científicas que despiertan sus vacunas como un intento de politización occidental. La evidencia de que las sospechas sobre las vacunas chinas no son un prejuicio occidental es que la vacuna rusa, sometida a evaluación como las demás y superada ésta, no ha recibido crítica alguna. En el caso de China, el precio que paga por su falta de transparencia y por ser una dictadura es, justamente, la desconfianza internacional. En este contexto, difícilmente podrá esquivar las sospechas y las críticas. 

 

Vacunas chinas: un régimen bajo sospecha

Vacunas chinas: un régimen bajo sospecha

 

Explicación de las gráficas:

(1) Con una inoculación mayoritaria de vacunas chinas (Sinovac y Sinopharm), Chile (>55% población inoculada con al menos una dosis), Uruguay (>22%) y Turquía (>20%); y (2) con vacunas occidentales (Pfizer, Moderna y AstraZeneca), Israel (casi el 100% de la población inoculada), Reino Unido (>55%) y USA (>50%).

Es conocido que, epidemiológicamente, la mortalidad es una fracción de los contagios que se mantiene constante a lo largo del tiempo, así que se trata de un cuantificador muy fiable de la evolución de la pandemia. Dado que la mortalidad posee un desfase o decalaje temporal de aproximadamente 20-25 días de media respecto al contagio, para establecer una comparación objetiva e irrefutable se debe observar la evolución de un cierto índice de la mortalidad a lo largo de, al menos, ese período temporal. Para describir la evolución media a lo largo de un cierto período, se puede elegir el número de reproducción básico Ro, o el factor de crecimiento o decrecimiento temporal ajustado a una evolución exponencial o potencial, etc. Por otro lado, para cuantificar el tipo de inoculación, definimos el ratio de vacunas chinas a vacunas occidentales administradas.

En la figura representamos el índice a de crecimiento (si a es positivo) o decrecimiento (si a es negativo) de la evolución de la mortalidad suponiendo que dicha evolución sigue una ley potencial. Para ello, establecemos un origen de tiempo hace 60 días (suficientes para observar una consistencia temporal).

Juan Pablo Cardenal y Alfonso Gañán
Juan Pablo Cardenal y Alfonso Gañán

Juan Pablo Cardenal es periodista especializado en la internacionalización de China e investigador asociado de www.cadal.org. Su último libro es «La Telaraña: la trama exterior del procés» (Ariel, 2020).

Alfonso Gañán es catedrático de la Universidad de Sevilla, empresario e inventor, Premio Nacional de Investigación “Juan de la Cierva” 2010, y Fellow de la American Physical Society.

 
 
 

 
 
Más sobre el proyecto Observatorio de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos
 
Ultimos videos