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Corea del Norte bajo la lupa

21-10-2022

Tiempo de áspera ceniza: Alí Lameda, un comunista preso en Corea del Norte

Sus declaraciones posteriores a Amnistía Internacional son uno de los pocos testimonios conocidos sobre las duras condiciones de vida dentro de los campamentos de trabajo forzado en Corea del Norte. Por sus conversaciones con sus carceleros, Lameda calculó que en ese momento había 150.000 personas detenidas en todo el país, distribuidos en unos 20 sitios de reclusión similares al suyo.
Por Rafael Uzcategui
 
En el centro de la imagen, Alí Lameda

El 8 de julio del año 2019 el Partido Comunista de Venezuela convocó, en Caracas, a lo que denominó “Un acto en homenaje a la memoria del camarada Gran Líder Kim Il Sung”. El evento, en el que el discurso central estaba a cargo de Oscar Figuera, Secretario General del PCV, ocurría poco después de la apertura de la embajada venezolana en Pyongyang, capital de Corea del Norte. Caracas es una de las cuatro capitales latinoamericanas que cuenta con representación diplomática de uno de los peores totalitarismos del mundo, cuyo curioso nombre oficial es República Popular Democrática de Corea.

Uno pudiera calificar aquel evento del partido del gallo rojo como la tradicional muestra de solidaridad de los PC con sus homólogos del mundo. Sin embargo, para quienes no sufren de memoria selectiva, la iniciativa de los comunistas venezolanos era un agravio a su propia historia. En 1967, bajo el gobierno del propio Kim Il Sung se ordenó la detención de un miembro del PCV venezolano, Alí Lameda, quien estuvo 7 años detenido en un campo de trabajos forzados en Corea del Norte tras ser acusado de espionaje y actos en contra de la revolución.

Alí Lameda había nacido en el año 1924 en Carora, estado Lara. Luego de su regreso de Colombia, donde había estado estudiando medicina, se incorpora al Partido Comunista de Venezuela, donde destaca por su interés en la literatura. En 1940 viaja a Checoslovaquia, donde permanece 5 años, aprendiendo el idioma y traduciendo al español a diferentes autores checoslovacos y poetas franceses. De regreso a Venezuela trabaja en los periódicos El Nacional y Contrapunto, escribiendo sus primeros libros. En 1957 es enviado como delegado político a Berlín, donde recibe la noticia del premio Casa de las Américas de Cuba por su libro “El gran cacique”.

En los círculos diplomáticos y culturales de Berlín Oriental era conocido como escritor y miembro distinguido de uno de los partidos comunistas sudamericanos. Es allí cuando, en 1965, entra en contacto con funcionarios del gobierno de Corea del Norte. Según el propio Lameda, en ese momento pensaba que “era una de las vanguardias de la revolución mundial, que estaba avanzando rápidamente progresando en reformas fundamentales en su propia sociedad”. En ese momento el régimen de Kim Il Sung buscaba fortalecer su política exterior, buscando traductores y editores competentes tanto en francés como en español. Un año después Lameda llega a Pyongyang, haciéndose cargo de la sección española del Departamento de Publicaciones Extranjeras, la cual estaba bajo el control directo del Ministerio de Asuntos Exteriores. En ese puesto conoció a diferentes altos funcionarios del gobierno, incluyendo al propio Kim Il Sung. La realidad no tardaría en estallarle en el rostro.

Luego de compartir algunas críticas sobre el culto a la personalidad con su colega Jacques Sedillot (quien traducía las obras norcoreanas al idioma galo), ambos fueron detenidos en septiembre de 1967. Lameda es interrogado y encarcelado durante 12 meses. Es liberado y vuelto a detener para ser llevado a juicio y sentenciado a 20 años de cárcel, supuestamente, por “haber intentado sabotear, espiar e introducir infiltrados” en el país.

En 1974 el venezolano fue adoptado por Amnistía Internacional como preso de conciencia y luego de varios meses de una campaña internacional, gestiones del Partido Comunista, el gobierno venezolano y, especialmente, del presidente Nicolae Ceausescu de Rumanía, fue liberado ese mismo año. Sus declaraciones posteriores a Amnistía Internacional son uno de los pocos testimonios conocidos sobre las duras condiciones de vida dentro de los campamentos de trabajo forzado en Corea del Norte. Por sus conversaciones con sus carceleros, Lameda calculó que en ese momento había 150.000 personas detenidas en todo el país, distribuidos en unos 20 sitios de reclusión similares al suyo.

Luego de su liberación trabajó durante varios años como funcionario diplomático, ejerciendo como agregado cultural en las embajadas de Venezuela en Praga, Asunción y Atenas. Finalmente falleció el 30 de noviembre de 1995, a la edad de 71 años. Dicha suerte no la tuvo Sedillot, un veterano combatiente de la Guerra Civil Española, quien sería liberado en 1975 gravemente enfermo por sus condiciones de reclusión. No tuvo oportunidad de regresar a París, falleciendo en Pyongyang el 6 de enero de 1976.

Los detalles aportados por el poeta en su testimonio ejemplifican el funcionamiento de la sociedad norcoreana: “Un día, cuando estaba en la celda de castigo, en aislamiento, observé que un grupo de unas 200 mujeres llegaba al campamento. Más tarde supe que algunos de ellas estaban presas por robo, por ejemplo, y una de ellas, me dijeron, estaba presa por su hábito de fumar cigarrillos. Al parecer era la esposa de un empleado del Ministerio de Comercio, de unos 33 años más o menos, y tenía dos hijas. La mujer había tenido que ocultar el hecho que fumaba a escondidas, y solo fumaba en el baño de su apartamento. Un colega la acusó de fumar, ya que podía oler el humo del cigarrillo. La mujer fue convocada por la célula partidaria a la que pertenecía y fue enviada a trabajar en la industria del hierro. Pasó dos años haciendo este duro trabajo, separada de su esposo y su familia. Sin embargo, había seguido fumando cigarrillos allí y un día la descubrieron. Nuevamente, fue convocada ante la célula de su partido y esta vez fue sentenciada a una pena de prisión en el campo de concentración, para librarla del vicio de fumar cigarrillos”.

La experiencia hizo que Lameda no fuera el mismo: “Mataron todo excepto mi memoria” dijo a un periodista. El escribano compuso, de memoria, 400 poemas y 300 sonetos durante sus siete años de prisión. Algunos de ellos se publicaron posteriormente en el libro “Sonetos del viajero enlutado” (Monte Avila Editores, 1975). En ellos se evidencia la aprehensión por sus circunstancias y su destino, donde su internacionalismo le pagó con la peor moneda:

El extraño abismo

Hoy, saliendo del pecho de mí mismo,
vi arriba mi mañana ya difunta,
vivo mi ayer, y así de punta a punta
juntóse todo en un extraño abismo.

Lepra suntuosa, ondeante paroxismo
la vida viene y va con su pregunta
fría y brutal, y así nos descoyunta,
se vuelve así gangrena y espejismo.

Hoy vi en mi harapo vestidura de oro,
y un momento vibré feliz, sonoro,
pues comprendí, del cielo a mi garganta,
por qué en el tiempo de áspera ceniza
cuando mi corazón se coleriza
se me hace rosa el pensamiento y canta.

Rafael Uzcategui
Rafael Uzcategui
Defensor de derechos humanos, sociólogo y editor independiente. Desde el año 2006 forma parte del Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea), siendo su Coordinador General desde el año 2015. Autor de los libros "La rebeldía más allá de la izquierda", "Venezuela: La revolución como espectáculo. Una crítica anarquista al gobierno bolivariano" y "Corazón de tinta". Es columnista regular en diferentes medios nacionales e internacionales. Miembro de la Internacional de Resistentes a la Guerra (WRI-IRG). Co-creador de la radio web "Humano Derecho".
 
 
 

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