Derechos Humanos y
Solidaridad Democrática Internacional

Artículos

9 de septiembre de 2010

Tarde, muy tarde Fidel

Cientos de millones de personas han podido salir de la pobreza en el planeta como consecuencia de un proceso de ampliación y profundización de la globalización. Mientras tanto, los cubanos estaban, y están, “congelados” en el tiempo.
Por Pablo E. Guido

“El modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros” le  dijo el “dueño” de la isla caribeña al periodista Jeffrey Goldberg del periódico The Atlantic, en una entrevista publicada el pasado 8 de septiembre.

El caudillo tardó demasiado en reconocer lo obvio, el fracaso de la Revolución cubana: más de 1,600 millones de segundos o 2.696 semanas o poco más de 453 mil horas. Fueron 18.878 días que pasaron desde el 1º de enero de 1959, fecha oficial del triunfo de la revolución. Pasaron 51 años, 8 meses y 7 días desde que los “barbados muchachos” liberaron la isla del yugo de un dictadorzuelo de los tantos que hubo en nuestro continente para instaurar uno de los peores regímenes totalitarios que haya existido en la historia latinoamericana.

En todos esos segundos, días, semanas, meses, años y décadas sucedieron muchas cosas en el mundo: el asesinato de Kennedy y su reemplazo por quien anunciaría el súper plan del estado-bienestarista norteamericano (La Gran Sociedad), la crisis de Berlín que finalizó en la construcción del Muro, la guerra de Vietnam, la definitiva recuperación económica de Europa occidental después de la finalización de la segunda guerra mundial y la consolidación de la Unión Europea, la independencia de la totalidad de los países africanos, la suspensión y luego eliminación definitiva del patrón oro en los EEUU hacia la primera mitad de la década del 70, la crisis petrolera de 1973 y las guerras que tuvo que afrontar el naciente estado israelí, la caída del régimen filo-comunista de Salvador Allende en Chile, la finalización de la guerra de Vietnam y la destitución de Nixon, la destitución del Sha de Irán y su reemplazo por un régimen teocrático totalitario, la escalada inflacionaria en los EEUU que hundió temporalmente a las ideas keynesianas, el inicio a fines de los 70 de las reformas en China, la guerra entre Irak e Irán, la crisis de la deuda desatada en latinoamérica como consecuencia de la trepada de las tasas de interés en el mundo en función de la lucha antiinflacionaria del presidente de la Reserva Federal, la “década perdida” para la mayoría de los países latinoamericanos en términos económicos por el nulo crecimiento que tuvieron durante los años 80, el triunfo en el campo político de líderes mundiales (Thatcher y Reagan) que impulsarían reformas económicas de mercado que influirían luego sobre el resto del planeta, la caída del Muro de Berlín en 1989, la disolución casi sin tiros de la Unión Soviética en 1991 que terminaba con la Guerra Fría, la independencia de las repúblicas que conformaban el imperio ruso, la democratización y reformas en Europa del Este, la unificación de las dos Alemanias, la guerra del Golfo en 1991, la revolución tecnológica en el campo de la informática que permitió el auge de Internet en los años 90, la ampliación del proceso de globalización a casi todo el planeta, entre lo principal que puedo recordar a “vuelo de pájaro”.

Entre tanto, cientos de millones de personas han podido salir de la pobreza en el planeta como consecuencia de un proceso de ampliación y profundización de la globalización, que no es nada más y nada menos que la reducción de las barreras al comercio y al flujo de capitales. Barreras que respondían a veces a normas estatales (aranceles, retenciones, prohibiciones, monopolios legales, etc.) y otras veces a costos del mercado (tecnologías).

Mientras tanto, los cubanos estaban, y están, “congelados” en el tiempo. ¿Cuál es la diferencia entre la Cuba de hoy y la de principios de los años 60? Prácticamente ninguna, más allá de algún teléfono celular, alguna computadora y alguno que otro producto electrónico que posee una ínfima minoría. Mientras los coreanos del sur, los honkoneses, la cuarta parte de los chinos, millones de latinoamericanos, han salido de la pobreza y alcanzan niveles de ingresos ya similares a los países considerados de avanzada, los cubanos huyen en balsas muertos de hambre. Se prostituyen en las calles por migajas y tratan de sobrevivir gracias al mercado “negro” o informal que permite sortear, minimamente, las regulaciones y prohibiciones del Estado cubano.

Hoy Cuba es el ejemplo más claro del fracaso del socialismo como mecanismo de planificación económica. En Cuba la falta de propiedad privada condujo a la desaparición del sistema de precios y, por lo tanto, al desordenamiento caótico del mecanismo de asignación de recursos. El Estado, es decir, un grupo de personas en el gobierno que no se jugaban su capital y prestigio en ninguna de las decisiones, intentó “jugar” al empresario, terminando en el desastre económico que todos conocemos. Hay que sumarle a esto la eliminación casi absoluta de las libertades civiles y políticas de la mayoría de los cubanos donde la nomenclatura del partido comunista vive en una realidad paralela con privilegios absolutos. Una combinación institucional (falta de propiedad privada y libertades), entonces, cuyo resultado natural son la pobreza y opresión.

Pasaron miles y miles de millones de litros de agua debajo del puente, ¿no, Sr. Castro? ¿Y recién ahora se viene a dar cuenta que la revolución cubana no sirvió? Lo corrijo: les sirvió a los miembros de la nomenclatura cubana que explotaron a los millones de habitantes cubanos que tuvieron que soportar el colapso de la economía durante medio siglo y la pérdida casi total de las libertades. El paso siguiente, Sr. Castro, es pedirles perdón a los habitantes de su país, a los exiliados cubanos desparramados por todo el orbe y a todos aquellos que murieron intentando huir de la cárcel socialista en la cual se convirtió la isla caribeña.

Pablo Guido es Analista del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL).